Desde lo alto de una duna marciana, el Curiossity parece contemplar satisfecho un paisaje lleno de piedras y disfrutar de su hazaña; pero es una ilusión, ya que se trata, sencillamente, de una máquina que ignora por cuenta ajena la dirección de sus próximos pasos. Así que nos hemos tomado la molestia (carísima) de ir a Marte y ahora no sabemos bien hacia dónde tirar. Dudamos, la máquina se aburre y le da patadas a las piedras, y de repente levantamos la vista y allí está Isla Pinnacle, la roca que nos ha entretenido durante unos días y que ha provocado que un ciudadano denuncie a la NASA por ocultar información, ya que, según él, es una lechuga. Toda la tecnología del mundo dice que el objeto de la fotografía -publicada sin mayor disimulo- es una piedra accidentalmente golpeada por la rueda del Curiossity en un planeta lleno de piedras y él no se lo cree. El ciudadano podía haber expresado sus reservas hacia la necesidad de informar de semejante tontería, pero no: cree que una especie de lechuga nos está siendo ocultada por los científicos ya que a nosotros hay que mantenernos, debido a nuestra gran peligrosidad, en la ignorancia boba. ¿Pero a este ciudadano qué le pasa?

— Eso, ¿qué le pasa?

Ese ciudadano necesita urgentemente un mito, y si la globalización no es capaz de procurárselo, se volverá a su pueblo, jurará que tal santo se apareció en tal árbol, que de noche vaga Camuñas por las viñas y que es necesario usar un casco de papel de aluminio para defenderse de toda clase de ondas acogolladas y cancerígenas, luego reclamará la independencia.

A servidor no le inquietan especialmente los nacionalismos (al contrario, cree que son parte de la sal de la vida). Le molestan la cultura recelosa, la religión racial, la lengua aislante, el escapismo político y la propiedad del futuro. Servidor, como cualquiera que tenga ojos para ver y oídos para escuchar se percata enseguida de que un andaluz y un gallego son iguales y no. A ambas cosas tienen derecho, tanto, que nisiquiera debería ser necesario que se viesen en la tesitura de ponerse sobre ello de acuerdo por mayoría. Cataluña no es España, ni Andalucía. Lo saben el diccionario, la Filosofía y la Historia (si es que tal cosa existe) y no vamos ahora a ponerle peros al diccionario, a la Filosofía o a la Historia (si es que tal cosa existe). Lo que no es de recibo, es defender la diferencia en detrimento de la solidaridad, o viceversa. Dicho de una vez: servidor está contra las fronteras.

— ¿Es posible un nacionalismo sin fronteras?
— Suena raro…

Resulta paradógico que ningún andaluz, castellano, manchego, canario, murciano, leonés, catalán, vasco, extremeño, valenciano, balear, aragonés, navarro, asturiano, cántabro o madrileño (si es que existe tal cosa) desee quedarse sin justicia gratuita y universal, sin sanidad y educación públicas y sin derechos sociales mientras el gobierno de España asegura representarnos a todos. Ese es un enigma, sin embargo, que el nacionalismo institucional no desea aclarar: ¿por qué semejantes cosas se subordinan al deseo imperioso de abandonar el barco?, ¿abandonar el barco nos salva del naufragio?

Una sociedad es autónoma cuando se basta a sí misma. Pero en el mundo en que vivimos es imposible imaginar una, de modo que en realidad “autonomía” significa otra cosa y la única forma de devolverle su sentido es declarándose independiente o, al menos, capaz. Una nación independiente tampoco es autónoma, pero puede imprimir papel y (sobre todo) forjar un mito en torno al cual reorganizar su autoestima.

— Que te crees tú eso.

A estas alturas a nadie la asombrará ya la impertinencia del gato de servidor, pero hay que rendirse a la evidencia: una vez más Pangur tiene razón (lo que no significa, todo sea dicho, que a renglón seguido no le desdigan sus actos).

La autonomía es un parche y la negociación también; dicho lo cual: a ambas cosas se tiene derecho. Y servidor no desea arruinarle a nadie la fiesta aireando su fatalismo. Servidor nunca sería político, y menos ahora que han subido el precio de los gin-tonics en el bar del Congreso, pero si se hubiese gastado un dineral en enviar un carrito de supermecado a Marte querría saber con antelación lo que va a buscar, y dónde, y procuraría no decirle a nadie que lo hizo sin lista de la compra, sin planes ulteriores bien específicos. Servidor no querría verse en semejante brete y, bajo ninguna circunstancia, ninguna, desearía convertirse en el presidente que perdió territorio. Ningún gobernante quiere pasar a la historia por haber encontrado vida en Marte y no haberlo dicho, ni por haber perdido territorio.

Sin embargo, Artur Mas está empeñado en perder territorio… Servidor sabe de los catalanes que son gente lo bastante orgullosa (y lista) como para entender que mientras su presencia en la finca no sea voluntaria su autonomía será siempre la de una provincia (donde viven los vencidos). A riesgo de parecer sentimental, servidor no olvida que sin ellos no hubiésemos salido de un montón de situaciones horribles, ni hubiésemos adquirido la cultura que tenemos. Sin ellos, el español moderno se explica mal; y eso complica las cosas, introduce en la ecuación una costumbre de convivencia y un poso de identidad del que no es fácil prescindir de la noche a la mañana. En sus visiones más felices, servidor se imagina a Cataluña arrastrándonos hacia la república federal.

— Pero si no se van a ir…

Quizás si su interlocutor fuese un gobierno de izquierdas, más afín al sentido de la justicia que los caracteriza, quizás si se hubiese depuesto en su momento (una vez desmontado nuestro sueño narcisista) ciertas actitudes de arrogancia petit-franquista se hubiese sorteado el envite. Y quizás si más tarde se hubiese dado luz verde a la consulta se hubiese evitado la radicalización; pero no tenemos un gobierno de izquierdas y, a estas alturas, la evidencia es que un pueblo desea consultarse a sí mismo una cosa muy simple mientras la izquierda se ocupa de lo que sea que hace la izquierda cuando no gobierna, que por lo visto es siempre lo mismo: fustigarse y dividirse. Y eso es muy grave. Si a servidor le dejasen votar defendería que Cataluña tiene la última palabra sobre el mundo del que desea formar parte. También viviría su marcha (servidor quiere a Ausiàs March en los libros de Literatura y a Jaume Sisa en los de Conocimiento del medio, a Salvador Puig Antich en los de Formación para la ciudadanía y a los toros de lidia a refugio de su absurdo destino) como una especie de traición; pero la decisión no es de un servidor (incurable romántico); ni debe serlo: para eso están las consultas, si bien, ciertamente, el contenido de las preguntas que Mas se propone hacerle a los catalanes tiene su miga, pues la primera parece estar ahí para garantizar que el proceso de negociación (o, si se prefiere, el proceso) no acabe demasiado pronto…

Vale. Servidor también se quiere ir, a cultivar lechugas en vez de darle patadas a las piedras, pero se queda, no debido a sus particularidades raciales, históricas o personales, sino porque se ve embarcado a su pesar en una nave llena de compañeros sin otro rumbo que la codicia de sus capitanes y, en consecuencia, está tan comprometido como varado; desde ese lugar tan parecido a la loma sobre la que el Curiossity contempla, mano sobre mano, los desiertos de Marte, lamenta servidor que nadie piense en Europa como confederación de regiones, e incluso de ciudadanos, y que la cuestión catalana se haya centrado en un mito cuya necesidad reconoce y respeta, pero cuyo horizonte estrecha un poco su ingenua confianza en el futuro (si es que tal cosa existe).

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