Alcanzado en pleno pensamiento sobre lo que fuera por el inesperado e intenso conticinio berciano, servidor pone la radio y, tras un prolongado rechinar nubloso que le mantiene paralizado, soporta como puede esa especie de rugido animal, alienígena que, seguido de una fortísima respiración de tintes infaustos, parece empeñado en repetirse sin más objeto que el de asustarle seriamente. No tiene nada en contra de la música moderna, sinfónica o electrónica, un servidor, pero odia que le metan el miedo en el cuerpo; y no recuerda, aunque quiere, ninguna partitura clásica que dé miedo (ese miedo). Uno puede experimentar cierta irónica congoja, por momentos, con algún fragmento de Don Giovanni, o terminar exasperándose con el Carmina Burana, o dejarse llevar como un novato por las oleadas alucinadas de un Trevor Morris, pero no puede ser que la música le provoque a un servidor las ganas de salir corriendo a esconderse que quien quiera que sea este compositor que dios confunda le provoca, así que se acabó. Servidor tiene suficiente con las sudoraciones y arritmias que su penterafobia le ocasiona de cuando en cuando y lo que menos necesita es volverse melófobo por culpa de un megalómano, así que pone un CD: Stabat Mater, de Pergolesi. Hace eso y se fuma un pitillo.

Escuchándolo (escuchando la tarantela, casi al final) le viene a servidor a la memoria que anoche soñó que tenía suerte. No que le había tocado la lotería o que le llamaba Natalie Portman por teléfono, no. Soñó que tenía suerte, así, en abstracto. Qué cosas. Pero andar fantaseando no es lo mejor que puede hacer una persona decente durante el conticinio, así que intentando volver a lo del susto, sin advertirlo casi, se encuentra servidor enumerando los miedos antiguos; esos pasados ya de moda que sólo perturban al niño que rara vez revisitamos y que algún día fuimos: el Maelstrom, las arenas movedizas, la estampida, el rechinar de goznes, el acamuñador, los marcianos, las deudas, el Plutonio o las calderas de Pedro Botero. En eso pensaba servidor cuando entró Pangur.

— Yo no le tengo miedo a nada, y menos al Plutonio.
— Pangur, tú eres ablutofóbico, digo, por no extenderme.
— Ah!

El Plutonio no tiene que demostrar nada. Miren ustedes cómo se ha ido quedado don Manuel Fraga desde que se bañó en Palomares. Eso hace del Plutonio una seria amenaza, opine lo que opine Pangur. Fraga también se volvió ablutofobóbico justificadísimamente a partir de aquel día.

— Vale, puede que le tenga algo de respeto al agua, pero es que uno no sabe nunca cuando va a toparse con el Maelstrom. Listillo.

El Maelstrom, moskoëstrom, mælstrøm, mailström o también moskstraumen, era un gigantesco remolino que conocíamos por las películas y que, agazapado en el oceánico atolondramiento de las travesías felices y nórdicas, era capaz de tragarse barcos enteros (y no sólo de celuloide) sin pensárselo dos veces y sin dejar de ellos ni la velita escandalosa. Pasó injustamente de moda hace muchísimos años, pero nunca se ha visto uno en una palangana de gato. Según parece no sale de la latitud 67°48′05″N 12°47′49″E / 67.80139, 12.79694, donde ya no va nadie.

— Tú fíate.

Pangur, que es valeroso para ratones, oscuridad y best-sellers, está sin embargo lleno de fobias, como suelen estarlo los animales domésticos. También es alectrofóbico.

— Pero sólo con las gallinas del vecino. Tú no las has visto de cerca. Son como fieras. No quiero ni imaginarme una estampida de gallinas del vecino, saldría corriendo sin mirar atrás en la primera dirección expedita que me mostrasen mis embotadas luces.
— Y sin duda acabarías cayendo en las arenas movedizas.
— O en las calderas del Pedro ese con apellido de pintor.
— No sé que decirte, gato loco.
— ¿Lo ves?, porque mis miedos son justificados, como los de Fraga. Pero los tuyos…

Quizás servidor le tenga algo de miedo a Raquel los lunes por la noche, porque suele llegar cansadísima y de mal humor y le recuerda a un servidor al Maelstrom, y porque es su señora, vale, como también es posible que tema a algunas personas que le recuerdan a las arenas movedizas, precisamente, por ejemplo esas que empieza a hablar y te deja hasta el cuello de deudas. En mi época se tenía mucho miedo a las deudas porque a diferencia de los ricos estadounidenses, que basaban su economía en la deuda despreocupada, los pobres hispanos solíamos entender la nuestra en términos de ahorro penoso. Pero ahora ya no está seguro uno de nada y quizás el miedo de un servidor a las deudas no esté, en efecto, justificado.

— Yo siempre que voy a Estados Unidos, genero toda la deuda que puedo. ¿Y el acamuñador?

El acamuñador era un arma en sumo grado ominosa y lacerante y áspera y otra vez ominosa, de alcance y eficacia indiscutibles, con la que Camuñas te dejaba fuera de combate antes de comerte las uñas hasta la cutícula.

— Acojona.
— Ya te digo. Más que los marcianos. Pero también ha pasado de moda. Ahora Camuñas es Julian Assange y el acamuñador WkiLeaks. En cuanto a los marcianos…
— Un fraude. Parece que por no tener no tienen ni conversación.
— Pues mira, hablando, hablando… se nos ha pasado en un pis pás el conticinio.
— Y sin pecar…
— Escucha, me parece que he oído un grillo. ¿O rechinan los goznes de la noche?

Había otros miedos y habrá otros miedos, no lo duden. Dentro de diez años temeremos cosas que todavía no existen. Pero, como toda la música es en realidad hija de la misma tarantela, todos los miedos fueron, son y serán, en realidad, variantes del mismo mito, ese que nos cuentan para distraernos mientras nos roban la sombra y que dice que estamos tocados por algún singular y trascendente destino que amenazan permanentemente Camuñas y el Maelstrom, Palomares, las deudas y las gallinas del vecino. Nada que no conjure un buen trago de orujo “de aquí, de aquí”. Sobre todo si uno es de los que sueñan que tienen suerte.

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