Lanzamos nuestra bola en la bolera y el tiro parece perfectamente medido, bueno; y sin embargo un bolo se queda en pie (no siempre, pero sí las veces necesarias para hacernos dudar de nuestro control sobre el juego), quizás tambaleándose provocador mientras decide no caer. Todo el mundo tiene su bolo siete.

Es la gestión del futuro, su control sobre él, lo que diferencia el deporte del juego, pero observa servidor en los medios, como en las instituciones, una preferencia por el azar que le preocupa. Cree servidor que dejamos a nuestros hijos un mundo al filo de lo lamentable, y cree que, además, en nuestras últimas exhibiciones de autoridad, hemos decidido que ni siquiera es asunto que podamos reparar. Que el bolo siete no cae de puro malvado. Nos instalamos en la impotencia frívola y con demasiada facilidad nos consideramos víctimas de la fortuna.

– ¿Y nuestros hijos?
– En absoluto, aún no. Pero deberían ser más conscientes de que están a punto de perder una partida que no han jugado. Debería crecer más rápido.
– No sé si no dramatizas un poco. Quizás a nosotros nos ocurrió lo mismo…
– Lo cual no es pretexto…

Estamos peligrosamente convencidos de que el trabajo de los científicos o la buena voluntad de los políticos nos sacarán de este apuro, pero por azar, de que el futuro es una lotería eximente, no una responsabilidad. Puede que inesperadamente pase algo… Pero el bolo siete no es lo inesperado, es el demonio de lo posible.

Aunque también tiene razón Raquel. Perdimos una guerra en la que nunca luchamos. Y, después de todo, hemos despejado para los nuestros un camino mejor, nosotros, forjados en una aventura ahora no requerida por nadie. Y quizás sea cierto que la fortuna es parte de la ley, y que ese bolo siete se balancea tan sólo por causa del azar antes de quedarse quieto, o caer. Sin embargo prefiere saber servidor que puede pulir su estilo, colocarse con arte, ser más preciso en sus movimientos y mejorar la marca.

Apunta con impecable cuidado, un servidor, casi durmiéndose en la puntería. Da los pasos exactos y, antes de lanzar el brazo como una prolongación de la mirada hacia un destino ingobernable y no suyo, le queda tiempo de pensar en algo que ha leído: Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino. Pero tras el estruendo no es servidor quien regresa, sino un joven seguro de sí mismo, sonriente. Su juego empieza ahora. El nuestro comenzó tarde y acabará pronto, quizás.

– Y quizás bien.
– Después de todo.

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