Habíamos estado escuchando a La Buika, rara y apreciable coplera, mientras terminábamos los trabajos de siempre, esos que no respetan festivos ni olvidos. Y justo cuando decidimos bajar a no hablar del Estatuto de Cataluña, sino a tirarnos un rato haciendo nada, sale un futbolista de rojo por la tele y dice: “No es cuestión de dejarse perder porque el grupo y tal, que luego te falla uno fácil que no y al revés”.

Estamos en la bodega, que es donde se encuentra el único televisor de la casa, picando un poco de embutido y queso, y dando cuenta de un La Faraona de 2001 que es gloria de un solo viñedo de aquí cerca, en Corullón.

– ¿Tú has entendido algo?
– Yo no, dice Raquel. Pero no me pasa sólo con los futbolistas. También me pasa con Belén Esteban. Será que la fama traba la lengua.
– Será eso, porque a mí me está empezando a pasar con Carot Rovira, que era un libro abierto.
– Y con Gala.
– Y con Víctor Manuel de Saboya.
– Y con Joaquín Sabina.
– Y con la duquesa de Alba.
– Y con Bush.
– Y con Maradona.
– Has repetido oficio, dice Raquel dando por concluido el juego. Lo que significa que le toca a un servidor cortar más embutido y más queso…

– Y pan. Y también subir por otra botella.

Vemos Ordet, de Dreyer, y luego, para digerir mejor la acuciosa (y no exenta de serrealismo) necesidad de sentido ordenado de la vieja Jutlandia sin perder el blanco y negro que nos acerca a los sueños felices en los que el sentido es juego o no es nada, To Be or Not to Be, de Lubitsch.

– A lo mejor es que ya sólo se entienden las cosas en blanco y negro.

Apagamos las velas. Raquel canturrea algo (Mi niña Lola?) y servidor recuerda un poema de Eugénio de Andrade:

No tengo manos para el azul.
Sueño con el mar
que no está lejos pero al que no veo arder.
Sólo la sombra parece estar en casa
debajo de mis ramas:
canta muy bajo mientras se descalza.

Nos hemos subido la botella de vino, y un par de vasos. Y nos quedamos un buen rato tumbados en la cama, charlando en blanco y negro.

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