Creo que es en el primer libro de Juan Benet (¿y, por cierto, mi ejemplar de Nunca llegarás a nada?, ¿en qué momento desapareció de mi biblioteca?) donde se cuenta la historia de un alto mando militar que, al morir de un ataque mientras hacía sus necesidades, en casa, ya jubilado (si procede hablar de jubilación militar, y no es otra la palabra correcta), logró que, tanto en su esquela como en su lápida, la familia pudiese añadir bajo su nombre la tradicional leyenda: “Muerto en acto de servicio”.

Los que crecimos en los últimos años del franquismo aún recordamos unos cuantos chistes de Franco. Los chistes de Franco eran todo un género; como lo serían años después de la muerte del dictador los de Lepe, pero más peligrosos si no estabas en el ajo (unos los podían contar con más gracia que otros, por decirlo así). El peligro, sin embargo, nunca ha detenido al humor en este país; y no lo ha hecho porque el humor ha sido durante grandes períodos de nuestra desafortunada historia la única forma que teníamos de mantener la dignidad básica (esa que está un milímetro por encima del miedo). En el humor descansaba la libertad del pensamiento popular porque no se puede condenar a nadie por ser gracioso. El humor, entonces, es el último reducto de la rebeldía del sometido. Una rebeldía que no supone una amenaza, que en absoluto es una amenaza, sino sólo eso, una constatación de independencia: la justa para seguir siendo súbditos y no enemigos.

Los chistes de Franco se contaban en voz baja, pero en el bar. Los bares eran, entonces, lugares públicos estrictamente privados. No hay contradicción en ello, como no la hay en el hecho de que un taxi sea un servicio público de lujo, con la diferencia de que hablar en un taxi era, en aquellos días, más peligroso que hacerlo en el bar; algo en lo que quizás (quizás) tuviese algo que ver la desigualdad de raseros a la hora de otorgar la pertinente licencia para ejercer una u otra ocupación). Como sea. El caso es que el bar de entonces no era muy diferente del Twitter de hoy: un lugar en el que gente con una copita de más bromeaba, discutía o confraternizaba con un puñado de ocasionales y circunstanciales amigos del alma. El humor tiene esas cosas.

El chiste de Benet, con su persona principal, su muerte y su caca, resume una verdad en una ocurrencia. Ningún juez en sus cabales se atrevería a someter tal habilidad al trabajo de su incumbencia.

Se atribuye a Quevedo la osadía de querer, ofreciendo una flor en cada mano, llamar coja a la reina sin permitirle ofenderse: “entre el clavel y la rosa, su majestad escoja”. Y a la reina la virtud de no dejarse ofender por un chascarrillo (o chascarrero, que también puede decirse): “si soy coja no hay remedio, así que escojo el del medio”.

Ustedes saben ya que todo esto viene a cuento de la condena a Cassandra. Pero no sé si se dan cuenta de lo que dicha condena significa. Uno nunca ha celebrado una muerte, ni lo hará jamás, sea la de quien sea; y no tolera en su casa que se haga tal cosa. Pero un chiste no es una celebración. Un chiste es un conjuro. Un chiste aleja la parálisis, relaja la tensión, hace sonreír a la vida que se negaba a seguir luchando. La inteligencia no es el humor como la poesía no es el ingenio, pero no existe ninguno sin los otros, y no hay vida sin humor. Quienes quieren quitarte el humor no desean gobernados, sino vencidos. Quienes quieren quitarte el humor al pueblo tiran piedras sobre el tejado de la paz social. Por eso cuando decimos que todos somos Casandra no estamos repitiendo simplemente una mensaje de adhesión. Literalmente lo somos, literalmente: estamos a punto de ser gobernados por verdaderos cabrones.

Estuve viendo hace nada una película deliciosa que les recomiendo: Az prijde kocour, del maestro Vojtech Jasný, de 1963, que aquí se tradujo como “El gato de Cassandra”. Aparece en ella (es el motor de la historia) un gato al que el poder (de un pequeño pueblo) se empeña enseguida en perseguir y apresar ya que cuando se quita las gafas (el gato usa unas aparatosas gafas de sol) la gente ve a los demás (y a sí misma) como son, tal y como son, según un simple código de colores: rojo es amor, amarillo es infidelidad, morado es traición, azul es… No se la pierdan. Si, además, son ustedes, como es mi caso, cinéfilos empedernidos, vean luego esa de John Carpenter que se llama They Live, de 1988, y que también utiliza la metáfora de las gafas como sucedáneo de la ideología. Slavoj Zizek, el filósofo indomable, la citaba en The Pervert’s Guide to Ideology (un documental de 2012) para advertirnos de lo peligroso de usar gafas que no sean de lejísimos.

Tras la muerte de Luis Carrero Blanco se nombraron tres vicepresidentes. En el bar comentaron que era para que pudiesen volar en escuadrilla, pero no se arrestó a nadie porque, en palabras del mismísimo Cebrián (1995), Carrero, que había inspirado la solución monárquica, no ocultaba su disposición a hacer del futuro rey un auténtico pelele al servicio de la permanencia de un régimen familiar extractivo. Carrero fue el gran enemigo no sólo de la vida y la democracia, sino también de ese sucedáneo de libertad que nos vendió la transición. Y, aún así, no celebramos su muerte; pero no haremos de su memoria un bunker contra la salud mental: la cortedad de miras se contagia.

Si nuestros gobernantes nos ofrecen, hoy, la condena de una ciudadana irrelevante es para advertirnos de que la irrelevancia no exime (¿la relevancia sí?), para demostrar su obscenidad (poder) mientras dejan morir a los refugiados en las fronteras o “distraen” al menos el tres por ciento de todo en sus vicios privados; y, si tragamos (y tragamos), lo siguiente, simplemente, no lo veremos venir. Si nos acostumbramos a esto, pronto estaremos preguntándonos cómo es posible que no nos diésemos cuenta de lo que se nos venía encima. Y no valdrá echarle la culpa de nuestra falta de vista al gato.

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