El gato Pangur y un servidor de ustedes no encuentran nada meritorio que hacer en la noble villa de Madrid, se aburren, y echan de menos las educadas actividades del campo como debieron Adán y Eva extrañar sus aventureros días en Edén.

Hoy a Raquel no le tocaba fiesta (no puede tanto san Isidro, según parece) y Pangur y un servidor se han dado a la lectura mañanera tras escuchar un poco la radio y consultar con desinterés justificado la programación televisiva. Pangur no lee a Ruiz Zafón, como es su costumbre, sino una biografía de San Isidro Labrador que a saber de dónde ha sacado y un servidor la gran obra titulada Apología de la lengua Bascongada y subtitulada Ensayo crítico filosófico de su perfección y antigüedad sobre todas las que se conocen, escrita “en respuesta a los reparos propuestos en el Diccionario Geográfico Histórico de España, tomo segundo, palabra Nabarra”, por el presbítero don Pablo Pedro de Astarloa y Aguirre, y publicada en Madrid en encuadernación de pasta española por don Gerónimo Ortega en el año de 1803 y a cuya ortografía remito por hoy la mía. Un año llevaba el autor (nacido en Durango, Vizcaya, el 29 de junio de 1752) viviendo en Madrid en esa época, y allí se quedó hasta su muerte en 1806.

Astarloa, hombre sabio en lo suyo, que es la lengua, argumenta sin fisuras la superioridad manifiesta de la Bascongada sobre la Griega, Latina, Hebrea, China o Árabe, y casi me convence de que la voz Eguren daría pié a la expresión castellana “es buena” como tantas y tantas voces bascongadas se encierran en tantas y tantas otras que creíamos puramente españolas o, cuando menos, de misteriosísimo origen y paternidad prehistórica.

Fascinado, prosigo la lectura entregado a la implacable casuística del durangueño (que ya me ha convencido de que el euskera era la lengua de Adán y Eva) y a punto estoy de enterarme por qué la voz Dorium, que da nombre al río Duero, es bascongada cuando Pangur me interrumpe recitando en voz alta.

San Isidro Labrador
muerto le llevan en un serón
el serón era de paja
muerto le llevan en una caja.
La caja era de pino
muerto lo llevan en un pepino.

– Un poco marciano.
– ¿Verdad? A lo mejor era marciano el Isidro este.

Pangur es proclive a ver marcianos por todas partes, y se queda un rato como embobado mirando al techo y repitiendo entre dientes “marciano”.

– Sí, de Madrid, que viene del Marti bascongado: Marte. Lo que explica muchas cosas.
– Pues sí.

Estamos pensando que, después de todo, quizás la lectura nos esté aflojando la sesera y que haríamos bien en salir a comer una rosquillas y celebrar al Santo, que fue persona sufrida y maltratada de calumniadores y envidiosos, además de buen currante, palabra esta última que viene de la lengua Bascongada y que se compone, eliminada la “C” añadida por algún desaprensivo, de Ur (agua) y ante (ango, que viene a ser más allá), cuadrándole a la perfección al bienventurado pelantrín, a la sazón pocero antes que padre. Lo que unido al hecho demostrado por Óscar Terol y su cuadrilla de que todos nacemos vascos deja zanjado el tema. A por rosquillas.

– ¿Pero tú tienes cuartos para rosquillas, Suñén?
Balin badut iguzkia ezkoargiaz ez dut antsia. Gato de poca fe.
– Entonces serán rosquillas tontas.
– Muy gracioso el gatito, muy gracioso…

* Aprecia al hombre por lo que es, no por lo que tiene.

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