A los hombres hay que llevarles la contraria, vale, es una de las pocas formas de sacar adelante cierto respeto hacia el bien común; conviene y funciona. Pero a la vida no, a la vida es mejor darle la razón porque la vida, si se ve acosada, puede convertirse en un enemigo  arrogante y pegajoso. Lo sabemos y, sin acuerdo mediante, en general lo aplicamos casi a diario los humanos a partir de cierta edad. Por desgracia es esta una práctica que el calor suspende año tras año. Llega el calor y contraviniendo a la sabia vida que nos aconseja la mínima gimnasia y el máximo sedentarismo posibles, nos disponemos como conjurados a la delgadez y al desnudo, a la hiperactividad y al viaje sin pensarlo dos veces. Otra cosa es si lo lograremos este año en medio de la crisis que está cayendo sin acabar seriamente perjudicados.

Peligroso verano, este que, según auguran los expertos, acabaremos pasando primero en casa de algún familiar menos hambriento y sólo relativamente cercano, de algún triste cuñado después, y de los suegros del cuñado por último volviendo así a la organización tribal que jamás debimos haber abandonado. Claro que la tribu en cuestión las pasará en el territorio de alguna otra tribu mejor avituallada, y ésta a a su vez en la de otra y la ecuación amenaza llegar en tiempo record hasta la mismísima horda que jamás debimos haber abandonado. Finalmente serán los antropólogos, y no las agencias de viaje, quienes decidan nuestro destino último estival, ese que acabe con nuestra condición de circulantes sin circulante, ese lugar cuyos habitantes o protohabitantes o como se califique a los antecesores que han tenido la previsión de no cambiar de domicilio ni solicitar préstamos del diluvio para acá, harán su agosto alquilando hamacas.

Pero lo que ocurra en semejante destino una vez pasados los primeros días y el personal haya acabado ya con la comida y las sobras y las sobras de las sobras y los huesecillos y, en lugar de abandonarlas a su suerte, que sería lo más humano, se haya comido también a sus mascotas y las sobras de sus mascotas y sus huesecillos, es difícil de predecir.

Servidor se imagina una moderna Atapuerca donde los veraneantes, luciendo sus bronceados, semidesnudos y estilizados cuerpos a manera de cebo, aparentemente dormidos como lagartos al sol o alemanes bajo la sombrilla pero en realidad atentos a saltar sobre el aparentemente inadvertido paseante (acechador a su vez) para devorarlo con gula furtiva y desprecio de sexo al primer descuido a pesar de lo escaso, requemado y deshidratado de sus carnes caniculares, se acecharían unos a otros día y noche, noche y día.

Voy a empezar hoy mismo a vigilar la paciencia de la sufrida población, a ver hasta donde aguantan, porque estoy casi seguro de que son capaces de eso y de mucho más antes de levantarle la mano a sus verdugos. Ya verán, ya verán como acabamos echando de menos aquellos días en los que si alguien nos paraba en la playa era para ofrecernos un descuento de discoteca, o un helado, o un DVD, incluso aquellos en los que, para calmar el hambre, nos comíamos a los gatos.

– ¿Qué has dicho?
– Nada Pangur, nada, sigue durmiendo.

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