Hablo por teléfono con doña Mari, que entre otras cosas me cuenta que ha leído, “en ese períodico socialista en el que escribe tu hermano” el artículo de un poeta, por lo visto conocido mío, “al que se le murió la mujer hace unos años” que hablaba de “eso que dices tú tanto”.

— Mamá…
— Sí. ¿Cómo es eso que dices tú de los que confunden la poesía con el marco de la ventana?
— Mamá…

Lo malo no es que hable como lo hace, sustituyendo las cosas por referencias más o menos difusas o enigmáticas (creo que siempre lo ha hecho, así que ni siquiera lo achaco a la edad) sino que se impacienta porque no doy muestras de enterarme de nada y hasta se disgusta cuando le digo, por remedarla, lo bien que estoy aquí, en el centro del Bierzo, junto a la carretera de Madrid a la Coruña gracias a este clima benigno y sano…

— Sólo se padece comúnmente alguna que otra terciana, Mari.
— No me tomes el pelo y dime cómo se llama el pueblo ese en el que vives, que me lo ha preguntado mi amiga la comunista.
— Produce trigo, centeno, patatas, pimientos, vino y unos tomates tan grandes que no hay compañía de teatro que se atreva a pasar por aquí. Y además se cazan codornices, perdices y liebres.
— Empieza por M…
— Tú cuéntale que vivo en el último punto de luz.

No es ninguna tontería, como se verá enseguida, eso del punto de luz, pero desisto de explicárselo a doña Mari. El caso es que, a parte de lo improductivo o productivo (según se mire) de estos diálogos de besugos, quedo informado por extenso de la buena salud de unos y otros, así como de la buena forma en que se encuentra doña Mari, que tiene que ser un poco así para ser del todo ella. Me pregunta que si estoy escribiendo algo…

— Algo, sí.

No le digo que llevo un par de noches con la terciana por culpa de la poesía, enfurruñándome en sueños superficiales como un petroglifo maragato o distrayéndome del descanso en espirales inútiles e infructuosas cavilaciones en vez de dormir a pierna suelta, y molestando a Raquel y desorientando a los búhos. Me quedo pensando, una vez terminada la conversación, que la escritura es un raro oficio en el que empiezas siendo un genio y terminas en el mejor de los casos siendo un aprendiz. Y es que de un tiempo a esta parte no hago más que corregirlo todo, una vez, otra vez. Y no sólo poesía, ayer mismo me sorprendí corrigiéndole la pronunciación al gato.

— Perdona, pero yo tengo una dicción exquisita.
— No me refería a ti, sino a Yogur, y no te metas donde no te llaman.

Como si fuera un oficinista recién contratado, redactar una carta de queja para la compañía eléctrica, que últimamente lo mismo nos sirve 160 voltios que 280 (lo que sitúa a Magaz de Abajo, o al menos a esta finca, a la altura de las fluctuaciones de Afganistán), me ha llevado toda la mañana. La explicación de los que saben es que somos el último punto de luz (el final de la línea) y que no queda camino que absorba los latigazos de potencia. He omitido esta explicación en mi escrito, y aún no estoy seguro de si la referencia a Afganistán no debería quitarla…

— No te van a hacer caso.
— Ya veremos, y deja de incordiar.

He sacado a Pangur, que no me iba a dejar tranquilo, y he decidido bajarme Actas del juicio, de Edgar Lee Masters, que Pre-Textos ha tenido la osadía de publicar hace nada, y el periódico, y sentarme un ratito a leer en el jardín. Aún hace un tiempo demasiado bueno y, como de día no se necesita la calefacción pero las noches se han ido poniendo frías, ahora se está mejor fuera que dentro de casa. Eso es algo que nunca corregiría, ya ven. Me gusta sentir un poco de frío cuando estoy trabajando. Además: la luz parpadea.

Pangur juguetea con yogur cruzando a toda velocidad la lona que (ya) cubre la piscina. El periódico dice que la La cooperativa lechera de Veguellina de Órbigo ha comprado 2.200 vaca y que va a producir biogás. ¿Serán dos cosas distintas?

Me he quedado dormido dos minutos y de pronto el secreto del sueño ha regresado a mí.

Aquí, en Magaz de Abajo, he recuperado el secreto del sueño, como la señora Murray en el poema de Lee, y dos minutos son suficientes para encontrar en lo oscuro la solución que buscaba y reforzar el amistoso contrato con lo real que desde hace casi dos años me he impuesto cumplir a rajatabla. Puedo sentir el trabajo de los gusanos comedores de tierra bajo mis pies, y la mirada curiosa del petirrojo desde su escondite. No todos los petirrojos emigran al llegar el otoño, unos pocos a modo de señal, poniendo a prueba la resistencia de la especie o la eventualidad de un cambio climático duradero, intentan ahorrarse el viaje. La mayoría mueren en su empecinamiento, pero algún día conseguirán ganarse la residencia permanente, o en eso confían. La tarde está silenciosa y del todo decidida a defenderme de lo que sea, como si supiera que ser el último punto de luz tiene su importancia.

— ¿Podemos ir al pueblo a tirar piedras a los perros?, pregunta Pangur.
— ¿Msaooou…?
— No, no podéis.
— Vale, adiós.

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