Tiene razón Rajoy: todos cometemos errores, salvo que los de un servidor no son, no suelen ser, ni voluntarios ni interesantes. Ocurre con los errores de Rajoy lo que con el ficticio documental de Évole sobre el 23F, que sí y que no. No se urdió aquel golpe de estado para que salvara la transición en torno a la aún sospechosa figura del Rey, pero sí que lo hizo. Así Rajoy: no aplica ciertas medidas porque beneficien a sus amigos, pero benefician a sus amigos. Y no miente cuando dice que la tendencia a la baja se ha detenido, de hecho es posible que se haya estrellado y esto no sean brotes verdes, sino manzanas maduras, manzanas que han madurado al calor de las próximas elecciones europeas. Es la política, ya lo sabemos, así que tiene motivos si no razones nuestro antaño adormilado líder cuando manda repicar las campanas de la recuperación, que le conviene como le convino la debacle; y también, demostrando un exquisito conocimiento del medio y nociones avanzadas de filosofía, la tiene echándole la culpa de lo pasado al pasado. Otra cosa distinta es que el pasado sea él disfrazado de feo futuro petit-franquista. El caso es que presume porque debe de cifras alentadoras y, aunque también China presume de cifras alentadoras y no parece que eso haga a sus ciudadanos más felices, sería de mal cristiano andar mostrando llagas y no congratularse por ello. Bien sabe servidor que si los políticos han decidido que su labor es velar, incluso por encima de la integridad de los votantes, por la preservación de los paraísos fiscales, las fortunas improductivas, la impunidad de los banqueros, la sobreexplotación de recursos y el derecho de las grandes empresas a no absorber los efectos de la crisis reduciendo beneficios sino reduciendo y abaratando el trabajo asalariado, es porque carecen de voluntad distinta, y no sirve de nada razonar con ellos. Por lo visto la nación, al borde de la ruina en la época precedente, va ahora viento en popa gracias al sacrificio necesario de seis millones de parados y un indeterminado pero altísimo número de subocupados. Así de fácil era y a eso se reduce todo: si no tenemos para comer, abandonemos a los niños en el bosque. Ese es un cuento al que hay que escribirle otro final.

¿No está muy claro adónde apunta el injustificado optimismo del presidente en el debate sobre el estado de la nación? Cuesta poco esfuerzo imaginarse a sus asesores cantándole desde hace algún tiempo:

Don Mariano, Don Mariano,
¿Duerme usted? ¿Duerme usted?
¡Tocan europeas! ¡Tocan europeas!
Din, dan, don. Din, dan, don.

El deterioro alcanza proporciones alarmantes, y no tanto porque económicamente hablando haya un bando beneficiándose claramente de los sacrificios del otro, sino porque la situación se pretende obligatoria y se anuncia irreversible desde una casta política clasificable (que no divisible) en corruptos, ingenuos, falsos ingenuos y pescadores en río revuelto. Así de inteligentes son quienes nos gobiernan: no se dejan tentar por la retórica de la revuelta pero sí inquietar por el bueno de Évole. ¿Acaso no hubo políticos a los que consiguió confundir? ¿Les parece a ustedes de recibo que alguien cuya obligación es estar bien informado, conocer la realidad y tener criterio, caiga tan fácilmente en una trampa de libro? Pues los hubo, y son los mismos que deben sentarse de cuando en cuando a escuchar las promesas de un lobby de la energía o farmacéutico, los mismos que deberán representarnos en Europa (y hoy sabemos bien qué significa eso: más fuerte, más lejos). En cuanto a los que se escandalizaron por el tratamiento que el ex-follonero le daba a un tema de tan “espinosa” importancia (como si hubiese habido muertos aquella noche o se hubiese perdido Cuba) servidor les recomienda que se escandalicen por otras cosas. No fueron días agradables aquellos de 1981, no, y servidor pasó miedo con razón, pero no entiende por qué ahora no puede reírse tanto con la ocurrencia (cuya única originalidad es haberse enfrentado a la provinciana gravedad nacional, dicho sea sin menoscabo de su calidad y pertinencia) como de la mala digestión de quienes siempre tienen algo que gruñir.

Y, hablando de digerir cosas, otro que tiene razón es Artur Mas: si escarbamos lo suficiente, antes o después todos “somos una antigua nación con su propia identidad”. Pero ahora ¿qué somos? Porque si los catalanes están lo suficientemente turbados como para plantearse su autonomía hasta la separación, los demás (categoría que irónicamente les incluye) estamos lo bastante cansados peleando contra la metanoia como para no encontrar ni la paciencia ni la lucidez que su urgencia requiere.

— ¿Y por qué no celebran un frerejacques?
— Referéndum.
— Eso.

La vida no es más que la capacidad de decidir. Lo no vivo, no decide. Por eso ahora, porque vaticinan el desmoronamiento de la libertad como objeto posible, están tan de moda las teorías científicas según las cuales la conciencia nos engaña y nos hace creer que actuamos motivados por algo más que una necesidad predeterminada, las que aseguran que la realidad no existe o que el tiempo (uno de los fenómenos más escandalosamente mostrencos y tangibles que servidor conoce) es una ilusión y bla, bla, bla… Hay cierta ciencia en exceso interpretativa cuya prisa por reunir sus observaciones en torno a afirmaciones asimilables por la gente de letras siempre le pareció a un servidor, si no mesiánica (o algo peor), sí un poco resentida con la manía humana de no dejarse reducir a fórmulas. No voluntad: no vida (está dicho) y por tanto tampoco evolución. Toda decisión debería de ser en última instancia voluntaria, conque quizás no todo lo que adopata la forma de una decisión lo es realmente. A veces es sólo inercia. Ni siquiera eso tan aparentemente voluntario que hacen las partículas subatómicas cuando se ven forzadas a ello es una decisión. Para que una decisión sea tal debe implicar la física, la química y la voluntad.

Deberíamos decidir (irrumpir de una forma distinta en la política) y parece, sin embargo, que nos conformemos con escuchar y discutir lo que los políticos dicen que harán o desharán mientras lo hecho se asienta peligrosísimamente en la fatalidad, parece que nos baste (servidor se refiere a la gente de letras, no a la de acción) con gritarle a la televisión, o apagarla, con asentir en las cafeterías y, eventualmente, difuminar el tema en conversaciones más comprometidas; no. Esto hay que pararlo mientras se pueda y ayuda poco esa actitud de muchos que sin desear parecer insensibles, tampoco quieren declararse tocados. No es elegante la desesperación y sin embargo es necesaria, incluso “preventivamente” necesaria si escuchamos a la Historia, porque la inercia del poder señala a Europa, sin duda alguna, pero la física y la química (sin una voluntad que las corrija) parecen condenadas a regresar a un pasado que será como el presente del siglo XIX pero sin futuro. ¡Con lo bonito que era el futuro del siglo XIX!

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