Se dice que en esta tierra nuestra nos gusta que los crímenes de sangre provoquen juicios de sangre, que nos gusta alimentar ese fondo escabroso que hasta el más cosmopolita guarda bajo el recuerdo de su primera sopa tomada en la cocina (con independencia de la procedencia de sus componentes o del acento de la cocinera), entre historias de casa, entre dichos ajenos al discurrir de la historia. Quizás lo que sí hacemos es sabernos moralmente los últimos jueces: lo somos.

Por eso se confunden tanto el magistrado como el fiscal cuando dicen que no se está juzgando a Isabel Carrasco. Ese, y no otro, es el motivo de la gran cobertura informativa (por usar un calificativo poco comprometido) que el proceso recibe; ese, y no otro, es el origen del morbo que nos provoca: lo que no se dirime allí.

Como cualquiera que se detenga un momento a pensar en el problema más nimio, servidor tiene su “lado von Clausewitz” y ha de admitir que a veces el asesinato, lo injustificable, es la guerra por otros medios. Dicho de forma más suave: en ocasiones el vaso de la impotencia rebosa y, queriéndolo o no, deviene inesperada salida a flote de la verdad desnuda. Mientras la justicia esclarece la responsabilidad sobre el último segundo del último acto de la coreografía, lo cual respetamos unánimemente, nosotros (el pueblo) intentamos solidariamente la comprensión general del espectáculo y, como esos científicos capaces de deducir velocidad, origen, fuerza y composición de un meteorito a partir de su marca en el suelo, vislumbrar el dibujo de la arbitrariedad bajo el velo de la evidencia. Aceptamos que el poder se disfruta ayudando y se demuestra haciendo daño, porque estamos enfermos, pero no aceptamos que el poder se disfrute haciendo daño porque no estamos tan enfermos. En esa línea se mueve nuestro juicio.

Servidor no escribe para niños ni desea escandalizar (nadie “merece” morir) sino explicar por qué, aunque prefiere no leerlos, respeta a esos periódicos que han decidido informar a gran formato de lo que sea que esté remotamente relacionado con un crimen que no tiene más interés que ese que, sin embargo, no van a satisfacer. Lo intentan, quién sabe si hasta de buena fe, pero en la medida en que se empeñan en que el protagonismo sea el de las acusadas, se esfuerzan en vano: su intención no encuentra nuestras necesidades. Por supuesto que el estudio de la víctima no es algo que deba importar al jurado o perturbar al juez, pero a nosotros, mortales, nos pondría en la mano un hilo que, recorrido hacia atrás, nos llevaría a la caverna en la que nacieron, hermanas, la ambición y la venganza, nos llevaría a entender que, nos guste o no, hablamos de un crimen nuestro, o sea: político. ¿Por qué no íbamos a estar juzgando también (en causa separada, susurrada, insinuada, secreta) si puede la enfermedad del poder considerarse un móvil? Todos los presuntos asesinos terminan siendo culpables o inocentes frente a un tribunal, y todo asesinato es sin ambigüedades condenable, pero no todos los asesinados son tan planos y objetivables como para eludir, por accidentales, un juicio retroactivo y paralelo ante esa corte suprema de la que nadie hablará y que es, después de todo, sagrada. Isabel Carrasco (esa es la cuestión) no era sólo una ciudadana: encarnaba unas formas consentidas, incluso producidas por el sistema.

Evitar el pasado es matar el pasado, creer que la justicia vacuna; algo que a los políticos les interesa (pues basan su consistencia en su confianza en la realidad de la historia sobre la memoria) y por eso les ha faltado tiempo para arrancar la página correspondiente mediante la nada comprometedora declaración de agua pasada. La sociedad, sin embargo, necesita juzgarse a sí misma, necesita averiguar si es el agente o el paciente, la madre o la hija de una enfermedad tan larga, tan dañina. No nos encontraremos. Los políticos necesitan mantenerse al margen; los periódicos hurgar en nuestro morbo en busca de una actualidad rentable; nosotros evolución desde la memoria, catarsis.

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