Ha venido el vecino, el bueno. Lo hemos citado nosotros. Estamos en la cocina tomando uno vasos de vino, algo de jamón y unas almendras. Una olla con judías se está haciendo a fuego lento. Fuera comienza a caer una lluvia gruesa y perezosa. La luz es vieja. El vino es amplio y sabroso.

– Albariño, aprueba el vecino. Muy rico.

Le cuento el caso: nos casamos en agosto, a primeros, y nos vendría muy bien que dejase a los invitados aparcar los coches en el camino a su casa (al otro lado), porque con el otro vecino no hay quien se lleve. Nosotros tenemos sitio al final de la huerta, abajo, y también detrás de la casa, junto a la carretera, pero todo es poco. Ha dejado de llover.

– Claro, claro. Sin problemas. ¿Qué es eso que suena?
Berlioz, Harold en Italia.
– Me pareció… Y ese ya se cansará, añade refiriéndose al otro, al vecino malo.

Cuando nos despedimos, nos felicita efusivamente, y le hacemos prometer que, llegado el momento, se pasará a tomar algo. No entramos enseguida en casa. Paseamos un rato por el jardín. La hierba está húmeda y fresca. Ha, aunque ya casi al cabo de su camino, un sol de cine. Del otro lado de la valla adivino la silueta del vecino malo: hace como que algo hace, pero en realidad cotillea.

Servidor toma a Raquel por la cintura y comenzamos a bailar, sin música. Somos Gene Kelli y Cyd Charisse en Brigadoon (de Vicente Minnelli), recogiendo brezo. Casi se empezaba a oír la banda sonora (de Frederick Loewe) cuando Raquel da un respingo y sale corriendo.

– ¡Las judías!

Se he quedado de pie mirando al frente y se he topado servidor con los ojos de ratón del vecino, atónito. Durante un segundo parecemos los personajes de una película del oeste. Le saludo con la mano y él me devuelve un gesto vago. Luego se da la vuelta y desaparece, como si se hubiese sorprendido a sí mismo robando uvas. Sé que no quiero conocerlo.

Huele estupendamente y hay hambre. Mientras pone la mesa, a servidor se le siguen yendo los pies.

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