Aún conservo un cuchillo de monte que perteneció a mi padre. Según me contó siendo yo muy pequeño mató con él a un oso enorme, fiero y feo como un portavoz parlamentario (que en aquella época ni siquiera se sabía lo que era). Lo tengo sobre la mesa de trabajo, a modo ornamental (el cuchillo, no el oso de cuya verdadera existencia harían bien en dudar), como abrecartas (oficio antaño esclavo pero hoy casi un retiro). No sabía de qué hablar (últimamente no me pasa nada) y me he fijado en él porque ha terminado aquí, en Magaz de Abajo, como otras cosas que esperan una segunda vida. Me he fijado en él, y me he sentido solo. Qué raro.

Estar solo en medio de tres mil metros cuadrados no es lo mismo que estarlo en una cafetería llena de gente, de igual modo que escuchar a John Coltraine acompañado de Kenny Burrell (Flanagan al piano, Chambers al bajo y el genial Jimmi Cobb a la batería) no es comparable a oír el público runrún, mezcla de conversaciones irrelevantes, televisión y máquina traga perras que amenaza con convertirse en la banda sonora de nuestros escasos momentos de asueto. Pero si, además, esos tres mil metros cuadrados están en El Bierzo, entre viñas y manzanares, y es jueves y no has leído los periódicos ni respondido al correo electrónico, y no hay cobertura, entonces estamos hablando de una realidad que marca la diferencia entre la soledad y el recogimiento. No me tengan lástima.

La casa (he venido yo solo, no me pregunten por qué) es grande, pero no tanto como para que un hombre no pueda encontrarse en ella, y tiene fantasmas: pero de los de verdad (esos en los que se puede confiar). La casa es una fortaleza en cuyo centro, esta biblioteca desde la que escribo, el mundo se convierte en un problema tan real como poco acuciante. Los árboles (el desengañado roble, la dulce encina, el álamo egoísta, el acebo secreto, el fuerte olivo, el sabio manzano, el abedul descalzo, el sonoro avellano, la sabina mayor y silenciosa) son mis perros guardianes, los gatos mis vecinos, los libros (siempre desordenados, siempre en la demasía de andar consultándose todo) mi biografía.

He bajado del autocar y el cielo me ha recibido con un espléndido arco iris. Es como la nieve el arco iris, que te hace pensar en la infancia por muy duro, por muy frío que creas ser. Ves el arco iris y dices cosas absurdas como “cuando yo era pequeño las aceras eran tan altas, tan altas, que te podías atar el cordón del zapato poniendo el pie encima”. Están los buenos tiempos (“en los buenos tiempos…”), los tiempos duros (“en los tiempos difíciles…), los tiempos de la infancia (“cuando yo era pequeño…”); hoy es tiempo de brevas, me encuentro en el centro de la tierra según afirma la geometría y estoy pensando seriamente la posibilidad de acercarme mañana a ver la actuación de un forzudo (por supuesto procedente de algún remoto país infantil) que anda feriando estos días por aquí cerca.

Es una verdadera experiencia estética escuchar el comportamiento del saxofón de Coltraine en esta soledad casi monástica. Se diría que no tiene ideas; que la música podría sobrevivir sin él a condición de no durar. El disco (¿se puede seguir llamando disco al CD, no?) se acaba. Lo cambio por Fiona Apple, a la que recordaba haber escuchado con agrado, pero la encuentro previsible (buena, sí) y de un dramatismo demasiado industrial. Fuera. Ahora escucho a Lola Lafon (& Leva). Todo vuelve a su sitio (y qué gran versión de Paint It Black, qué gran versión). La casa escucha recogida, no permite ampliaciones, no quiere más de lo que es. La casa no tiene envidia. La casa sabe de sobra que sólo envidia el que carece de cimientos.

La casa me cuida y me acepta incluso como si me hubiese añorado y, efectivamente, me siento en casa. Pensarán que me estoy volviendo cursi, pero es “tiempo de brevas” y es lo que toca. Cuando yo era pequeño, el verano duraba toda la vida y nos pasábamos toda la vida esperándolo. Estar aquí, hoy, solo, se parece mucho a eso, salvo que ya no hay osos, y tampoco se me desanudan los cordones de los zapatos, nunca; bueno, no tanto; casi nunca.

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