Servidor acaba de darse cuenta de que lleva en Magaz de Abajo, nueve meses justos. Una estancia casi ininterrumpida si no fuera por los viajes a Madrid, cada vez más de tarde en tarde. Al principio tenían su gracia esos viajes repentinos, fugaces. Ahora subir al Alsa es para un servidor como tomar una línea de Metro especialmente larga, nada demasiado severo ni mal aprovechado (lee), y sin misterio alguno.

Decía que lleva aquí nueve meses y que lo descubrió ayer, con la tormenta, un servidor. La tormenta comenzó con el sonido desmesurado y aún así autoritario de una campana de piedra que resonó en el valle como resuena uno para librarse de algún discurso demasiado largo y cuya comprensión no es importante, en todo el escenario al mismo tiempo, en los viñedos y en los huesos, en las cafetería escondidas y en los desiertos individuales, en el pasado y en el futuro. El gran trueno coincidió (no la siguió ni la precedió, ni le añadió o quitó nada) con la soberbia lluvia. Una cortina de agua alborotadora e impositiva que parecía voluntariamente desnuda y sólida, casi alzándose en lugar de caer. Llovía en todas partes simultáneamente, en los tardíos y firmes tomates bercianos y en el corazón despreocupado de los poetas de Andalucía, en el pasado y en el futuro.

Y nada más personarse esa gravísima divinidad una y dupla, dupla y una, se cumplían los nueve meses de la gestación magacino-abajera del nuevo espíritu secular, retranquero y beato hasta el estoico ateísmo de un servidor de ustedes. Así fuimos uno los dos y hasta los tres, y servidor fue todo lo mucho que pasaba sin necesidad de escoger o de dividirse siquiera un poco. Lo que fuera tronó de dentro a fuera, desde y en todas partes: como el principio del mundo. Nueve meses.

– Daba miedo.

A Pangur le asustan las tormentas (aunque delante de Yogur lo disimule fingiendo sopesar a través de los cristales de la cocina la trascendencia puramente física del evento), pero esta le asustó incluso a un servidor, que fue paracaidista y vendedor de Paidos. Y eso que servidor se lo esperaba, viendo cómo los días anteriores las grandes arañas depredadoras de la grama intentaban colarse en casa aún a riesgo de ser devoradas por los felinos, pisadas por los humanos o succionadas por los desagües.

– Es que daba mucho miedo.

Tanto miedo daba que las mismísimas plantas, desde las incipientes margaritas mortuorias a las ya casi exhaustas verbenas, desde el aún pujante avellano a la aturdida higuera, comprendieron la dimensión de lo que se les venía encima y hasta el significado de lo que se les venía encima; aunque no comprendieron el significado del significado de lo que se les venía encima, pues las plantas no pueden imaginar nada más allá de un par de estaciones, de modo que en Otoño, fatalmente, tristemente, creen estar disponiéndose a morir para siempre y en Primavera, al desperezarse sorprendidas por un crecimiento cuya incomodidad malinterpretan, se creen eternas y nacidas nuevas y relucientes en un mundo nuevo y reluciente hecho tan sólo para su contemplación.

– ¡Qué cursi eres, Suñén!
– ¿Y tú, gato desnaturalizado, desde cuándo eres crítico literario?
– No me hagas hablar…

En la casa tolera servidor pequeños cambios. Ya no se levanta a poner el cuadrito de Guzpeña en línea con el zócalo que señala la frontera al segundo piso, ni siquiera se fija en algunos muebles de forma inconveniente o caprichosa cuya disposición ha variado pocos pero apreciables centímetros para permitir el paso necesario de la escoba de canto o manifestar el olvido de alguien apremiado por más urgentes trabajos. El buen gusto no es nada si no sirve al disfrute de nuestro sentido práctico. Hay objetos que siguen desde el primer día asentados en su lugar provisional, y casi está seguro un servidor de que allí seguirán cuando muera (e incluso de que, durante mucho tiempo, nadie se atreverá a moverlos).

En estos nueve meses, servidor ha aprendido que hay que ser buen tallador para hacer un buen injerto, que al vecino malo hay que quererlo como a un padre desaseado y ceporro, que la belleza es sólo la mitad de la verdad y que no mezcla bien con el conocimiento, que la justicia es débil y aún así la buscamos y que olvido es palabra que no tiene sinónimo. Y ha terminado un libro.

También Raquel ha cambiado y ya no quiere a servidor como a un extranjero. Le quiere cuando idea algún método para apuntalar el membrillo o cuando barniza las contraventanas y preserva del óxido a las viejas herramientas de aquí, sin darse cuenta. Y cuando discute con Manolo por las cosas que sabe que ponen nervioso a Manolo. Le quiere como si la cosa no tuviese arreglo y hubiese aprendido a quererle como una especie de oficio, y ese parécele a servidor un amor muy bueno.

Ha estado echando veneno contra los caracoles y las babosas, servidor que no sé si tienen más derecho a la vida que él, pero que los ha envenenado. Mañana saldrá el sol y el problema será averiguar si esos pequeños escarabajos (¿o son cerambícidos?) de escudo perfilado y vivo cuyo nombre aún ignora un servidor son útiles para algo. Le gustaría que sirviesen para algo, porque los ve buscando dónde amontonarse impulsados por un mecanismo místico aunque pertinente que jamás aprendieron y por el que no se preguntan, un mecanismo cuyo nombre, si lo tuviese, bien podría ser sinónimo de olvido, y le caen bien.

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