Un país que no se ha rehecho a sí mismo, eso somos, y esa es aún la decepción a superar por algunos, convencidos de que aquella transición tras el franquismo era expresión de una verdadera sociedad autónoma. No lo era, pues a través de aquella representación, como de esta representación, no llegamos a vernos a nosotros mismos, sino otra vez a esa fantasmagoría de abstracciones superiores que enmascaran nuestra propia orfandad: la estabilidad, los mercados, la patria, la economía, la tradición… Las diversas formas, en suma, mediante las que desactivamos cualquier posible reparación de un sistema que se nos vuelve incorregible.

Pero el sistema no está hecho de lo que hacemos, sino de lo que hicimos, que no será algo distinto de lo que somos mientras sigamos hechos de lo que fuimos. ¿Están hechas la justicia social, la ética o la economía de materias diferentes? Si no sabemos de qué están hechas las cosas es muy difícil rehacerlas. ¿De qué está hecho un partido político?

¿De qué está hecho el PP? No de sus militantes y sus votantes, salvo que supongamos que más de un treinta por ciento de los electores define y defiende la política como el negocio de quien la ejerce. Quizá esté hecho de un síndrome de intolerancia, un síndrome de añoranza del orden como fatalidad, como lugar de privilegio al que los elegidos por Mariano Rajoy (o el que toque) serían enviados para simbolizar una ficción de dominio entre fuerzas inmanejables y amenazadoras. Quizá esté hecho de asustar viejas o quizás, simplemente, esté hecho de servidumbres y sólo pueda sobrevivir de genuflexión en genuflexión. No oír, no ver, no hablar. Quizás esté hecho de corrupción, de dinero. Desde luego no está hecho de ideología (lo que no significa que como propuesta intelectual carezca de una, sólo que no está hecho de ella).

El votante no necesita, no debería necesitar una ideología más allá de su personal apego a unos cuantos valores (no es el militante, y menos aún el representante) para elegir la papeleta de un partido o la de otro. Debería bastarle con su conocimiento de la gestión realizada o defendida, su experiencia, su información y su deseo de sostener o revertir un estado de cosas en un momento concreto. El votante, aunque desde los partidos se le reclame fidelidad, puede y debe actuar según las circunstancias. De ahí la obsesión por manipularle. De ahí, como dicen estos días los voceros del PSOE, la necesidad de hacer pedagogía. Llevamos décadas sufriendo mientras nos someten a todo tipo de crueles pedagogías.

¿De qué está hecho el PSOE? De aquel viejo aperturismo de la transición, en primer lugar, y de los consabidos males menores; también de un impulso socialdemócrata que acabó bailando con otra. El militante, según parece, es siempre el último en enterarse. Estuvo hecho de moderada esperanza cívica, de intelectuales no del todo mal acomodados, de cierto cristianismo progresista de clase media y de unos pocos documentados comprometidos de varia extracción que, poco a poco, según los logros se iban cubriendo de concesiones, los brillos de veladuras, se quedaron por el camino u ocultaron sus síntomas en nombre de la fidelidad a unas siglas. Obviamente, el PSOE no estaba hecho de lo que creía estar hecho (eso que ya habrá pensado Pedro Sánchez en su versión futura), sino de flexibilidad vigilada. Así es la vieja política, eso es la vieja política.

También podría ocurrirle a Podemos si se acomoda en el esquema, si se acomoda en el partido.

¿De qué está hecho Podemos? Definitivamente no de ideología (aparte, de nuevo, de los valores universales que compartimos los menos idiotas), idealmente tampoco de representación. Si creemos a su teórico realmente existente, Íñigo Errejón, Podemos está hecho de demandas. Y la gente que demanda cosas, no lo hace porque posea una determinada ideología, sino porque necesita esas cosas para sencillamente vivir: sanidad y educación públicas, vivienda e ingresos dignos, justicia gratuita, confianza en una gestión transparente, información veraz, acceso a recursos básicos, respeto al planeta… No son palabras sobre un programa, sino solicitudes urgentes de personas razonablemente indignadas que no deberían necesitar adherirse a ninguna literatura para ser escuchadas y atendidas. En principio, Podemos estaba hecho, aspiraba a estar hecho, por esa gente (no sólo para esa gente), lo que debería imposibilitar su adulteración.

Penetrar en la diferencia entre participación y representación es, sin embargo, hacerlo en una espesura tan imprevisible que servidor prefiere dejar el trabajo al ánimo de sus lectores. Pero entre un “por” y un “para” acechan los grandes monstruos de la infundada creencia en un poder hecho de algo y habitante de alguna inalcanzable región exterior, abstracta y abstrusa desde la que trabaja por el bien común. Lo cierto es que autorizamos de una forma o de otra a quienes viven de, por y para esa hipóstasis en cuyo nombre acaban de dejarnos, de nuevo, en manos de un gobierno penetrado de corrupción, rapacidad y desprecio al pueblo. Así que ya sabemos, por si había dudas, de qué están hechas la representación y su pedagogía.

Ahora, como siempre, sólo a cada uno compete rehacerlo todo.

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