Vivimos en un país que lleva décadas sometido a las necesidades de una cofradía corrupta y cuyos habitantes son exprimidos sin disimulo, con su consentimiento incluso, por una maquinaria viciada y abusadora. Un país del que el corrompido se sentirá parte y arte porque, naturalmente, es también corruptor. No sólo sus acciones son corruptas, los son sus apreciaciones y opiniones, sus enseñanzas y sus leyes, sus amigos y (eso desea) sus enemigos. El corrompido corrompe lo grande y lo pequeño, lo que gobierna y lo que desgobierna, lo que toma y lo que da, lo que dice y lo que oye.

Hemos leído ya mucho, y aún así insuficiente, sobre el ataque que los aparatos mediático y de estado (cuando no son el mismo) vienen desplegando contra Podemos desde su fundación. Lo han intentado todo, desde la descalificación infantil hasta la denuncia en los tribunales; aunque el principio común ha sido siempre el de la exageración. ¿Usó Monedero una argucia consentida para minimizar impuestos?, ¿contrató Echenique los servicios de un autónomo que no pagó su seguridad social?, ¿olvidó Errejón cumplimentar un papeleo vagamente obligatorio?, ¿cobró la Fundación CEPS por su trabajo?, ¿gasta Santisteve la gomina que puede permitírsele?

La lista de insignificantes deslices imperdonables es larga. Nunca un partido político fue tan injustificada e insidiosamente atacado. Tampoco la gente corriente fue tan ferozmente maltratada desde la muerte del dictador. Al menos hemos aprendido una cosa: no existe la gente corriente en política.

Y otra: la gente corriente tiene oídos gruesos y lee los gruesos titulares de los periódicos para formar su juicio. De atenernos a la llamada opinión pública, entendida como opinión publicada, creeríamos que hay una crisis en Podemos justificada por el hecho indiscutible de que don Pablo Iglesias le cae mal al comentarista de turno. No lo creemos.

La política no cala en la gente corriente sino a través del grueso exabrupto de ciertos medios y de sus fetiches, según parece. De lo contrario sabría que es más que probable que haya tensiones entre las distintas tendencias teóricas o estratégicas de cualquier partido; que, de hecho, sería sumamente preocupante que no fuese así; y que es una exageración (una corrupción) afirmar que las bases (en lugar de sentirse más libres y mejor representadas) están por ello divididas. Las bases se dividen por otras causas, al menos las activas. Causas que tienen más que ver con su propia participación en los acontecimientos que con los acontecimientos en sí.

En un partido como Podemos (sin militantes) las bases no son extremidades ejecutoras, sino verdaderas terminaciones nerviosas y se dividen cuando una votación es retorcida hasta que el resultado le cuadre al manipulador; o cuando el clientelismo intoxica el buen sentido; o cuando se desatienden legítimas necesidades de intermediación favoreciendo el orden sobre la justicia; o cuando un cargo público se cree habilitado para saltarse los reglamentos o cortesías internos del consejo de su ciudad o del círculo de su barrio; o cuando se acumulan responsabilidades porque el afán de control recela de la administración logística.

Servidor sospecha que el cerebro de Podemos (absorto en la dinámica del asalto) no fue nunca demasiado sensible a sus terminaciones nerviosas, cuyos pruritos siguieron teniendo más que ver con la avidez, el protagonismo, la ignorancia o la incoherencia humanas que con errejonistas, urbanistas, teresistas o pablistas. Las bases votamos en su día unos documentos, unos representantes y un propósito; no se precisaba más para aplicarse (en cuerpo y almas) a la idea. Pero no se supo arropar su desarrollo, defender del politiqueo su implantación menuda.

No se trató tanto, seguramente, de que la intención de consolidar una gestión territorial fría chocase con la de movilizar un aparato electoral en llamas, sino más bien de que se relajó el arbitraje, primero, y de que se pretendió, después, dirigir el partido desde los sillones institucionales. Servidor cree, sinceramente, que fue más el producto de inexperiencias particulares que el fracaso de una estrategia general; aunque no atreverse a discutirlo todo en su momento aligeró los pies de los velocistas y desempolvó los guantes de los pugilistas, eso seguro. Definitivamente: nada que la poca edad de la criatura no ayude a justificar; pero algo que conviene pensar y reparar apelando a la participación democrática, no a lealtades debidas o a contingentes afinidades.

Servidor está hablando de las terminaciones nerviosas porque si el cerebro no escucha a sus terminaciones nerviosas es que libra sus batallas en el interior de un cuerpo sin construir. Por otro lado: pretender que las terminaciones nerviosas sigan a ciegas las instrucciones del cerebro (o toman partido por cualquiera de sus lóbulos o hemisferios) es (entre otras cosas menos amables) una idea más propia (y perdón por la exageración) de un instructor de marines que de un representante político.

En fin. Ahora que se nos ha obligado a no ser gente corriente sólo necesitamos un respiro para hacer esas cosas extraordinarias que tenemos pendientes. Por ejemplo, construir (reconstruir) las estructuras de una nueva política sin autoritarismos y sacar, de una vez, a Podemos del foco de Podemos para centrarlo en lo que debe centrarse: cambiar este país luchando contra la corrupción, el paro, la falsa deuda y la privatización (privación) de nuestro futuro.

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