Aquí, como en el resto de la península, las fiestas de los pueblos se van sucediendo sin respiro hasta bien entrado octubre. Estuvimos en las de Magaz de Arriba, que es un lugar que existe y no esa neblina amenazadora que se adueñaba de la cabeza de un servidor cuando lo oía nombrar (como cuando escuchamos “León” y no ppodemos evitar mirar disimuladamente a ambos lados), y también en las de San Pedro, que es donde viven las mujeres más hermosas del Bierzo y los hombres más amables a pesar de curtidos. Allí el sol brilla sobre la niebla y el aire es de una pureza ya rara en todas partes, y de allí bajábamos (precisamente) cuando al hacer una paradita en Cacabelos nos topamos de bruces, en plena noche, con un barbudo anciano que paseaba a un gato negro, con correa.

— Eso no es fácil de ver, le digo.
— No hay animal que se me resista, bueno uno sí.
— ¿El hombre?
— No señor, no. Ese da guerra pero acaba aprendiendo.
— ¿La nutria?
— El faisán. Con los faisanes no se puede.

Tomamos sólo café. Raquel porque conduce y servidor porque se sentía algo culpable por habérselo pasado tan bien mientras ella se mantenía sobria. Además la carretera a San Pedro no es de las que perdonan un despiste, y cansa.

Ya en Magaz de Abajo, donde un sólo grillo dirigía heroicamente la gran orquesta del silencio y la luna llena mantenía hipnotizados a los gatos (a los que nos costó meter en casa) dormimos como niños. Servidor soñó que el Real Madrid le había ganado al Barcelona, pero por la tarde vinieron Javi y Charo a darse un baño en la piscina y en algún momento ella dijo:

— Pues sí, pues sí, los madridistas están muy contentos porque han empatado en casa con el barça. ¡Qué orgullosos están!

Lo declamaba al aire, más que exponerlo a los presentes, mientras extendía sobre la hierba su toalla blaugrana. Y como Raquel y ella, tras el baño, se tumbaron un rato al sol nos quedamos los hombres (Javi y un servidor) compariendo unas cervezas en la mesa de piedra. Hablando de política. Se habla demasiado de política ante una situación que se resume pronto: ¿Cómo es posible que una crisis económica rayana en lo catastrófico vaya a resolverse imponiendo unas medidas que mantendrán los privilegios de una minoría mientras media mayoría pierde su empleo y la otra media trabaja más por menos dinero? Así que ahora ya no sabemos bien si lo que pasa es la crisis o son las medidas.

— Lo has dicho muy claro.
— No te chotees, Javi.

¿Cómo llega una crisis económica a convertirse en un ultimátum permanente?, ¿en la coartada perfecta de quienes no están dispuestos a reducir su beneficio? No es fácil de entender. Tampoco es fácil de entender que las soberanas deudas de los países soberanos puedan ser objeto de especulación, o que Europa carezca aún de un comportamiento económico acorde a su pretensión de un futuro común.

— El PP (dice Javi, presumiblemente al tanto de los recientes sondeos) sabe que puede ganar las elecciones sin hacer campaña, les beneficia que la mayoría reaccione ante sus políticos como los hinchas de fútbol ante las vicisitudes de sus equipos.
— Y el PSOE no acaba de conectar (aunque lo intenta) con ese discurso de fondo que ha vertebrado a la mayoría en torno a un convencimiento sencillo: lo que nos pasa es lo que algunos (y no necesariamente los políticos) quieren que nos pase.
— Estás un poco obsesionado con lo que nos pasa, Suñén.
— Y tú con el fútbol. Pero yo soy hombre sensible y un día me enfado de verdad y me voy a aprender a tocar el theremín al bosque de Metemiedos.
— ¿Pero tú de dónde sacas esas ideas?

No es optimista, servidor. Ve avanzar la intolerancia de estado hacia leyes cada vez menos garantistas y a la policía volverse cada vez más peligrosa para unos jóvenes mientras otros jóvenes nos evangelizan al menor descuido y los alemanes piensan por nosotros.

— Pues a mí como me quiera evangelizar un joven de esos lo anuncio, lo arreglo.
— Pues como a mí un alemán me diga lo que tengo que hacer…
— … te vas al bosque a tocar el theremín.
— Tú lo has dicho.
— Te llevaré pilas.
— Gracias.

No sabe servidor por qué este país nunca protagoniza las ideas. Ni siquiera ahora que disfrutamos de una reacción ciudadana decidida a revisar el modelo desde una óptica de largo alcance.

— Pero tenemos la mejor liga del mundo, Suñén. Más de dieciséis millones de personas veían el partido ayer en el momento de mayor audiencia.
— ¿Y al Papa, cuanta gente calculas…?
— …

Cuando se van, servidor pone la radio y se dedica a responder el correo. No quiera haber llegado hasta este pueblo emprendedor y tranquilo para ver desmoronarse el progreso de mala manera. De pronto oye una frase que le hace sospechar que, como dice ese anuncio de lo que sea, está todo mal.

— Uno de cada cuatro coches se estropea en verano.

Servidor se queda totalmente perplejo. No es capaz de comprender a santo de qué lo dicen o para qué puede servir decirlo o qué noción tiene el autor de la frase sobre lo que es una categoría. Es lo más absurdo que ha oído en varios días, servidor, incluido lo de los faisanes. Lo de los faisanes es perfectamente lógico. Menos mal que Raquel ha apagado el aparato y le ha pedido que baje una botella de vino mientras va por un par de vasos y una bandeja con jamón, cecina y queso. Los gatos están en la terraza, tomando la luna como dos idiotas. Nosotros en la bodeguita, viendo íntegra, la intervención de Miles Davis en la Isla de Wight: Chick Corea y Keith Jarrett a los teclados, Jack de Johnette a la batería, Airto Moreira en la percusión, Gary Bartz al saxo y Dave Holland al bajo acompañaban al genio. Ella parece rejuvenecer, y servidor también.

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