Las arañas empiezan a entrar en casa y eso significa el final del calor y vaticina un otoño felizmente previsible. Aquí lo del cambio estacional no es pura formalidad: poco a poco, pero rápidamente, el invierno cierra las puertas y agita las contraventanas y no es raro que pasemos sin vernos unos a otros unos cuantos meses; así que la frontera del frío justifica, si no un examen de conciencia, no un exhaustivo recuento, sí un mínimo recordatorio que impulse al ánimo hasta el tramo siguiente, un adiós al verano más formal del que recibe en latitudes más cálidas, donde es el calendario laboral quien dicta su finiquito.

Y este ha sido un verano intenso, lleno de inquietud pública y secreta (y serena) agitación. Servidor no puede evitar, a sus años, sentir cierta nostalgia en cada despedida, en especial en la de aquellos cuyo destino depende ya exclusivamente de si mismos por más responsable que servidor se sienta de su formación previa, de su tolerancia a la frustración o de su capacidad de análisis; aunque, por descontado, no se deje llevar de ese celo más allá de lo saludable: vivir temiendo lo que de ninguna manera quisiésemos que ocurriera es definitivamente malsano. La vida sigue y otro comienza siempre donde uno se retira, y no es su asunto de uno. A servidor le basta con no sentirse retratado por Otto Dix cuando se mira al espejo.

Cuando mueren los caballos — respiran,
Cuando mueren las hierbas — se secan,
Cuando mueren los soles — se apagan,
Cuando mueren las personas — cantan canciones.

Es un poema de Velemir Jlébnikov que no es un poeta que servidor frecuente (tampoco es fácil que un español sin conocimientos de ruso pueda leerlo hasta el punto de admirarlo) pero esos cuatro renglones, encontrados en alguna parte que no viene al caso citar y que, como en un juego, avanzan hasta verse definitivamente cerrados con honor, como versos, por una conclusión que confiere sentido al albur y pertinencia al conjunto, siempre le han recordado a servidor que las cuatro estaciones tienen más de espacio que de tiempo.

Y si percibimos del verano la noble dulzura de un aliento tan cálido como sutil, de un ánimo que propicia la relajación y hasta la despreocupación por lo importante o el disfrute, imperativamente infantil, de lo banal, hemos de agradecérselo a la respiración larga y casi vacía de los caballos muertos, que para eso entrenan su dignidad.

Servidor, por no cansar al lector con peor conocidos ejemplos, en estos días, ha leído muy poco fuera de medio libro, alguna tonta revista y ocasionalmente la prensa, y ha visto una infinidad de películas de las que recuerda muy pocas. A saber:

  • Manolete, de Menno Meyjes: una larga y evidente metáfora fallida, por no hablar de un paralelismo de mal gusto, a la que los actores (Adrien Brody, Penélope Cruz) acuden engañados, entrando a un trapo pretenciosamente dramático, pero escaso y de poco vuelo.
  • Hereafter, de Clint Easwood: una reedición de Close Encounters of the Third Kind. Ni mejor, ni menos digna; aunque, eso sí, infinitamente más honesta.
  • Babies, de Thomas Balmes: un documental (por no decir un poema) que descubre, a través de la historia más veraz jamás contada, a los cuatro mejores actores de la historia del cine: Ponijao, Mari, Bayar y Hattie. Dejar de verla sería de mal nacidos.
  • Kynodontas, de Giorgos Lanthimos: se convertirá en una película de culto o pasará sin más como un producto surrealista en la estela del neorrealismo de Michael Haneke. No tan alto; en realidad nada de eso: se trata de una muy interesante y personal denuncia de la tara mental que se esconde bajo todas las formas, todas, de eso que los antropólogos, los nacionalistas, los creyentes llaman cultura y los políticos educación.
  • Shi, de Chang-dong Lee: una lección de buen hacer en la que una Jeong-hie Yun bellísima interpreta de forma magistral a una abuela que deberá moverse entre la ingenuidad, la maldad, el interés, la ignorancia y la ignominia. Lo mejor: toda la poesía (Shi) de la película está fuera de la poesía.
  • The Adjustment Bureau, de George Nolfi: vaya usted a tomarle el pelo a su padre.
  • The Social Network, de David Fincher: la historia de una ameba adolescente que se hace rica antes de tiempo carece de interés; la película, acrítica, olvida que la ocasión no es el éxito, ni la pertinencia el mensaje.
  • Estômago, de Marcos Jorge: una interesante vuelta de tuerca al viejo tema de los subterráneos de poder. No deja de ser una película con trampa, pero está muy bien dirigida y aún mejor interpretada, y hemos perdonado cosas peores. La verdad es que sobresale.
  • Forbidden Planet, de Fred M. Wilcox: para reconciliarse con el cine y soñar (pero con mucho cuidado) con Anne Francis. Anne Francis murió en enero de este año, y servidor se había prometido volver a ver esta película que tanto y tan bien supo hacer por un género que se lo agradece muy poco.
  • Midnight in Paris, de Woody Allen: una delicia que eleva el guiño intelectual a la categoría de payasada; divertida de verdad pero, o eso se teme servidor, una película que llega tarde y que, curiosamente, bien podría haberse intercambiado en el tiempo por The purple rose of Cairo.

Para terminar con este rito de paso servidor quiere recordar cierto improvisado concierto con Rubén a la guitarra y él a los bongos, en la mesa de piedra, sólo para Raquel; y también las conversaciones con Lucas, que fueron ocasión de aprendizaje y reflexión para un servidor, siempre necesitado.

Hoy, el idiota de Pangur, al que nada le gusta más que subirse al viejo Mercedes, se ha quedado encerrado dentro aprovechando que descargábamos la compra. Pensábamos que andaba por ahí, siendo como es de pasto ligero y descuidado magín.

— No tiene gracia, he pasado dentro más de seis horas.
— Y no me río. De hecho podías haber pasado dentro todo el fin de semana. No quiero ni pensarlo.
— Ni yo.
— Pues espabila. Y procura no sacarle tanto gusto a eso de esconderte.
— Me esfuerzo, pero es mi naturaleza.

También se esfuerza servidor por no quedarse encerrado accidentalmente pues, siendo más perro que gato, no distingue bien entre seguridad y acorralamiento; así que afronta lo que queda de año sin intención de esconderse más de su propia naturaleza obsesivamente trabajadora y con la de enfrentar o incluso inventar lo que venga a continuación de lo que termina.

No nos veremos mucho unos a otros, pero veremos rendirse a las hojas y, adormecido, desprevenirse al sol como un rey bienamado; veremos pasar bajo nuestros pies el espacio como si flotásemos sin responsabilidad alguna sobre lo que el tiempo nos hace, y en primavera escucharemos, confundiéndolas con la grata molienda de la incipiente hojarasca, las canciones de los muertos. No todos: hay que tener limpia la conciencia y tomada la posición. Entonces uno cualquiera sale al campo y ve verdear la luz como un vapor en torno a los álamos temblones y a los veloces alisos, y escucha la canción que suena desde allí abajo, sus cuatro versos que empiezan, por ejemplo…

Yo no sé si la tierra gira o no,
depende de si la palabra cabe en el renglón.
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