Raquel apuraba la última novela de Louise ErdrichPlaga de palomas. La cerró un momento y miró a un servidor como esperando la devolución del gesto. Servidor, sin embargo de percibir en toda su materialidad la ciencia de esos ojos de ron y pasas, no levantó la vista de la página sino que recitó en voz alta: “Atardecer primaveral. ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer?”

– ¿A Homero?
– Es posible… es posible.

“Atardecer primaveral. ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer?” Así dice un haiku del poeta, periodista y crítico literario Shiki Masaoka, nacido Masaoka Tsunenori en el Japón del predemocrático periodo Meiji (hace nada, como quien dice). ¿Qué lee el hombre que no tiene mujer? Es una pregunta culturalmente devastadora y sólo levemente dulcificada por el dolor de ese “atardecer primaveral” tan doméstico como envenenado, pues tan sólo distrae (subrayándolo) del misterio que lo que le sigue contiene. Un misterio muy difícil de precisar, por cierto. Estoy seguro de haberla encontrado (la pregunta) en más de una ocasión; pero no había reparado en ella hasta ahora, quizás porque ahora la leo bien citada, o quizás porque sé (ya iba siendo hora) que el matrimonio no es más que una larga y apacible conversación y porque ahora (también) el atardecer se ha instalado en mi divagación como la música que mejor y más de cerca acompasa el murmullo de mi cabeza, subrayándolo sin verdadera intención, desde fuera, casi como un personaje distinto que creyese que el atardecer soy yo y él el paisano a esa hora perezosa en que ser y estar coinciden en la salutación inmóvil. Una hora en la que puedo hablar con Raquel, con todo, desde el profundo silencio de la lectura.

¿Qué lee el hombre que no tiene mujer? Sería fácil intentar una respuesta irónica, pero la pregunta es definitivamente caritativa y no la permitiría. No es un hombre que no sepa disfrutar lo que lee, no es un hombre que carece de gusto ni es un hombre que busque en la lectura una sustitución. Es un hombre que no puede compartir su experiencia sino con su lectura. Es un hombre que establece con su lectura una relación reflexiva y biunívoca dentro de la cual, ¿a su pesar?, ¿al nuestro?, es paradójicamente más libre. De modo que quizás pudiésemos respondernos que no hay forma de saber qué lee el hombre que no tiene mujer. Sin embargo bastaría con preguntárselo…

Bastaría con preguntárselo pero el atardecer primaveral nos separa tanto de él que es posible que no entendiese bien nuestra pregunta y se limitase a darnos el nombre de un autor y el título de una obra. Por ejemplo, el hombre que no tiene mujer podría decirnos que está leyendo a Wallece Stevens o a Karl von Clausewitz, que está leyendo AdagiaEl arte de la guerra. No importa. Se levantaría de esa piedra en la que estaba sentado contemplando un horizonte que nosotros, situados tras él y algo más abajo del pequeño promontorio sobre el que su figura se manifestó de repente como algo vivo, no alcanzamos a ver.

Pero yo sé, ahora que Raquel me ha puesto como tantas veces sobre la pista y que el hombre ha desparecido ya de nuestro campo de visión, lo que leía, lo que seguramente sigue leyendo en su alcoba solitaria. El poema, que me cuesta un poco encontrar entre las muchas colecciones de versos que del autor se han ido juntando en nuestra biblioteca, se titula o podría titularse “Insomnio” y es de Osip Mandelstam:

Insomnio. Homero. Izad las velas.
Leí hasta la mitad el catálogo de las naves:
alargadas larvas, el vuelo de las grullas,
que un día se elevaron sobre la Hélade.

Como promesa de grulla en tierra extraña
sobre la cabeza de los reyes se esparce la espuma divina.
¿Hacia dónde navegáis? ¿Y quién, sino Helena
a Troya os llama, guerreros aqueos?

El mar y Homero, todo se mueve por amor.
¿A quién he de escuchar? Homero calla,
el negro mar, elocuente, susurra
y con grave fragor se aproxima a mi cama.

Aunque ahora que lo pienso quizás no me hayan ustedes leído bien -el poema no es lo que lee el hombre que no tiene mujer, sino la forma en que Mandelstam y Masaoka hablan de la misma nostalgia- y se hayan precipitado, sin quererlo, a un jardín figurado. Lean de nuevo el comienzo de este apunte y verán que servidor ha ordenado y dispuesto su relato desde el principio para evitarlo y, también, que no hay respuesta que desvele verdaderamente un enigma poético que es libre sólo entre sus diecisiete sílabas, por muy brillante que sea. Pero aún así me quedo pensando que ese hombre cuya figura (y cúlpese de esta última visión a Raquel, y a Mandestam, pero nunca a Masaoka) se alejó a contra luz hacia alguna penumbra sólo nominalmente distinta de la intemperie, ese hombre que nunca sabrá lo que yo leo, estaba leyendo el mar.

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