Si será disparatada la vida que a un servidor lo que más le gusta de la misma es el trabajo. “Y las mujeres”, estará pensando ahora algún lector poco sutil. “Y el dinero” estará pensando otro menos sutil aún. Así son las cosas. Uno tiene los lectores que se merece: Ruiz Zafón a Pangur, y servidor a ustedes. Pero continúo. Decía que a servidor lo que más le gusta de la vida es el trabajo.

– Y la naturaleza…

¿Quieren por favor dejarme seguir sin interrupciones? Intento explicar que el trabajo, y más aún si es un trabajo repetitivo, rutinario y fácil, es lo mejor de la vida. Llego a esta conclusión después de haber visto la tercera de las películas que me había propuesto ver estos días tras desatrancar el desagüe general, tomado por las raíces de cuando en cuando. Un trabajo sencillo, aunque rudo, repetitivo y no tan distinto del que realizaba el protagonistas de las tres: Hunter S. Thompson: airear mierda.

La primera ha sido Gonzo, de Alex Gibney: un documental sobre la vida del escritor y periodista de marras. La siguiente, Miedo y asco en las Vegas, de Terry Gilliam, con Johnny Deep “clavando” el papel de Thompson. Deep estuvo viviendo una temporada con Thompson para “meterse en el papel” y acabó pagando su funeral. Nada más lógico. El día que un actor entre en mi casa con intención de interpretarme no le pediré menos. ¿La película?: un divertido pulso entre Johnny Depp y Benicio del Toro. Uno de esos productos que la gente bien no debe ir a ver, pero que hará las delicias de cualquier currito de a pie medianamente versado en antropología proto-post-moderna. Thompson comenzó relatando las andanzas de los Ángeles del Infierno, que terminaron por expulsarlo ignominiosamente de la trinca, pero inventó el periodismo Gonzo.

– ¿…?
– Es fácil: aceptas un trabajo difícil (o no), y lo usas como pretexto para vivir una experiencia única a costa de la tarjeta de crédito del contratista.
– ¿Y…?
– Que eso es lo que cuentas. A Thompson le funcionó con la revista Rolling Stones, y sentó cátedra.
– Tampoco era Jack Kerouac.
– No. Era Gonzo.

También estuvo a punto de ser elegido sheriff de Aspen (Colorado) con un programa que proponía cambiar el nombre de la ciudad por el de Ciudad Gorda y legalizar la marihuana. En una maniobra política de gran talento, se cortó el pelo al cero y acusó de melenudo a su oponente que lo llevaba rasurado al uno.

La tercera es la más antigua. Where the Buffalo Roam, de Art Linson, con Peter Boyle y Bill Murray (que es quien hace de Thompson). La trilogía, que representa sin explicar, que excede lo expositivo en favor de lo evidente, cierra maravillosamente los gestos de la decadencia de aquella época en la que, nos guste o no, la viviésemos o no, hemos nacido todos. El orden es importante, ya que si ven la de Deep en tercer lugar se perderán la frescura de algunas situaciones “inenarrables”, y si dejan el documental para lo último la retorcidamente enquilibrada relación entre lo vivido, lo inventado y lo escrito por Thompson carecerá de un protagonismo sin el cual su sentido, coreográfico, se disolvería en el aire.

Y, además de haber enseñado algo nuevo a los chicos (Rubén y Lucas), a servidor le ha servido para descubrir de dónde le viene su afición al trabajo rutinario y repetitivo: es hippie.

Así que ahora que los membrillos cuelgan reventones arqueando las doloridas ramas de su tronco chaparro y las aves lavanderas buscan refugio bajo los idealizado tejados bercianos, ahora que empiezan a caer las primeras avellanas y el agua se vuelve dueña de sí misma y el verano se prepara para acabar su obra prepotente, excesiva y, aunque siempre aplaudida, facilona, he pensado que puedo ponerme a enristrar ajos, que es lo más parecido a hacer collares que a mi edad queda bien. Me sentaría paciente durante horas a enristrar y enristrar, y respondería a las preguntas de las televisiones extranjeras que vendrían a visitarme a la huerta.

– Era broma.

Miro a Raquel, que me mira a su vez con ojos grandes y preocupados. “Era broma”, insisto. Pero me reafirmo en lo mucho que me gusta que el trabajo (incluso el desagradable, el sucio) se empate con la quietud, se vuelva contemplativo cuando uno es dócil en su ejercicio. Y es cierto que estos tiempos que corren necesitarían un Thompson dispuesto a inmolarse en la velocidad de la denuncia, a quemarse en las ya débiles brasas de una sociedad consumida por su propia avaricia y que, a ser posible, no termine pegándose un tiro; pero no seré yo. Yo ya tengo lo mío.

– Ya lo sé, Suñén. Ya lo sé.

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