“No hay nada que ocurra en la tierra o en vosotros mismos, sin que esté en un libro antes de que lo hayamos causado”. Pido perdón por la frase, tomada de un ideario que me es ajeno para alojarla en un contexto circunstancial y muy distinto del suyo. Pero es la que me ha venido a la cabeza al leer estos días tantos artículos mezclando el triunfo electoral de un bufón con lo que esté más a mano.

El populismo se ha convertido para los políticos y analistas españoles en algo así como las barbas para la policía franquista: signo inequívoco de que hay trabajo a la vista. Pero dudo de que Donald Trump se haya tomado la molestia de reflexionar un sólo instante sobre un concepto tan sobreexpuesto a la interpretación que ha pasado en muy poco tiempo de ser casi un sinónimo de delincuencia masiva a comodín de retóricos atrapados en su propia salsa dialéctica; de todo ha sido, me temo, menos lo que sea que es.

Para ir aclarando algunas cosas, admitamos que los norteamericanos han preferido a Hillary Clinton (lo que no significa mucho) y que ha sido su particular sistema electoral el que ha terminado dándole a otro la presidencia. Los que defienden que gobierne la lista más votada deberían hoy estar rasgándose las vestiduras en vez de airear ese discurso tan surrealista de que Trump mola pero es presidente por culpa de Pablo Iglesias. Dejemos eso, que no es una peculiaridad nacional en la que quiera abundar ahora; y también lo otro, que es resultado de la mentalidad de un país soberano al que no es la primera vez que le pasa lo que no quiere.

Hace nada que lo que ahora algunos llaman populismo se llamaba sencillamente demagogia. La demagogia era eso perdonable que (en consonancia con una absurda lógica que, no me pregunten por qué, hemos aceptado) convierte las mentiras de los políticos en campaña en un mal necesario. Como eso es propio de los políticos y le asignábamos, por tanto, si no un valor positivo o bueno, sí uno neutro, necesitábamos una palabra para referirnos a la peligrosa receptividad de algunos hacia las demandas populares.

¡Hop! Ahí estaba esperando un comodín, “populismo”, gracias al cual perdonamos el peor electoralismo como si fuese natural al juego.

Es arriesgado dejar pasar a una palabra marcada (correcta, pero marcada) a cualquier discurso y más aún suponer que significa lo que nos parece que significa. Populismo es uno de esos términos que conviene vigilar como sustantivo y aún más como adjetivo, sobre todo como adjetivo. En principio es la organización de síntomas de malestar en torno a un propósito posible, curativo y personificado en la figura o núcleo que sea, eso no importa. Lo que importa es que es usado despectivamente durante años hasta que alguien se pregunta si no prefigura en efecto una forma de acceso a la voluntad de la masas, si no es capaz de vencer la resistencia de los lugares comunes, si no es (después de todo) funcional. Así se vuelve una palabra peligrosa para el establishment y también una receta tentadora para sus estrategas.

No es que el populismo carezca de ideología, como una máquina de conciencia sobre la intimidad de su propósito, sino que, al limitarse a canalizar la indignación en dirección al poder, su ideología no es intrínseca: dependerá de que sea considerado por sus líderes un medio para alcanzar el poder como fin en sí mismo (lo que es bastante posible en cuanto tenga, en efecto, líderes), o como un medio para, finalmente, empoderar al pueblo. Autores ha habido que se molestaron en poner estas cosas en libros que, si se leyeran, ayudarían a muchos de nuestros políticos a no insultar la inteligencia de las personas que les acreditan.

Lo que quiero decir es que (según la interpretación de Rivera, por ejemplo) la decisión del PP de bajar impuestos antes de las elecciones o de postergar las reválidas estudiantiles serían decisiones oportunistas y, en el peor de los casos, falsas, pero no populistas; ese adjetivo, que devenido despectivo hace buenos a los anteriores, lo esgrime ante las obscenas afirmaciones de Trump sobre el cambio climático, o sobre las mujeres (no sé si por algo más que por su zafio tono) mientras apunta sus baterías contra la pretensión de Podemos de defender la justicia social como una responsabilidad de estado. La ideología atraviesa el populismo, naturalmente, pero lastra las declaraciones de Rivera con una intención grosera, más que obvia.

Trump se dirige a una sociedad ignorante, narcisista y paranoica que se considera a sí misma una élite discriminada. El PP y sus satélites se dirigen a nosotros, gentecilla culpable que, envenenada por la utopía, vivió por encima de sus posibilidades. Que alguien me acerque un cubo, por favor.

Ningún discurso es autónomo: su significado depende de sus receptores. Hay indignaciones e indignaciones. Los derechos humanos y la conciencia ecológica señalan una coherencia como el liberalismo señala otra. Cosas que están en los libros antes que en las redes, como la ideología en Trump (que no ha salido de la nada, por cierto, sino que viene de ser el niño mimado de un sistema sostenido por gente como él) estaba allí antes que su ¿chavismo?, son las que marcan la diferencia.

Alguien debería decírselo claramente, al PP, a Ciudadanos: Trump es uno de los vuestros, el populista (o aún peor, socialista) era Bernie Sanders.

Pero el populismo es, después de todo, la democracia bajando al barro (de la realidad, pero también de las palabras), nos guste o no nos guste, y allí la ideología deja de serlo si ignora que la realidad no es mostrenca. Deberían pensárselo dos veces los defensores de la ideología-bandera, porque si seguimos dejándonos meter en este falso debate sobre populismo de izquierdas o populismo de derechas lo único que habremos hecho es anteponer una palabra comodina a cada término de un viejo debate que necesitamos actualizar antes de que individuos como Donald Trump se envalentonen al frente de una ensoberbecida, falsa y sintomática élite discriminada, o, lo que es peor, que alguien (más pronto que tarde) siente la base pedestre de un futuro populismo de centro que ocultará para siempre la utilidad de la acción.

A la masa nunca le ha gustado la ambigüedad, pero este es el tiempo de su inteligencia, y ha de ganar la batalla de las palabras, que es esa que se libra en la crítica del relato, no en el relato.

Concluyo como empecé, ahora pidiendo disculpas (de barbudo a barbudo) al imán Muqbil Ibn Hadi Al-Wadi’i por citarle en relación a tan mundano asunto como el que nos ocupa: “La barba no tiene ninguna culpa. Si ves a alguien con barba que es mentiroso, si ves a alguien con barba que engaña, y si ves a alguien con barba que roba; sabe entonces que la culpa no reside en la barba, la culpa es de la persona que lleva la barba”.

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