Uno procura reflexionar prudentemente antes de dar por buena esa versión de los hechos (cualquier versión, cualquier hecho) que charlatanes y políticos se sacan de la manga día tras día a velocidades que desafían la capacidad de computación del mismísimo Deep Blue. Es una cuestión de policía personal; pero también pública y, en ese aspecto, hay que lamentar que cada vez resulte más difícil exponer lo que sea sobre lo que sea sin resultar sospechoso de no recibir el correspondiente argumentario (de no ser nadie) o de ser un haker ruso. Vale, iré despacio.

Si deben elegir entre ser un haker ruso o nadie recuerden que lo segundo les permitirá tributar a hacienda sólo un poquito más que si fuesen (por ejemplo) poderosos, europeos, respetables y ricos empresarios. Aunque si quieren ser un haker ruso y son mujeres, deben considerar que su camino no será el mismo que para un don nadie; en su camino habrá menos espacio para la razón y más, bastante más para el prejuicio. Pero me estoy distrayendo. Quería hablar de Harvey Weinstein.

Harvey Weinstein se ve a sí mismo como un varón irresistible, pero es un tipo mayor, poco atractivo y de aspecto desaseado, aunque también un influyente productor de Hollywood, que, como saben, ha sido acusado de acosar sexualmente a actrices y subordinadas durante treinta años en los que no dejó de presumir de sus conquistas. Su caso ha desatado una tormenta verdaderamente devastadora que ha afectado a personalidades como Kevin Spacey o Woody Allen. Cito sólo dos casos para no hacer interminable este artículo. No entraré, por lo mismo, en detalles de los que pueden servirse a dos manos en cualquier periódico. Tampoco hablaré de las víctimas, porque airear la identidad de las víctimas nos empuja a ocultar a las víctimas anónimas, a las que (al no ser nadie) siguen y seguirán sufriendo en lugares muy alejados de la Meca del cine los habituales magreos de jefes quizás más atractivos, elegantes y jóvenes, pero tan deshonestos como Harvey Weinstein.

A Kevin Spacey ya le han excluido de al menos una película y Netflix anuncia que suspende la serie que protagonizaba junto a Robin Wright, Woody Allen bien podría quedarse sin su oscar por Wonder Wheels. Nadie, sin embargo, se ha planteado sacar de los cines o de las programaciones televisivas las películas producidas por Harvey Weinstein. Les saldría demasiado caro (y el hecho de que todo el mundo supiese lo que ocurría, permite achacar las tardías reacciones precipitadas de algunas productoras al miedo a que el escándalo perjudique sus ventas). Personalmente no apruebo ese lavatorio. Ver Pulp ficción no me hace sospechoso de (reincidente) complicidad con Weinstein, dejar de verla no me hará un luchador por la causa feminista (como dejar de beber cava catalán no me convierte en patriota). El problema excede a las obras producidas o protagonizadas por los acosadores, y les precede a ellos mismos. Este es uno de esos problemas, me temo, en los que aislar al culpable (lo que es preciso) aleja la solución (lo que es indeseable). La causa no es el móvil. Es raro que nadie lo haya mencionado, pero tras este asunto no parece haber un haker ruso.

¿El problema es del poder y de nuestra interpretación del poder como bien personal? Hace muchos años, un político me dijo que el poder se disfruta ayudando a los amigos, pero se demuestra haciendo daño. Ignoro si era una frase de su autoría o si la dijo Atila; manifiesta un punto de vista equivocado, nocivo, perverso. ¿Pero y si fuera, en efecto, el mercado, cuya aparente autoregulación oculta un sin número de imposiciones, chantajes, abusos, la causa de esta debacle?

El caso Weinstein (sobre todo sus consecuencias) nos muetra que necesitamos una legislación que proteja a las víctimas, una legislación y un código de conducta (una legislación no escrita); eso está claro si admitimos que estas denuncias solidarias de hoy no fueron en su día judicializadas por miedo, pero también nos muestra que hay cosas que debemos extraer lo antes posible de la escuela de siempre, de la lógica del poder y del mercado, y de la agenda política.

¿Qué cosas? Pues todas esas que tienen que ver con las relaciones humanas, con el crecimiento espontáneo, con la felicidad… con la humanidad. ¿A partir de qué nivel de éxito no necesitaré una voluntad personal heróica para enfrentarme a la mentalidad general? ¿Y cómo la adquiero, a qué precio? ¿Cuesta lo mismo si soy hombre o mujer, creyente o ateo, blanco o negro, pobre o rico? La mentalidad general, por si alguien se lo pregunta, es esa que ante una orden de detención de un político electo, una violación en grupo o una devolución en caliente dice:

— Algo habrá.

Y, en efecto algo hay. Pero no hay que buscarlo en la valentía o cobardía, en la fortaleza o la debilidad de la víctima que se enfrenta al monstruo. Hacer eso es dar de comer al monstruo. Hay que buscarlo en el hecho de que aún hay cosas que no hemos sabido poner a salvo de nosotros mismos (este masculino es intencional).

Si el trabajo de una actriz (o un actor) es tan sólo un objeto en compraventa cuyo valor puede alterarse en función de factores espúrios, un enfermo una pieza defectuosa que no vale la solidaridad del resto, un trabajador una unidad productiva, un dependiente una rémora, una esposa (una hija) una posesión (y si aquí me limito al género femenino es porque el patriarcado pesa, y mucho, en la ecuación a debate), un subalterno un sirviente, un envenenamiento del río una necesidad del balance, una deshonestidad una oportunidad aprovechada… estamos perdiendo nuestra capacidad de pensar, como la han perdido esos jóvenes para los que una violación era un happy end. No son ideas de un servidor; llevan un tiempo razonable luchando por hacerse oír. Si permitimos que la lógica del mercado-poder infeste las esferas de nuestra condición de seres hechos para vivir en una sociedad sin castas y minimizando (como cualquier animal o vegetal) nuestro sufrimiento (y observen, por favor, que no hablo ya ni siquiera de derechos, sino de funciones), si no somos capaces de sacar todo eso del engranaje capitalista (patriarcado-mercado-poder) entonces nuestra vida, sencillamamente, le pertenecerá a otro y nuestra opinión (si la tenemos, si para entonces aún nos molestamos en tenerla) a un ocsuro haker ruso o a una honorable agencia occidental de información.

Esto significa pelear, trascender el argumentario, trascender la desinformación, imponer, imponerse, trascender la política, trascender la convicción de poder, la pretensión de individualidad de nuestros políticos, su necesidad de mimetismo, trascender su experiencia, su género, su pretexto, su sentido de la pragmática; significa exigir esa excepcionalidad, significa no detenerse en la pretensión de acabar con determinadas analogías tóxicas. La vida no es la selva (la selva no es el mercado), el pasado no es una obligación, la tradición no es la virtud, la fantasía no es un pretexto, la cultura no es un privilegio, el calor no es propietario, la luz no es un adorno, la economía no es el beneficio, la salud no es un capricho, el sexo no es un arma, la mujer no es un trofeo. Esto significa que la lucha, hoy, es la de dotarnos de la fuerza suficiente como para hurtarle al político-mercado determinadas vindicaciones y actividades (y su gestión, también su gestión) e industrias que deben sernos natural e igualitariamente accesibles. Si nuestros políticos favoritos entienden que su poder no es una aventura personal, podrán ayudanos, si no… Si no, es que el argumentario lo escribió Harvey Weinstein, feminista.

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