Lloráis, políticos, mientras nos empobrecéis cada vez más para evitar la ira de los felices pudientes. ¿Por qué?, ¿nos veis llorar a nosotros? Perdón, es cierto: se le olvidaba a un servidor decir que no todos los políticos habéis estado extrayendo de nuestro esfuerzo el porcentaje necesario para manteneros a salvo y también que, a la hora de la verdad, cuando más os necesitábamos, no a todos nos habéis vendido, sino sólo a los pobres.

Seguramente os sorprendió descubrir que para algunos de vosotros la política era puro negocio, pero claro, no teníais forma de saber para quiénes hasta que no os lo decían los periódicos. Quizás no seáis simplemente capaces de manejar vuestra propia tramoya pagada por el erario o hayáis, algunos (no todos, todos no) enterrado incluso vuestra falsa conciencia bajo tal cantidad de capas de maquillaje que ya ni siquiera veáis con claridad lo que pasa. Ya no hay mentira en vuestra posición, ya no hay mentira en vuestra exposición: sois la mentira (algunos, se entiende, algunos).

¿Quiénes de entre vosotros, políticos, administradores y gestores, se han enriquecido a costa del trabajo ajeno y han llamado a eso economía, inteligencia, política, realismo, servicio? ¿De verdad había que esperar a qué otros lo descubriesen?, ¿de verdad en el interior de la estructura organizativa que sea puede alguien distraer tanta lana (más que de sobra para no pasar el frío que estamos pasando, más que de sobra) sin contar con el silencio de lobos y de corderos?

¿Por qué no lloráis por eso?, ¿no se os cae la cara de vergüenza (ajena, claro, ajena)? Y, ahora que el dinero se ha vuelto aún más difícil, ¿pensáis que algunos de vosotros seriáis capaces de defender la pretensión democrática de un reparto de cargas más justo? Quizás algunos de vosotros aún tengáis la honradez necesaria para delatar ciertas prácticas, ciertos vacíos legales, ciertos consensos obscenos, ciertos abusos caciquiles, ciertos males sistémicos y para afrontar retos duros, pero duros de verdad, duros en cabeza propia. ¿O de esos no tenéis en vuestras filas, sino sólo de los otros?

¿Cómo es posible que esos pocos corruptos (de vuestro entorno) se moviesen tan cómodamente (en vuestro entorno) sin que nadie (de vuestro entorno) los denunciase públicamente? ¿Sois tontos o algo?

Esa ficción de clase (o de casta: hombres del pueblo, gente como nosotros) en la que os habéis instalado os ha llenado de basura el patio; los traidores al bien común, los descuideros, los apandadores os han desacreditado. Vale. ¿Pensáis arreglarlo, de verdad?, porque el olor es muy fuerte a estas alturas. ¿O también nos vais a culpar a nosotros?

Vuestra traición (perdón, la de algunos de vosotros, esa rastrera minoría) es, además, la peor de las traiciones, porque no se ha traicionado nuestro trabajo (ese simplemente ha sido considerado un sacrificio necesario) ni se ha traicionado nuestra confianza (pues el significado de esa palabra no figura en los balances) sino que se ha traicionado nuestra identidad.

Éramos un pueblo hasta hace poco feliz de haber salido de una larga y depresiva dictadura, un pueblo con ilusiones que deseaba vivir a salvo y honradamente con lo que creía poseer. Habíamos luchado por ello. Y habíamos luchado (y muerto) por cierto ideal de paz social. Contábamos con saber resolver con justicia los problemas que toda convivencia implica y, hasta hace poco, nos sentíamos orgullosos de ello. Eso es lo que algunos de vosotros, no todos (todos no, no) han traicionado. Y eso es lo que algunos de vosotros, no, perdón, todos deberíais restituirnos. En eso consiste vuestro trabajo, no en llorar.

Creíamos también (de eso sí que somos culpables, pero nosotros lo reconocemos) que vosotros, los políticos, eráis los responsables del futuro de nuestro país (y que por eso os votábamos); pero no todos, por lo visto: algunos, según parece, ni lo erais ni lo sois. Algunos sois inocentes, ¿verdad?, mucho.

Atentamente, servidor.

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