Ahora, buscando como dinamizar la feria de libro (que era una de esas cosas que por hache o por be no se habían dinamizado todavía) se han puesto a organizar unas sesiones en las que el escritor de turno (preferiblemente con publicación reciente) explica a los entregados parroquianos en qué libro le gustaría vivir y por qué. ¿Cómo es posible tal cosa? Sencillamente porque alguien (cualquier persona) es encargado de dinamizar algo (cualquier evento) y recurre a esos tipos (misteriosos) que tienen ideas. Y esos tipos (misteriosos) se ponen a pensar y redactan una lista de la que inmediatamente desaparecen todas las ideas que suenen a deberes, porque los que se encarga de dinamizar cosas tiene un sexto sentido para todo lo que suene a deberes ya que no han superado la infancia y están convencidos de que dinamizar es sinónimo de frivolizar.

Ese es el motivo de lo que pasa, pero luego enseguida viene resultando lo que pasa en algo aún más asombroso: los autores se prestan a contribuir a la dinamización, ya que creen profundamente que cualquier cosa en la que intervenga un libro (ya sea un adoctrinamiento masivo, un asesinato o una lectura de poemas) es buena para algo. Intervienen a pesar de que no pueden escoger un libro propio para vivir (lo que les recordaría en exceso a ciertas visiones del infierno típicas de escritor) y de que deben buscar alguno que siga en venta (se trata de eso). Vale: tenemos una actividad. Para asegurarnos de no ser criticados diremos (en caso de necesidad) que es una actividad desenfadada, si no lúdica.

La proposición es tan ingenua que a uno no le da tiempo a reaccionar, y además todos los escritores de este país están acostumbrados a acudir a actividades que nada tienen que ver con su oficio, así que no debemos culparlos. Pero si la pensamos un poco se vuelve insalubre. Desde luego vivir en un libro es una incoherencia digna de la superabundancia neuronal de los autores de la idea pero supongamos que por un momento aceptamos el juego. ¿En qué libro viviría cada uno?

— Yo en las Vidas de Vasari, dice Raquel.
— Yo en La cocina del pescado, de Delia Scarabino, dice Pangur. — ¿Y tú?
— Yo en la Etimologías de San Isidoro.
— Eso seguro que no pasa el filtro.
— Ni lo vuestro.

Es peligroso. Hubo quien deseó vivir en una novela de caballerías y acabó haciendo desaparecer el género para siempre, y hubo un tiempo en que todo el mundo quiso vivir en El lobo estepario o en Siddhartha y creía en la ciencia infusa. Pero puestos a vivir en un libro conviene no dejarse llevar por el recuerdo de su lectura y pensar las cosas con cierta frialdad. Aquella generación (la de Siddhartha) acabó viviendo en La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Por otra parte, que un libro nos haya divertido no significa que vivir en él resulte una bicoca. Servidor nunca viviría en Soy leyenda de Matheson ni en La muerte de Iván Ilich, de Tolstói (a su manera divertidos, no pongan esa cara) ni por supuesto en Alicia a través del espejo. También hay autores directamente excluidos del juego: nadie en su sano juicio querría vivir en una novela de Juan José Millás o de Alejandro Gándara, por mucho que admire su escritura.

En cuanto a intentar pasarse de listo colándose en la novela de un arquitecto o de un pintor… háganle caso a un servidor: no hay nada menos confortable para vivir. Es cierto que se puede elegir una novela río en la esperanza de disfrutar de una larga vida (La saga fuga de J.B., de Torrente Ballester es una tentación más que seria, y para los mejor educados siempre están los ejemplarizantes franceses: Proust, Roger Martin du Gard) pero hasta la más extensa es demasiado breve. La verdad es que no se puede vivir en una novela. Primero porque es de tontos y luego porque es una inversión malsana del proceso natural de la lectura. Es la novela la que debe vivir en uno, no al revés. No importa: lo que han estado haciendo estos autores es hablarnos de novelas que conocen bien, que han leído recientemente y que no les suponía un gran esfuerzo ilustrar. No es lo que se requiere, pero es dinámico, y con hacer algo dinámico nos vale aunque suponga alimentar una idea pueril de la literatura y desde luego condescendiente con los literatos.

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