Alguien ha olvidado decirle a los jóvenes cristianos, entusiastas, arrobados, pulcros y si se tercia gimnastas (que sin pedir permiso han estado tomándole prestada la sombra a los madrileños estos días atrás) que deberían pensar un poco antes de dar por hecho que su posición en el mundo es la de voceros acríticos de un mensaje cuya aplicación por la Iglesia que lo encarna deja aún mucho que desear. Uno asume que no hay forma de hacerle ver al propio mensaje la necesidad de actualizarse, de repensarse en el contexto de una sociedad mundial en manos de la ambición: su naturaleza dogmática lo vuelve reacio a los cambios. Pero le hubiese gustado a servidor, ver, por ejemplo, cierto grado de autonomía por parte de las bases católicolampiñas que nos hiciese confiar en que piensan en el problema. Una manifestación de protesta a las puertas de Zara hubiese estado bien, una reunión con los Indignados hubiese sido, quizás, excesiva; pero por ahí van los tiros.

Sin embargo esa juventud llegó, se alegró de promocionar al señor XVI y se marchó sin que el mundo haya siquiera percibido un temblorcito. Mucho ruido y pocas nueces, le parece a un servidor. Dicho sea al margen de que entre todas las fábricas de tarados que se dispersan por la tierra peleándose por el cielo y matándose por arrastrarnos a él, la del Vaticano sea de la familia.

Tampoco, a estas alturas, se va a extrañar uno de que la gente crea cosas. Miren ustedes fijamente a un gato más de la cuenta y creerán en la reencarnación; vean el telediario sin perder un día y se creerán el centro del mundo. No debe de ser sólo un servidor quien alentaría un convencimiento religioso en la gestión de lo escaso, una re-sacralización de los recursos imprescindibles que los protegiese de ciertos juegos. Pero no religiones, no organizaciones religiosas, no iglesias, no sacerdocios: servidor habla la trascendencia de la buena administración, puestos a creer en algo.

Sea como fuere la verdad es que no pocos madrileños optaron por ir a buscar la sombra a otra parte durante esos días, así que por aquí pasaron en primer lugar Miguel Ángel y Esther, cariñosos, cercanos y (lo que es cada vez más difícil de disfrutar) cultos.

Miguel Ángel traía bajo el brazo El presagio desnudo, un libro de poemas recién acabado (es decir, listo para una última e interminable corrección) que debería ver pronto la luz. Nos lo leyó en el jardín, una tarde apacible, y nos gustó su tono largo y firme, su vocabulario musical y la sensación de certeza que, rara vez, una lectura consigue. Nos lo leyó con intención de novelista (como no podía ser menos), y eso también nos gustó.

Están pintando al óleo, y es una ocupación que siempre le pone los dientes largos a un servidor, y más ahora, viendo que sus resultados (de ellos) son gratificantes más allá del puro entretenimiento. Es una ocupación a la que servidor desea volver tras una ausencia de más de tres décadas.

— Eso no es volver, eso es empezar.
— Eso es volver, Pangur.

Han sido días tranquilos: pasamos una velada en la terraza del bar del pueblo, el de Eladio, disfrutando la noche de un día calurosísimo, sólo dulcificado por la piscina, mientras escuchábamos las historias de cazador de Nemesio, que es todo cordialidad y que sabe contar, haciendo tiempo para que los dormitorios se refrescasen lo suficiente; también hicimos la obligatoria visita a casa Ubaldo, en Cacabelos, para tomar unas raciones de pulpo hechas como manda la tradición; y aún pudimos, los chicos, reservarnos un rato para desempolvar, en la bodeguita, la amistad más antigua y hablar de lo divino y de lo humano frente a una botella de Ginebra Fifty Pounds, cuya fórmula, tipo London Dry, con más de doscientos años, hace de su escasa fama una cosa del todo secundaria.

Nunca llega a curar la carretera.
El viaje encierra una armonía extraña.
Hay más impedimenta que la simple maleta.
No tengo guía que oriente la sorpresa.

En segundo lugar –nada más continuar, Esther y Miguel Ángel, su camino hacia el norte– llegaron Lucas (decidido a rentabilizar un cambio de aires que necesita más de lo que cree) y Rubén (recuperándose de la muerte, hace unos días, del perro Cato), y con ellos el caos. Desde entonces hemos vivido una especie de barbacoa permanente (y musical) de la que los invitados van y vienen sin orden ni concierto, vestidos o en bañador, solos o en pareja, con bebida o comida, y de la que Raquel disfruta a sabiendas de que se cobrará su parte en trabajo y de que no hay que pensarlo. Dar con un buen momento para escribir no ha sido fácil; aunque al menos sí encontró servidor el tiempo para cambiar impresiones con Lucas sobre la reacción de los Indignados. No confía en una continuidad organizada más que en un giro de mentalidades que ya se está produciendo. Ni las asambleas, ni el apartidismo, son parecen opciones cuya evolución importe demasiado. El gesto y su respuesta, eso sí mantendrá su valor, eso sí deberá ser asumido.

Ahora, que las avellanas han comenzado a caer con regularidad y los membrillos se disponen a brillar como nunca al mismísimo borde de la vendimia, supone servidor que ya está comenzando el regreso a casa de los que se fueron de vacaciones, los imagina por la calle con gesto aún relajado y una inercia tan lenta como fuera de lugar. Se les pasará en unos días, en cuanto la realidad laboral se plante de nuevo frente a sus ilusiones y la primavera árabe dé paso a un (a otro, de otro signo) presagio desnudo y a un otoño caliente, y un invierno… Veremos a ver cómo nos afecta un estado de recesión en el interior y otro de guerra (¿permanente?) en nuestra difusa frontera sur, tan cerca. Porque la penuria arrecia, o eso dicen, y la desilusión va en aumento, y la gran pregunta no es ya quién va a resolver la crisis (esa es ingenua); la gran pregunta es quién va a gestionar la desilusión.

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