Murió el 1 de julio, a los 93 años, el poeta francés Yves Bonnefoy, puede que una de nuestras primeras lecturas fuera del tiesto de la ortodoxia o, si puede decirse así, fuera de la realidad pequeña, tan vacía como poderosa, en esa época en la que los descubrimientos moldearon nuestro destino hasta enemistarlo, definitivamente, con lo que se esperaba de nosotros.

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,
Sucedía que sólo a ese precio existe salvación.

Romper la faz desnuda que aparece en el mármol,
Golpear toda forma, toda belleza.

Amar la perfección porque ése es el umbral,
Y negarla tan pronto se conoce, olvidarla a su muerte,

La imperfección es la cima.

En una de las últimas entrevistas que concedió leo una frase cuya sencilla transparencia estremece: “Por eso creo tanto en la poesía”, decía, “porque es el origen de la conciencia democrática. La poesía restituye la presencia de los otros y nos hace respetarlos. Si abandonamos la poesía, que es lo que ahora está sucediendo, corremos el riesgo de devaluar el espíritu democrático”. A Yves Bonnefoy podríamos dedicarle muchas líneas, por muchos motivos, a condición de no endiosarlo. No fue Rimbaud, y eso es lo mejor que tuvo. Su visión de la poesía como origen de la conciencia democrática es mejor que la mayor parte de la poesía actualmente disponible en los anaqueles de los libreros; me vale. Y me vale porque algunos la considerarán una exageración, o, siendo condescendientes, una presunción típica del poeta desubicado, ese cuya vanidad no se conforma con la producción de inofensiva belleza enunciativa.

No tiene nada contra la belleza, servidor, y está convencido de que, con independencia de la idea de poesía que queramos defender, no podremos zafarnos nunca de su compromiso con la búsqueda de una exposición de lo ideal en el escaso tiempo que su antagonista, la verdad, nos concede. Terry Eagleton (¿Cómo leer un poema?) define así la poesía: “Un poema es una declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional en la que es el autor, y no el impresor o el procesador de textos, quien decide dónde terminan los versos”. El propio Eagleton reconoce lo anodino de esta definición, tan diferente sin duda de la apuntada por Bonnefoy, ¿o no?, quizás no; en cualquier caso, nos invita a fijarnos más en lo que su definición omite que en lo que muestra.

El verso final de Bonnefoy coincidió con el centenario de la batalla de Somme, una maniobra de distracción que acabaría convirtiéndose en el enfrentamiento más cruento de la primera guerra mundial. Atravesó una época de duelos nunca del todo cerrados. Disculpen la digresión: la noche es especialmente pesada y mueve a una tristeza a la que un cuarto de vino que sobró de la cena mece casi amorosamente.

Eagleton, decíamos, no nos habla de rimas, ritmos, metros, imágenes, intensidades, símbolos, estructuras o raptos. Señala la dificultad, la demostración de dominio que supone saber dónde se debe cambiar de línea.

Lo que sea, está en ese arte.

La poesía es, entonces, una declaración moral (o sea, con un propósito en el bien y –esto es igualmente importante- pertinente), presuntamente fictiva y que se divide en versos.

Hay que decir algo sobre los versos: se establece entre ellos un juego aparentemente natural, pero sembrado de dificultades: hay un sentido de verso que se superpone al sentido de frase, y hay (no pocas veces) una sorpresa entre ambos (¿una verdad distinta?; hay un ritmo de verso cantando en el interior de la frase, hay una estrategia al servicio de la melodía incluso en ausencia de melodía. Hay un masaje produciendo un mensaje.

El mensaje (se) aparece en la mente del lector, paradójicamente sin forma (en forma de certeza emocional), pero no: el poema no es un significante vacío, es un significante provocador.

Una palabra que nos gusta muy poco a los poetas: “temática”.

Como los buenos ajedrecistas que han aprendido a no confundir la jugada más hermosa con la mejor, el poeta consigue manifestar lo que no dice, comunicarnos un proceso de ánimo que no viaja, como podría parecer en una lectura distraída, de lo personal a lo colectivo, sino que muestra un instante de lo compartido.

Una palabra que nos gusta más: “proceso”.

Sin embargo, al hablar de poesía comprometida, o social (expresiones cuya imprecisión reconocemos y que conscientemente hemos evitado) se diría que intentamos zafarnos de todo esto en virtud de una urgente necesidad de movilización.

Pensar que en el poema sólo pueden encontrar cabida problemas predefinidos es un error y es un error de bulto si deseamos dar por buena la definición de Eagleton, y pensar que una declaración moral puede ser ajena a su solución estética es correr el riesgo de reducir la obra de arte a consigna.

Para saber dónde termina un verso es necesario no confundir la verdad con la historia.

La sandalia le robó los ojos,
La belleza cautivó su alma,
El alfanje segó su cabeza.

El libro de Judit no figura en la biblia hebrea y, en consecuencia, tampoco en la protestante por un motivo de incongruencia histórica, y seguramente también lingüístico, pero estos tres versos narran una insurrección popular contra el tirano capitaneada por una mujer. Tampoco a la novela les nada ajeno; pero necesita una buena cantidad de páginas para hacer lo mismo.

Si sobrevivir a la época que nos toque es una de nuestras obligaciones como seres humanos, como poetas, esa presión, que no deja de ser la confrontación de la mirada atenta con el anhelo de ficción verdadera, no es menor; y esa presión, que es una presión moral y que como muy bien vio Yves Bonnefoy no se resuelve sin generosidad democrática, no sólo puede, sino que debe influirnos porque es parte de nuestro oficio, siempre dudando entre la imperfección y la cima. Pero debemos saber (la dignidad lo exige) dónde termina el verso. El poeta es libre en esa limitación, como la autonomía en la coherencia.

El arte incluye cualquier cultura (política) que merezca la pena en una estructura trascendente, eso es lo que hace. Si no funciona, la culpa es de la cultura (política), no del arte. Saber dónde terminar cada verso es, mientras el tiempo siga siendo discreto como constante, la única forma de caminar juntos. La imperfección es la cima.

— ¿Dónde termina el verso?
— Como diría Georges Didi-Huberman, en la supervivencia de las luciérnagas.

Escribí este texto para una charla conjunta con Jorge Riechmann, la he retocado un poco antes de publicarla aquí y, enseguida, algunos lectores habituales han querido saber qué vino estaba bebiendo: La Poulosa (Lomas de Valtuille, Bierzo) 2013.
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