Desde el sábado ando perplejo entre crisis económicas, murgas y fallas, disfraces y cantos del bollo, más disfraces, chirigotas, bailes de águedas, elecciones generales, carnavales, humaredas, responsos, bolsas asiáticas, sanserenines, charadas, depresión, obisparras, payasos… No sé cuando, sin ir más lejos, estaba tomando copas con seis egipcios, Ernesto el desilusionista y tres alegres tigresas y en uno de los bares me encontré a Spiderman haciendo barra, solo como un perrín.

– ¡Spiderman!
– ¡Suñén! ¡Cuánto tiempo!
– Fíjate, desde la mili, mi brigada… ¿Pero qué te cuentas? ¿Y qué tal Mary Jane?
– Ya no estamos juntos, susurró mirando a ambos lados, como quien teme ser oído, y añadió:
– Disimula.

Parece que su editorial le ha obligado a separarse de Mary porque lo de que tuviese novia le hacía perder popularidad entre los jóvenes, así que se ven a escondidas en un hotel de esos a los que se accede por el garaje y que queda muy cerquita de Magaz de Abajo. Ya ven ustedes, lo contrario que Sarkozy. Es dura la vida de héroe.

– Y que lo digas.
– Preséntanos a tu amigo, Suñén, dijeron las tres tigresas dando grititos.
– Y a nosotras, repitieron los seis egipcios dando grititos.
– A mí no, dijo Ernesto intentando ser gracioso y haciendo malabarismos con los cubitos de hielo.
– Aquí tres alegres tigresas y seis egipcios, aquí Spiderman.
– Ya sabía yo que me sonaba de algo, sentenció uno de los egipcios, el más alto. – A servidora no se le despinta un súper.
– Yo fui hombre cobalto, dijo Ernesto (que en realidad fue centrocampista de la Ponferradina, pero esa es otra historia) mirando alternativamente al suelo y al techo, como si hubiese perdido un cubito.
– Y yo multicolor, respondió el egipcio gordito de la peluca rosa sin dejar de mirar a Spiderman.
– Querrás decir multicolor “me-nos-co-bal-to”, provocó Ernesto sin demasiado interés pero con mucho sarcasmo.
– Tengamos la fiesta en paz, Ernesto, ordenó la tigresa más guapa (que no les sé decir cual de las tres era).
– Vale.
– Te leo siempre que puedo, miento.

Spiderman no quiso acompañarnos al siguiente bar.

– Tengo prisa.
– ¿Te veré por Madrid?
– No sé, la polución me mata. Quizás en Nueva York, si gana Hilaria.
– Ganará Obama, que está mejor casado.

A punto estaba de preguntar en voz alta porqué no votamos todos en las elecciones de Estados Unidos, si nos afectan tanto los resultados, pero el desilusionista sentenció acertadamente que mi comentario sobre el matrimonio no había sido precisamente oportuno y que tampoco quería acompañarnos al siguiente bar. Así que lo dejamos allí jugando al futbolín él solo mientras Spiderman desaparecía en la noche, arriba y un poco a la derecha.

Esta tarde, en casa, Raquel, ya sin su disfraz de alegre tigresa, me dice que no le ha gustado nada Spiderman, que debería haber plantado cara a sus editores.

– Además no necesita el dinero, añade. – Y está mayor para citas de motel.

Eso es cierto. Spiderman, como tantos americanos de arriba, es innecesariamente rico; por eso a mí también me ha dado qué pensar. Quizás sea cierto que la crisis es culpa suya. Quiero decir que es posible que los ricos estén tocando techo y, sin embargo, se resistan ciegamente a que el beneficio remita o el dinero cambie de planes, no sé. Tendré que meditarlo más cuando al mundo se le pase esta manía de disfrazarse y hacer el burro que parece haberle entrado de pronto.

Pangur me mira y bosteza tras su máscara de gato. Luego cierra los ojos. Me imagino lo que pasa por su escaso cerebro cuando hace eso (que no es dormir): egipcios, tigresas y cubitos de hielo.

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