Mientras somos jóvenes sólo lo nuevo atrae nuestra atención, sólo lo nuevo excita nuestro deseo. En la seguridad de que nuestro mundo precisa con urgencia de un decorado original, nos rodeamos de objetos recién nacidos, músicas inauditas, ideas audaces. Todo lo viejo nos aflige, en especial esas fotografías de cuando éramos aún más jóvenes, niños, que nuestra madre exhibe con atolondrada impudicia ante cualquiera, ya sea amigo o extraño. ¡Viejas fotografías que en absoluto nos representan! Recuerdos de un pasado que no reconocemos porque nunca fue propio sino de ellos, de los mayores. Así lo nuestro (mientras la juventud nos sonríe) es futuro perfecto (diseño de pasado): novedad y novela. Seducidos por la invención, nos negamos a todo aquello que ya no podremos protagonizar.

Entonces los muchachos se podrán dejar un bigote despeluchado, o podrán las muchachas rasurarse el cráneo, o atravesarse la piel, unos y otras, con diversos adornos, o usar bastón, y nada de eso será más que aire matinal, divertimento. Pero la verdad es que un viejo con bastón es una alegoría de la prudencia, del equilibrio, un joven con bastón es sin embargo una improvisación amenazadora. Es deseo en el joven, evidencia en el viejo, el bastón.

Y es que servidor ha pasado la tarde de ayer haciéndose uno. De avellano, a falta de fresno que echarse a la navaja. Y allí sentado en las escaleras de la entrada, protegido del sol por el tejadillo justo, frente al gran chopo malo, dio en caer en la cuenta de que hace tiempo que lo nuevo, como las novelas, le interesa muy poco. Y es que uno crece y los objetos, como los sentimientos, vienen al paso, encargados de hacerle ver que el tiempo no se debe o se gana, no cambia con los cambios. No importa: el caso es que se dio cuenta, desbastando el futuro bastón, de que lleva ya un trecho rodeándose sólo de cosas y, probablemente también, de sentimientos adultos. Dentro sonaba jazz, sonaban viejos blues, sonó Bach durante un rato, durante otro Ligeti.

Tiempos distintos (vale), pero de gente vieja. Como el último cuadro recién comprado, colgado arriba (Lupiáñez), tan idéntico en eso al de abajo (Matilla): esa figuración que obliga a llenarse los ojos de paz, antes de verla, esa que reconoce, respeta la travesía abstracta con su buena aplicación desobediente, con vocación culta: su honorable ruptura tan alejada de otros, sus compañeros, que en distintas paredes cumplen su ley, escasa, de un vistazo (decoran) con surrealismo ingenuo, joven: Guzpeña (Enrique Rodríguez), Mestre, el otro…

Y las fotografías: definitivamente retratos, en blanco y negro, o paisajes. Eso que sobrevive, eso que fue y será sin uno, firme, como palabra sin vigilancia, pero dicha. Salvaguarda del tiempo que finge así no pasar.

El bastón sirve, es bueno, pasea con un servidor sobre el lomo erizado de la naturaleza (servidor cree en la naturaleza, ¿creerá ella en algo?). Nos hemos hecho de palabras, gestos, cosas que, por nosotros, se fueron deteniendo hasta ser el pasado que merecimos, bastones. Lo otro de la edad.

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