La niña lee en el rostro de su madre las palabras de su madre hasta que los sonidos y las cosas se desprenden de esa gestualidad, se independizan. Luego aprenderá a hablar y tomará el libro grande entre sus manitas y, guiándose por las ilustraciones, repetirá las frases memorizadas mientras pasa las páginas jugando a leerle un cuento al ratón de peluche. Más tarde aprenderá a identificar las letras y a juntarlas en busca de las palabras viejas y para descubrir las nuevas. Y la lectura será ya siempre, para ella, una actividad íntimamente ligada a la relación afectiva. Malo si no es así.

Los cuentos se irán volviendo más complejos, maduros, y la muchacha compartirá lecturas con sus amigas y amigos a espaldas, o no, de lo que sus profesores le impongan. Así lee en los libros y también en el mundo. Leerá su propio crecimiento como sus viajes, leerá el mar como lo hacen los buenos barcos y leerá la tierra como lo hizo Virgilio y el cielo como hizo Bach. Se dejará leer, sin miedo, por la acariciadora voluntad del amor.

Tal vez termine la carrera de Medicina y un día lea la enfermedad y escriba la salud de pacientes que asociarán su rostro con alguna palabra solícita y protectora. Y quizá escriba una historia.

Hay muchas lecturas y hay muchos lectores.

Hay lectores estáticos, alejados del día bajo el asombro de las bibliotecas, ávidos de hallar una revelación precisa o de reunir la información suficiente para su propia pesquisa.

Hay lectores oportunistas, curiosos o no, que no abrirán un libro sin un motivo concreto y -aunque ello no importe aquí- egoísta. No se confunden, éstos, con los lectores ocasionales, cuyo esfuerzo es pequeño y justificado y rara vez de cierto productivo; pero se mezclan y se parecen y pueden incluso reconocerse iguales en la conversación ambulatoria o la charla de media mañana.

Hay lectores impostados que, guiados por el ejercicio de una crítica obligatoria o simplemente profesional, rara vez buscarán fuera de sus trabajos páginas más cuajadas o historias mejor vestidas, pero cuya experiencia, justa, los hace necesarios para una industria hace tiempo alejada, a la fuerza, de la misma intimidad que distribuye y defiende.

Hay lectores viajeros que son lectura del día y de los días, cuya biblioteca es la maleta o la mochila y cuyo gabinete es un vagón de metro o una butaca de avión o una piedra desnuda bajo la sombra de un verdor benéfico…

Hay lectores porfiados, interminables librófagos, casi obsesivos y definitivamente adictos a un placer intelectual de imposible definición. Su curación es su mal y por ello, también, a menudo ellos mismos escriben el mundo para desentrañar su constante sorpresa, quizá entenderlo. Y de éstos los mejores y generosos son como brújulas que nos guían a través de la intrincada madeja simbólica de lo literario, procurándonos ese placer delicado y precioso del gusto, expresión de la tribu pequeña como de la grande y hoy tan cacareado como esgrimido en falso; pero tan codiciado a la postre.

Y hay (entre otros muchos) lectores por amor, como el hombre que tumbado en la cama junto a su mujer querida lee en voz alta a Darío (y ella, de nuevo, se siente niña y feliz). Como esa anciana que, en el parque próximo, con el día a hombros y dueña de una realidad que ya casi ha aprendido se la cuenta a su nieta con voz dulce y palabras pequeñas, muy pequeñas y justas, muy pequeñas y sabias, mientras le da a comer un yogurt.

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