No recuerdo quién, el otro día, abrigado de más según tres de las cuatro estaciones bercianas y demostrando un bajísimo umbral de frustración, se levantó de la mesa en la terraza del bar de Magaz de Abajo diciendo

— No aguanto más este solecito radiactivo.

Uno de los tradicionales defectos de quienes se adentran, primerizos, en los salones de la elocuencia es el de arrojarse con ingenuidad virginal en los brazos de los animados grupos de adjetivos, ignorando a los sabios, ancianos y solitarios verbos.

La frase no pretendía, en realidad, transmitir con exactitud una opinión, sino que se aprobase una decisión tomada. Como sentencia (de culpabilidad contra el sol de una desapacible tarde primaveral en Magaz de Abajo) resultaba gratuita, por inerme, pero no dejaba de ocultar una disculpa que, naturalmente, aceptamos.

Un hombre con el que mantienes una conversación ocasional en la barra de la cafetería, quizás durante el desayuno, dice:

— Odio a las feministas –y, advirtiendo recriminación en tu silencio, añade:
— No, no. Me refiero a las feministas terroristas y andrófobas, ya sabes; no a las normales.
— Claro, claro. Si me disculpa…

Una mujer, en un foro de Internet, responde a Arcadi Espada (cuyas declaraciones, por lo demás, no merecen ni consideración ni respeto):

— Es vomitivo ver a Arcadi Espada en el programa de Ana Rosa defender a los violadores de La Manada y poner en duda la honorabilidad de la víctima.

Arcadi Espada, sin embargo no pone en duda la honorabilidad de la víctima (por suerte, el delito de violación no exige que la víctima sea honorable) sino su verosimilitud. Personalmente la honorabilidad de la víctima me importa muy poco. Nadie necesita ser honorable para tener derecho a llegar sano y salvo a casa (el propio Espada es prueba de ello). Tampoco hace falta que nuestro agresor ejerza la fuerza cuando controla la de los acontecimientos y, en este caso, la violencia que el delito de violación exige viene servida por un contexto, cuanto menos, kafkiano.

En un mundo perfecto la honorabilidad es una consecuencia de la verosimilitud, no una causa. La verosimilitud, siendo como es una condición dependiente del sentido común y no de la doctrina moral, manda allí donde la credibilidad no se puede comprar, o sea: en los juzgados de un mundo perfecto. En el mundo de Arcadi Espada, prejuicios y creencias se protegen de las personas a través de una legalidad reñida con los nuevos vocabularios, y las víctimas son sospechosas no sólo de ejercer un pensamiento distinto y un modo de vida propio de la izquierda peor adjetivada, sino de provocar.

¿De dónde salen estos hombres (¿hombres?) cuya idea de diversión es recorrer una barbaridad de kilómetros telegrafiando memeces para, en algún lugar del que sólo saben que está en fiestas, beber hasta caerse, ver a unos toros desconcertados protagonizar un espectáculo quizás demasiado intelectual para ellos, volcar algún contenedor, pasearse en paños menores, irse olvidando pagar alguna ronda de un local abarrotado y con suerte violar a alguna de esas numerosas mujeres que se derriten por dejarse manosear por cinco sudorosos cebollinos en cualquier triste portal?, ¿de quién son?, ¿quiénes son sus modelos? ¿Es tal vez La Manada una excrecencia de la necromasa mental de Arcadi Espada?

Si nos centramos en el verbo, y dejamos de adjetivar, la cuestión se reduce a una palabra. Es lo que me pasa en este caso, que me sobran adjetivos y ninguno tiene más poder que el verbo que los convoca. La justicia se ocupa de los verbos, los abogados se ocupan de los adjetivos. Y este ha sido un juicio muy adjetivado.

Todo abuso conlleva intimidación y conduce a dañar, quebrantar, trasgredir o socavar los derechos legalmente reconocidos de otra persona. Que para violar a una persona sea necesario que se ejerza una violencia extra es pura redundancia. Esa es la cuestión. Si se han producido juicios mediáticos, paralelos, precipitados (siempre se producen) es porque la población femenina (y en menor grado la masculina) están cansados de ver sentencias que parecen empeñadas en sostener que la honra sólo se defiende con la vida, que si determinados delitos llegan a los tribunales es porque la víctima no se esforzó lo suficiente. Es como si a la ancian que acaba de ser víctima de un tirón le preguntase el juez por qué no se aferró a su bolso con más fuerza. Si ha habido juicios paralelos es porque estamos cansados de que la lógica de Arcadi Espada siga pasando por intelectual.

La Manada ha puesto a prueba nuestra sensibilidad social y, con ella, el sentido de cierta ley. El valor que le demos a la mujer será el valor que le demos a la ley. Resumiendo: si se puede violar a una mujer porque su valentía y arrojo no coinciden con el que el legislador tan paternalmente le impone, la manada sólo se ha extralimitado un poco utilizando para su distracción, en un ambiente propicio, las cosas tradicionalmente reservadas al efecto…

Algo es incuestionable: todas las lecturas de lo ocurrido van a conducir al mismo lugar, ese, premeditado, fantaseado, que La Manada consideraba la guinda de su festín hedonista. ¿Y el Estado?, ¿a eso se reduce la protección que ofrece a cambio del monopolio de la violencia? ¿Aléjate de los problemas, se honorable?

La brutalidad amedrenta, esa es la verdad. La incultura pagada de sí misma, amedrenta. Ser rodeada por gente que se confunde en el grupo amedrenta, esa es la verdad. Así que el miedo ya estaba instalado en la situación, como el machismo en las instituciones, como la violación en un entorno en el que la confianza debería ser ley. ¿Juicio paralelo? Naturalmente. Juzgar no es acción privativa de los jueces; sí lo es imponer penas de forma motivada, y el peso del conflicto, aquí, descansa más en esa motivación de la sentencia que en sus conclusiones, en la dificultad de descartar una conclusión-objetivo. Hay que prestar atención a los verbos, solitarios, determinantes, y apurar y reajustar su significado; así nos ahorraríamos algunos adjetivos que, como remiendos, no hacen más que señalar lo inadecuado de una vestimenta legal heredada de los abuelos.

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