El otro día, intentando alcanzar en la biblioteca de casa mi profusamente anotada edición de En busca del tiempo perdido, de Proust, fiándome de la poca luz de la tarde, me caí en plancha contra una esquina (es que padezco “ceguera nocturna”, es uno de mis superpoderes) y tengo todo el lado izquierdo del cuerpo entero hecho mixtos. Habrá sido porque iba en calcetines, vale, pero lo cierto es que me duele hasta encender la luz. No he dicho nada, no vaya a ser que Google me baje el PageRank.

Llegará un día en que la gente ya no te pregunte cómo te va: dirán “¿Qué tal tu Page Rank?”, y el otro responderá “He bajado a tres”. “Vaya”, se lamentará el primero, pero añadirá con falsa conmiseración “Así es la Google Dance”.

Cuento esto para darme importancia, porque a pesar del dolor provocado por el accidente doméstico y de la depresión provocada por a la actitud del mencionado motor de búsqueda, he colgado el cuadro que pedía a gritos la pared del nuevo despacho de Raquel. Finalmente es un desnudo (entre nosotros: de ella) pintado con trazo oriental y seguridad de boceto por una mente tan femenina como firme. Y queda estupendamente. He terminado de colgarlo y me he comido un plátano.

– No te he dicho la ilusión que me ha hecho que te comieses un plátano por si te ofendías, pero, cariño, no deberías haber colgado el cuadro cayéndote tanto como te caes, dice Raquel, que (a ratos) es muy, muy del Bierzo.

Definido El Bierzo como “colectivo independiente individual” queda saber quiénes lo componen, a saber: Raquel, la lluvia, que estos días nos visita con frecuencia empujando la savia hasta lo más alto de los rosales y lavando cada tono de verde con esmero stajanovista, cuatrocientos mil botillos esperando ser degustados y gente como ustedes o yo. Bueno, como yo no sé, porque a veces creo pertenecer claramente al “colectivo indiferente general”, compuesto por servidor, el perro Cato y el café de máquina. A lo mejor por eso nos llevamos tan bien Raquel y yo. Y a lo mejor por eso le contesto que me caigo tanto porque siempre voy pensando en suncus etruscus, que es cosa en vías de extinción. “Pero no lo haré más”.

— No has atravesado el muro porque Dios no ha querido.
— No intentaba atravesarlo, sólo darle un repaso.
— Muy gracioso. ¿Y no deberíamos ir al médico?
— ¡En absoluto!
— Glu, glu, dice el desagüe del baño.
— Re menor, dice la radio.
— Glu, glu, repite el mismo desagüe introduciendo en la conversación un bucle inesperado.

Luego viene un silencio suavemente desafiante, como de Franz Liszt, y Raquel concluye:

— En marcha.
— Voy.

El médico dice que me va a seguir doliendo una temporadita, y que me infle a pastillas. Que si empiezo a decir cosas raras o a ver musarañas enanas vuelva a visitarle, y que no sabe qué narices es el PageRank. Luego nos vamos de vinos.

Nuestro amigo el egipcio, Sinuhé, que también es médico, nos dice entre vaso y vaso que eso de caerme tanto y siempre del mismo lado tiene que ver con mi manía de tomar notas y escribir versos. “Verso es vuelta”, dice, “te escoras a la izquierda porque es tu naturaleza literaria”, “quizás deberías aprender árabe, para compensar…”

— Perdona, Sinuhé, pero tú eres egipcio, dice Raquel. — No tienes lado izquierdo; ¿cómo vas a saber entonces lo que le pasa a mí marido, que tiene un lado izquierdo de lo más atractivo, además del derecho de todo el mundo?
— Vale, se queja Sinuhé desde la ternura de quien se sabe querido. — Pero ¿y su PageRank?, ¿cómo quieres que le suba si usa expresiones clave como “experiencia adquirida”, “tupido maire”, “talud insano” o “invierno ajeno”?

Sinuhé es encantador, y un buen amigo, pero plano y de corto brillo, como hecho de mica.

Ahora, que Raquel duerme, aprovecho mi ceguera nocturna para hacer reposo y repaso y pensar cosas útiles y a ser posible estáticas, y se me ha ocurrido que uno empieza anotando libros y acaba escribiéndolos. Y que escribir libros no es más que anotar el mundo. Lo siguiente da vértigo, como la Google Dance, como la gran coreografía de las estaciones… O como ese cuadro del que cuelgo, porque llevo colgándolo desde que era un jovencito: ese mismo desnudo, en esa misma pared. Busco la palabra acertada para esta sensación, que es la de haber terminado (determinado) un movimiento empezado hace décadas. A veces paso horas y horas intentando recordar palabras que creía saber y que quizás sean palabras inexistentes aún, musarañas futuras. Hoy me agradezco clavado a esta libertad nueva cuyo nombre conoce todo el mundo.

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