Servidor siempre ha sentido debilidad por la crítica que, escrita desde la experiencia lectora y el conocimiento de la disciplina, se aviene sin complejos a mostrarnos sus cartas y, así, puede ser tan seguida por quienes orientarán la lectura a su través, como por quienes prescindirán de acercarse demasiado a cualquier cosa que recomiende. Una crítica tan capaz de acertar sin adoctrinar como de errar sin confundir.

Si don José María Guelbenzu defiende una novela que servidor desconoce, es que servidor debería de conocerla y, quizás, leerla; pero si quien se significa es don Alberto Olmos, de cuya liviandad alborotista desconfía un poco, servidor tiende a observar una prudente distancia. Sin embargo reconoce sin matices que, en ambos casos (polos opuestos), las cartas están sobre la mesa. Si alguien se engaña será exclusivamente bajo su responsabilidad. A falta de algún método verificable (e indeseable) que la convierta en mero instrumento de cómputo, la crítica ofrecerá siempre su propio sello de autor, para bien o para mal. Y si un crítico no puede declararse único eco autorizado de la obra que trata, tampoco puede erigirse en vocero del público de su época (que tiene su propia voz, distinta, como su propia calidad, también distinta).

Es que hay que acordar al menos que el favor del público se gana, a corto plazo, por motivos otros de los que mide la crítica, cuya función no es ni adivinarlo ni provocarlo, y que si el éxito de ventas no es garantía de excelencia, el fracaso comercial tampoco informa, en ese sentido, de gran cosa. Suponerle al público la última palabra en la criba inmediata de un mensaje a menudo distorsionado por la publicidad, la novedad, la moda o la imitación sería tan ingenuo como afirmar que el mejor político es el que gana las elecciones. Y tampoco es el crítico quien la tiene; no tiene más que ese tamiz (que no es poco) por el que, a su vez, será juzgado.

Todo fenómeno importante es un fenómeno intermediario, fronterizo. Una novela, por ejemplo, tendrá valor si es capaz de poner al lector, a través de la imaginación, en situación de vivir acontecimientos (en una acepción amplia) que ensanchen su perspectiva y contribuyan a esclarecer sus propias experiencias. Y el crítico cumple, o debe cumplir una función igualmente intermediaria (esta vez de filtro), argumentando, en interés del posible lector, pensando en él, la presencia o la ausencia de esa cualidad y esclareciendo la naturaleza del artificio formal que la ha construido o malogrado.

Además la reseña, el artículo y el ensayo no transcurren en el mismo lugar ni se producen por motivos iguales (ni el “blog”, por muy literario que sea) y no está servidor nada seguro de que se haga bien transportándolos juntos en esta banasta como si espontáneamente fuesen a convertirse en una cosa tercera y bien definida. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de crítica literaria?, ¿y a qué cuando decimos que está en crisis?

Servidor se hace estas preguntas en voz alta por culpa de uno de esos reportajes con los que, de cuando en cuando, el diario El País decide ponernos sobre aviso de lo que sea que se nos estaba escapando. Esta vez le ha tocado a la crisis de la crítica literaria, sobre la que se nos exponen diversas opiniones como si el citado diario fuese totalmente ajeno al asunto, como si no hubiese contribuido, él entre otros, a vaciar el ejercicio de la lectura juiciosa de cualquier contenido susceptible de interferir en otros intereses. No es que esté mal el reportaje (aunque no es suficiente) sino que realmente sorprende cómo de entre todas las causas posibles de la pérdida de valor de las páginas de libros de los periódicos en favor de otros soportes (o incluso en otros soportes) no se mencione la castración lenitiva a la que la prensa escrita viene sometiendo desde hace años a un género literario tan antiguo como cualquier otro, o casi.

No llega a conclusión el reportaje de marras (no tenía por qué) pero tampoco encuentra responsabilidad alguna en la política de los suplementos literarios. ¿Será todo esto entonces culpa de los lectores?, ¿de los propios críticos?, ¿de Internet?, ¿de un servidor?

Habrá que meditarlo; pero, sobre todo, no vayan a pensar que se tira la piedra y se esconde la mano, que quizás el problema naciera en las redacciones de cultura el día que empezó a pedirse a los colaboradores que se limitasen a informar lo justo para promocionar con estilo o cuestionar de puntillas, que de esos polvos vienen estos lodos. Eso no, que sería como acusar a los periódicos de falta de autocrítica, o como decir que serían capaces de publicar reportajes como el citado y a continuación fichar encantados a Pippa Middleton como crítica estrella sólo porque una legión de lectores la seguirían sin rechistar.

Servidor se queda, de lo leído, con la sencilla solicitud de Philippe Lançon de una crítica literaria más independiente, más resistente al espíritu de publicidad y de negocio, más lenta, más elitista y, sobre todo, mejor escrita (y le da igual dónde se haga); aunque ya sabe que al bueno de “Pippo” no le van a dar mucho espacio en esta liza. Razón no le falta, ni un ápice, pero eso da igual.

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