Les Murray, un poeta australiano al que un día darán el Premio Nobel a su pesar, un hombre grande como un oso y colorado como una sandía, un hombre de aspecto feliz que no ha dejado nunca de hablar en serio sobre lo realmente importante ha escrito:

La política salvaje, / igual que el arte mediocre, / sabe a quién atribuir todas las culpas.

Si no le doy más vueltas, puedo repetirme que los ciudadanos, cansados e impotentes ante la frialdad de una situación económica que no deja de generar pobreza, han decidido que castigar al gobierno y dar a la derecha su oportunidad es una buena idea, pero si lo repito mucho y escojo cada vez palabras más sencillas, cada vez menos palabras, acabo diciendo “estafa”.

Un poco sí me apena, pero ni siquiera me apetece pensar mucho en el pas en dehors de Chacón ante el discreto pero resolutivo plané de Rubalcaba. No está para tangos la milonga y aunque, sin duda, se acusará la advertencia que implica tan “generosa” retirada (pues la ministra no ha tirado la toalla, se la ha quitado), toca aplazar el aspaviento. Después de todo, la excesiva personalización del poder tampoco es que esté dando grandes resultados.

Hay que aplicarse, y pronto, en una disciplina más ardua, cambiar de perspectiva, actuar como si lo deseable estuviese a nuestro alrededor y no sobre nosotros. Centro, ritmo y respiración. Toca escuchar para comprender, no para preparar el golpe, toca evitar más abusos, evitar otra estafa.

La lección de Sol (de la que, por cierto, los medios –salvo excepciones– nos han dado en general una imagen entre medieval y circense, chamicera y volátil) está por terminar, pero el gesto ha servido para que mucha gente comprendiera que si se modifican algunos pilares la solidez vendrá por añadidura. El gesto es el principio de un movimiento. Temps de flèche.

Se llama arreglar las cosas, no parchearlas. Y hay algunos puntos a considerar: la ley electoral, la corrupción, los privilegios políticos, el fraude fiscal, el absolutismo de los mercados financieros… Pero hay que considerarlas estructuralmente. No se trata de establecer tasas sino de imponer orden, no se trata de controlar, sino de conectar territorios e ideas. No es preparar unas elecciones, es hacer una elección. Es difícil y bueno.

No creo que deba parecernos demagogia o ingenuidad recuperar la confianza de quienes se han sentido, con razón, estafados: gente que no va a desaparecer cuando la asamblea termine (¿o no saben nuestros políticos que el sol sigue ahí aunque no lo veamos?) y que distingue muy bien (a la fuerza) entre lo inevitable y lo indispensable, entre protagonizar y sufrir. Y tampoco me parece ninguna tontería, barruntándose lo que se barrunta, empezar a apuntalar una democracia que, más veces de las que pueden justificarse, no muestra frente a sus verdaderos enemigos (los enemigos del pueblo) sino debilidad y muñequería. Hay que pensar los márgenes, desmenuzar lo sólido y acopiar lo difuso, y no hay por qué barrer nada bajo la alfombra.

Ese es ahora, me parece, el trabajo de los partidos. Que cada cual escriba su guion y se comprometa con él a no gobernar el siglo XXI con recetas decimonónicas. Comencemos la danza, y ya veremos más tarde quien es le grand sujet, al final, si es que eso importa.

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