Empujado por el convencimiento de que hay un infierno para los neutrales y de que existen llamadas a las que no se puede hacer oídos sordos, siempre he participado de alguna forma (hay muchas) en la política y jamás pretendí hacer de ella mi oficio. Una vez, lo juro, un alto cargo cuyo nombre no importa me insinuó, tras preguntarme por lo que esperaba de la vida, que si me afiliaba y “me ponía las pilas” (expresión que lamentablemente aún se usa) podía “hacer carrera”. Le respondí que no tenía intención alguna de afiliarme a nada, pero viéndole en tan buena disposición sobre mis inquietudes, le pedí un despacho con vistas al infinito y a cuya puerta nunca llamase nadie, sin secretaria y sin teléfono. No me lo dio, y por supuesto no volvimos a hablar del tema.

Escribo estas líneas desde esa clase de despacho. Desde él veo la realidad de lejos (no quiero decir con perspectiva, porque no es exactamente lo mismo) y la veo como lo que soy para cualquier político profesional o aspirante: un imprudente intelectual medio imbécil. Los políticos ven intelectuales donde no los hay, y se muestran excesivamente cautos a la hora de calificar los niveles de estupidez que puede alcanzar incluso el mejor formado. Desde tan cómoda posición me he puesto estos días a pensar en el devenir de Podemos y, por extensión obligada, en el futuro de esa coalición llamada Unidos Podemos, y en su relación con vientos y mareas.

La primera conclusión a la que llego es que no avanzaré en observación alguna sin empezar desde el principio.

Lo que me llevó a Podemos (de la mano de un buen amigo comunista) fue su apelación al ciudadano de a pie como portavoz de una inteligencia social constituida en verdadera fuerza de cambio. Ello no significaba sólo escuchar las demandas populares, también significaba trasladarle a la gente ciertos peligros cuyo conocimiento no facilitaban los periódicos, también significaba, en ocasiones, emplear mucho tiempo y paciencia en la exposición de asuntos que, a priori, parecían ajenos y nada interesantes. Entonces (no hace tres años) mucha gente creía que había alguna especie de magia trabajando entre ellas y los hechos como para que lo peor no acabara arreglándose. Podemos no esquivaba cuestiones como la monarquía, el TTIP, la OTAN o la renta básica, manejaba conceptos como “presupuesto participativo” o “deuda odiosa”, se declaraba decididamente ecologista y se exponía sin miedo al escrutinio de cualquiera que quisiera presentarse en sus asambleas y a la decisión de quienes, gratuitamente, se inscribían en sus listados. El movimiento creado (circunstancialmente partido) necesitaba, tras las elecciones europeas, alguna receta básica que diese coherencia a la autonomía de sus partes. ¿Lo necesitaba?

Todo esto pasaba muy lejos de ese “núcleo irradiador” cuyas cuitas me han resultado siempre algo enigmáticas, pasaba sin que ningún recadero pudiese constatar las lealtades a través de otro vínculo que el acreditado por un proceder honesto. Me molestó ver como las estructuras de poder institucional se precipitaron casi de inmediato a redefinir ese vínculo desembarcando, autoritarias, mandonas, tópicas, en un diseño inocente pero sabedor de lo que se esperaba de él y de cómo lograrlo.

Me disgustó comprobar que incluso aquí, en los suburbios de la pomada, la diferencia entre defender un modelo funcional y esgrimir un estatus conveniente, se resolvía a favor de la vanidad de quienes temen más la pérdida de poder que la del norte. Demasiadas veces la disparidad de criterios se desemboza en este país a la vieja usanza y, antes de someter las ideas a la confrontación que merecen, se levanta la mano. Una pena.

Así caemos como moscas en la espiral pegajosa de no saber remediarnos porque no tnemos remedio. Una pena.

Pablo Iglesias acaba de publicar un artículo que me hace pensar que prefiere un modelo en cuya hechura me siento como en un traje a medida, pero, como soy un presunto intelectual etcétera, también creo que Errejón tiene más razón que un santo cuando saca a pasear su biblia a modo de perro guardián. No hay, seguramente, otra literatura en la que cimentar la creación de una mayoría, aunque su aplicación en la última campaña (enfocada a ceder la iniciativa a un PSOE ideal, pero a la postre más manipulador que congruente) se tradujese en una inspiración perdedora. ¿Por qué me rechina?

Abajo/Arriba no es (porque es más gráfico) Izquierda/Derecha. Pero importa la aplicación, no la ortodoxia, y lo que saben tanto Errejón como Iglesias es que no vale la pena correr el riesgo de que ciertos enfoques se estorben entre sí. Lo que digo es que gran parte del debate es un falso debate teórico, y que otra parte (la práctica) trata de movilizaciones y de pactos, no de gestos. El caso es que hoy (ayer no, mañana ya veremos) me convence la retórica de Iglesias en el mencionado artículo: “Necesitamos ahora una organización más descentralizada que construya movimiento popular y contrapoderes sociales poniendo su peso institucional al servicio de la sociedad civil, señalando al poder y apoyando la autoorganización”. La solicitud, a todas luces razonable, de la formación en Andalucía exigiendo su emancipación y/pero su integración federal en un esquema plural, pondrá a prueba la sinceridad de unas palabras que, teniendo en cuenta la cercanía de un nuevo Vistalegre, parecen declarar intenciones. La reciente negativa del partido en Castilla y León a otorgar carta de naturaleza a un círculo Bierzo las contradice, como si de nuevo se atendiese más al control ejecutivo que al desarrollo eficiente. En fin, lo he dicho ya y, sintiéndome ahora como me siento más inclinado a la fabulación que al análisis, no creo que lo repita: el Bierzo precisa de su andamiaje y la decisión en contra de que lo tenga no solo es represiva, e irracional, es (por ambas causas) anti-Podemos.

Pero una vez más lo lógico no ocurrirá.

Pues eso es lo que rechina, que lo que veo desde este despacho a cuya puerta no llama nadie, y cuyo teléfono nunca suena, me hace pensar que el dilema de Podemos no es, aunque adopte esa forma, un problema de egos disputándose el logos (eso es el síntoma), el dilema de Podemos es cómo superar el miedo a la propia creación, que sería (por definición, por cuna) una creación ingobernable desde un despacho. Y la única forma de hacerlo que se me ocurre es atreverse a aceptar, finalmente, ese partido/movimiento (desatado) sin acumulaciones de poder, con limitación de sueldos y mandatos (donde nadie “se ponga las pilas” para “hacer carrera”), abierto a las alianzas, municipalista, descentralizado y permanentemente activo, en el que cada parte secundará al común en su razón y el común respetará a cada parte en su medida; lo que no se contradice con el buen funcionamiento de una estructura organizativa al servicio de la gente. De ese modo es posible que no muramos todos intoxicados por la amenaza de ganar las elecciones antes de veinte años, por el miedo (el miedo) a que la fuerza desatada que nos puso al mando, nos reclame lo prometido.

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