Suena Will You Love Me Tomorrow?, una canción escrita por Gerry Goffin y Carole King en 1960, pero que ahora canta Amy Winehouse (descanse en paz) maravillosamente. Es uno de esos temas que lo soportan todo, incluso se usó en la banda sonora de Dirty dancing porque el mundo no es perfecto, pero esta versión hace que parezca recién soñado. Suena Will You Love Me Tomorrow? e intento imaginarme a la Winehouse retratada por Lucian Freud. Hubiese sido mejor modelo que muchos de los utilizados por el pintor, seguramente se acercado más, y más honestamente a ese fondo, a ese grueso trazo que tan acertadamente ponía de manifiesto la fragilidad de lo sórdido. Los respetaba a ambos, simplemente, sin excesiva admiración. Y sin embargo ahora que han muerto casi al mismo tiempo siento que se establece una relación no por momentánea menos estrecha, un ocasional pero intenso encuentro entre dos debilidades producidas por la exageración de la fuerza. La sensación me procura, debo decirlo, algo parecido a la absolución de algún pecado que mi memoria no encuentra, que tal vez no sea mío.

Pangur y Yogur (que ha recobrado la confianza en sí mismo tras la marcha de la niña Martina) están sentados junto a mi, a la sombra, en las escaleras de acceso a la casa, viéndome trabajar en un cortabrevas (no confundir con un despuntador de cigarros puros, nada que ver) que le regalaré a Raquel en cuanto vuelva con el pan. Todavía quedan brevas, sí. Aquí sí. Pocas, pero quedan.

Es un artilugio sencillo. Una botella de agua, de litro, cortada por la mitad, a la que se fija, encajándola por el cuello, una larga vara de avellano (o de lo que ustedes quieran). Sobre el borde abierto de la botella se practica un corte en uve, de entre dos y tres dedos de profundidad, que hará las veces de tijera. Su uso facilita el acceso a los frutos más altos y no puede ser más simple: se emboca la breva hacia el interior de la copa (con el corte en uve enfilando el tallo) y (si está madura) caerá sola en su interior en cuanto empujemos un poco hacia arriba. Útil y divertido.

— ¿Ya está?, ¿ya lo has acabado?

Los gatos toleran muy mal los equívocos, mucho peor que los seres humanos, peor incluso que los japoneses; así que procurando no parecer irónico informo a Pangur de que el objeto no es en absoluto un juguete.

— Ya lo sabíamos, yo y este.

Ya no suena la música, en su lugar una voz cuenta que el portavoz del PP en el ayuntamiento de León intenta retirarle un contrato a cierta empresa que echó a su mujer hace unos meses, y dárselo a la de un amigo. Pongo Radio clásica (Folies d’Espagne, de Marin Marais). Sobre la mesa de la entrada hay una revista que no he visto antes. Cómo llegan a casa algunas revistas de moda y decoración ha sido siempre un enigma para mí. Tampoco sé por qué desaparecen luego. Pero confieso que ayudan lo suyo al buen tránsito intestinal y que, a veces, como ahora que el cortabrevas está acabado y el pan a punto de llegar y que ya he apagado el fuego, sus textos no tienen desperdicio. Este en concreto forma parte de un artículo dedicado al arte de aparentar lo que no se es. Hay consejos muy buenos como que aprendas a fingir que escuchas a los demás mientras piensas en tus cosas o que separes un poco el micrófono cuando cantes en el karaoke para disimular tus fallos (también recomienda 582 compras para atravesar el verano con un estilo realmente sexi). Dice así:

Date una vuelta por las tiendas vintage de tu ciudad. Lucirás prendas únicas que, además de darte un aire supercool, nadie más llevará a parte de tí. Busca outlets de tus diseñadores favoritos. Encontrarás prendas únicas a precios asequibles. Hazte con básicos low cost que te permitan combinar tus outfits de diferentes maneras, y complementos y joyas que aporten personalidad a tu estilo. Pasa de imitaciones.

Que quienes escriben para estas revistas se consideren periodista de pleno derecho en un mundo que acaba de presenciar como un desequilibrado con delirios eurorracistas deja casi ochenta muertos en la pequeña isla de Utoeya, en Noruega, o que lamenta una hambruna (en Somalia) de la que se ha enterado demasiado tarde, es algo que cuesta creer, pero lo cierto es que lo son. Como lo son quienes han minimizado el robo del Códice Calixtino ante la importancia del futuro del Kun Agüero, o quienes aseguran que la rescisión del contrato a la mujer de José María López Benito o su amistad con cierto directivo de la recurrente no tiene nada que ver con su campaña contra la adjudicación de la depuradora a Aquagest, o quienes llaman “vagos” a los 35.700 indignados que ayer protestaban en Madrid contra un sistema que no pone su esfuerzo en el bienestar de la mayoría. “No es una crisis”, decía una de las pancartas, “es que ya no te quiero”. Lo que demuestra que el estilo Cosmopolitan no está reñido con la crítica social.

Los ciudadanos tenemos derecho a escuchar a todas las partes y los periodistas a mostrar sus propias opiniones como a no ir por delante y limitarse a cubrir el tipo de información que sus lectores reclamen, no me apetece discutirlo. Lo que sí empieza a inquietarme es cierto empeño en no querer advertir que el mundo debe cambiar, y mucho, que lo que atraviesa este verano no es sólo el sexi arte de fingir, sino el viento de una tormenta cuya necesidad se anuncia cada día más y más evidente. Wikileaks, los movimientos populares árabes, el 15M no son sólo parte de la desproporcionada confusión con que desde demasiados lugares quiere arropársenos, son reacciones equilibradas ante un mundo que quienes creen de su propiedad, exclusiva, se resisten a mejorar.

— Hola, ya he llegado. Vamos a comer.
— Te he hecho un cortabrevas.

Mientras Raquel prueba el invento (para desesperación de los gatos, que tendrán aún que esperar para su habitual aperitivo de gourmet) y voy poniendo la mesa (gazpacho y pollo godello) recuerdo una frase de Proust que me sirve para entender que no debe extrañarme esta permanente mezcla de frivolidad, gravedad y desinterés, fanatismo y escapismo que el mundo exhibe sin remedio. En realidad la culpa es mía.

La imaginación, al pasar una y otra vez sobre sus esperanzas, agudiza enormemente sus decepciones.

Por lo menos el cortabrevas funciona a juzgar por el improvisado hatillo que Raquel me entrega tras su hermosa sonrisa.

— ¿Pongo la tele?
— Pues mira, no. Deja la música.

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