Un joven de Illinois (América de Arriba), de nombre Dante Autullo, se encontró el pasado jueves con que un clavo le había atravesado el hueso parietal instalándosele en el cerebro sin que se diese cuenta. Estaba construyendo un cobertizo, que es una de las cosas que se puede y se debe hacer en Illinois en esta época del año, cuando oyó dispararse la pistola de clavos. Apenas sintió el golpe y, de hecho, pensó que este le había rozado sin causarle más daños que la pequeña herida que él mismo se curó con el botiquín preceptivo. No fue al hospital hasta el día siguiente, aquejado de un molesto mareo acompañado de náuseas.

Es difícil averiguar cuantas personas mueren al año en Illinois por construir cobertizos, pero servidor está seguro de que no son muchas y de que Dante es un hombre afortunado. Por ahí en alguna parte puede verse la radiografía que él mismo (lo que demuestra que un poco sí que le afectó) colgó en su Facebook desde la ambulancia que le trasladaba a la clínica donde iba a ser operado de urgencias. Era un clavo de más de ocho centímetros, por cierto; de titanio.

Servidor se imagina que Dante habrá muerto, o que lo hará en cualquier momento; porque una cosa es tener en el cerebro un clavo de más de ocho centímetros y otra muy distinta sobrevivir al destrozo que puede hacerte el cirujano para recuperarlo; pero si finalmente se salva debería cambiar de nombre y de apellido (Autillo le iría bien ahora) y hacerse la cirugía estética o, por lo menos, dejarse barba y comprarse una gafas oscuras porque nadie quiere tener un vecino al que un día se le mete un clavo en la cabeza, aunque sea sin querer y en el desarrollo de una actividad que en Illinois debe ser considerada un arte, y al día siguiente se lo sacan y se pone a hacerle una caseta a su perro Virgilio.

Dice servidor lo del arte de construir cobertizos porque aquí, en Magaz de Abajo, nunca hubiésemos usado una pistola de clavos ni más ni menos que de titanio para acometer una obra tradicionalmente tan tosca, más incluso que la humilde caseta de aperos de toda la vida, sino que hubiésemos reservado tan sofisticada herramienta para proezas tales como levantar un porche, soportal, atrio o peristilo, cuando menos. Por eso, por lo desproporcionado de su equipamiento, servidor le hubiese dejado a Dante el clavo dentro, por eso y para ver qué le pasaba. A lo mejor resulta que se puede oír la voz de dios si se tiene un clavo en el cerebro (aunque tres sería mejor, naturalmente) o captar la frecuencia de la CIA, u orientase sin miedo al extravío en las amenazadoras noches de Illinois mientras se observa el cielo estrellado en busca de ovnis.

¿Y cómo puede alguien sobrevivir a una cosa así?, se preguntarán ustedes sin advertir que esos mareos y náuseas que ocasionalmente han sentido se deben a que, a su alrededor y hasta en sus cercanías, abunda la gente que, como Dante, se ha metido cosas en la cabeza. Quizás no siempre por accidente, ni tampoco objetos tan contundentemente sólidos -sino doctrinas, afiliaciones, confianzas, reformas, autoengaños, venganzas, teorías económicas, culpas al empedrado e incluso destinos en lo universal prácticamente imposibles de extraer y del todo inútiles para sintonizar cualquier tipo de señales, por muy claras que sean- pero sí vigorosos como el titanio y expeditivos como una pistola a la hora de orientar y dirigir los pasos de sus portadores hacia donde sea que crean estar llevándonos.

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