Está mañana hemos acompañado a Lucas hasta el “Supra”, que es un moderno autobús de línea que le dejará en Madrid en cuatro horas y cuarto. Y como allí tiene casa, y madre, y amigos y amigas, no nos hemos preocupado más de él y nos hemos venido a Magaz de Abajo a estar solos. No es que la presencia de Lucas nos perturbase (ha pasado estos días leyendo, viendo extrañas películas y anotando ecuaciones en una pizarra profesional que, a tal fin, tiene instalada en su cuarto). Al contrario: es un joven equilibrado y divertido al que le basta con algo de buena conversación y darle de vez en cuando una paliza a los bolos a un servidor para ser feliz. Pero Raquel estrenaba su despacho y servidor necesitaba abrir cajones, cerrar cajones, mover muebles, revisar papeles, encontrar una lectura en la que abstraerme. “Deberías sosegarte”.

— ¿Qué es eso que suena?, pregunta Raquel.

A punto estaba servidor de responderle que era su voz interior, pero afortunadamente cayó a tiempo en la cuenta de que se refería a la música. Sonaba Azrael, de Josef Suk (opus 27); una pieza interesante; aunque raramente se puede escuchar.

— Me gusta.

A servidor también; pero nadie pregunta por ella. A Suk le tocó vivir a la sombra de compositores demasiado grandes y las historias de la música o lo han ignorado o han pasado sobre él como sobre ascuas. El día ha transcurrido bajo un sol huidizo, pero grueso. El viento advertía a ratos a los brotes del avellano y del negrillo de que aún eran jóvenes, y a las yemas de la recién plantada encina, y a las flores frioleras del ciruelo. Y Raquel y un servidor coincidían en alguna visita a la cocina o al baño y se contaban sus cosas.

– ¿Qué es eso?
– Una lata de gasolina de mechero. Quizás podamos venderla por el doble de lo que pagamos.

Servidor dejaba la lata en el baño y ella la bajaba a la bodega porque allí era su sitio y de paso subía un poco de chorizo que caía junto a un tinto Pegaso que es uno de los buenos. O no, o a lo mejor nos encontrábamos en la cocina y yo decía “se me está cayendo mucho el pelo y me parece que no me va volver a salir”, y ella respondía que debería probar el chorizo del tío Jesús y se ponía a cortar pan y cada uno nos volvíamos a lo nuestro con un plato en una mano y un vaso de tinto en la otra.

Ahora, mientras Raquel parece enfrascada en lo que sea que esté haciendo, servidor cierra el libro (A la caza de la realidad, de Mario Bunge) y piensa que de aquí a cuatro meses nos instalamos en Magaz de Abajo definitivamente, huyendo de nada y otras molestias menores. Ya está decidido: aunque le toque, durante una temporada, andar yendo y viniendo en “supra” y sea cual sea su efecto en los “negocios” madrileños de un servidor. La idea le sosiega, por eso cuando llaman a la puerta los del comité de festejos les suelta veinte euros un servidor, como veinte avemarías.

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