Un tópico no es exactamente una mentira que se ha hecho pasar por verdad (a veces sí, como cuando decimos que Dios aprieta pero no ahoga), sino tan sólo una que se ha hecho vieja. Una verdad se hace vieja cuando no ha aprendido nada de sí misma, es decir: cuando ya se ha rendido a la evidencia de que su belleza no posee más interés que el de un maquillaje ingenioso y su utilidad se limita a llenar el vacío de una conversación llamada a cambiar de tema. Decimos, por ejemplo, que un caballero no tiene memoria, y que una dama no tiene pasado, o que “sentimos el aliento del pueblo”. Esto último lo dijo hace poco doña Soraya Sáenz de Santamaría sin advertir que fuimos muchos los que (obviando el tópico) creímos entender que donde sentía dicho aliento era en la nuca, no en el corazón.

Pero como no se cansa de repetir un servidor, una cosa es lo que la gente dice, otra lo que cree haber dicho y otra lo que quería decir. Lo que quería decir S.S.S. es que su partido tiene la sartén por el mango, lo que creía decir es que sus votantes aún respaldan su azarosa navegación y lo que dijo es que están al límite de su credibilidad.

El problema es que todo está al límite de su credibilidad. Lo está el PP y lo está el PSOE, lo están los sindicatos, las oenegés y los equipos de fútbol, los escritores, los médicos, los presidentes suramericanos y las líneas aéreas. Todo: incluidos los gallos, los filósofos, los cocineros, el kilovatio, las amas de casa, el pedigree, los periodistas, la feria de abril, los héroes, las corbatas y los lácteos.

Lo cual no tiene nada de raro si tenemos en cuenta lo poco que nos paramos a pensar. No desea servidor resultar fastidioso, pero debe insistir en algunas cosas que ya ha dicho: todos los años nos venden lo mismo, y últimamente todos los meses y, dentro de poco, todas las semanas. Lo mismo. Y nosotros lo compramos porque adquiere la forma de una antigua y razonable necesidad, pero es un tópico. Nos venden expectativa, no cosas.

El libro electrónico: expectativas. La U.E.: expectativas. Las elecciones francesas: expectativas. El cambio climático: expectativas. La vida en Marte: expectativas. La crisis: expectativas. La educación: expectativas. La sanidad: expectativas. Los incendios de verano: expectativas. La esperanza de vida: expectativas. La rata ciega, calva y con alas: expectativas. Suñén: expectativas.

— ¿Tú también, a tus años?

Estuvo no hace mucho un servidor en cierta feria del vino, y allí pudo ver a algún político haciendo su trabajo. Se les reconoce porque son, junto con los camareros, los únicos sobrios y los únicos que llevan corbata en tales ocasiones. Y porque nadie quiere ya hablar con ellos si no necesita algo turbio que pueda permitirse. Tampoco ellos quieren hablar con nadie que no compre expectativas.

Vivimos una época inercial, falsaria… No es una época peligrosa, sino abrasiva (y consentida), y lo es porque insiste en enseñarnos que fuera de nosotros mismos no existen ni el color, ni el tacto, ni el gusto, ni el olor y nos empuja a concluir que la realidad se nos escapa y que por tanto da igual: no es cosa nuestra la realidad. Hay que ser muy torpe para deducir una cosa de la otra, mucho. Tanto como para no advertir que si se paga un millón de euros por Mademoiselle Leonie mientras se deja caer la dignidad de un pueblo entero no estamos en el lado bueno o malo, correcto o incorrecto de cuerpo alguno, sino en la geometría equivocada.

Hagamos algo distinto: apaguemos un gallo como un incendio.


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