No sabe servidor si hay una identidad de Europa que desee estrecharse a golpe de constitución; cree que la realidad Europa quiere construirse, seguramente; aunque no en torno a un concepto demasiado urgente. Por suerte, la realidad siempre ha sido un poco más francesa que alemana y no desea acabar muriendo demasiado lejos de casa: por eso consigue una y otra vez burlar a sus perseguidores, escapar a la dictadura de los profetas y reclamar como suya la patria del devenir, no la del plan de nadie. Eso le parecería bien a un servidor: devenir Europa antes de empezar a sufrir por ella.

Pero servidor presume que cuando los más conservadores hablan de realidad se refieren a ese aspecto puramente externo que es el que tiende a recoger el sentido popular, extendiéndose por lo mismo a lo que puede ser expresado en lenguaje de uso y que forma parte de nuestra experiencia habitual del tópico que dice que ser realista es hacer lo que te manden y punto. ¿Unificarnos tras la sola autoridad de una palabra comúnmente aceptada, pero aún sin definir? ¿Doblegarnos ante la fuerza de una metáfora que carece de frase donde dejarse querer?

Recuerdo hoy cierto artículo que Maurice Blanchot publicara en 1958 bajo el título de El rechazo, que comienza diciendo:

En un cierto momento, frente a los acontecimientos públicos, sabemos que debemos rechazar. El rechazo es absoluto, categórico. No discute ni hace oír sus razones… Los hombres que rechazan y que están unidos por la fuerza del rechazo, saben que no están aún juntos… El movimiento del rechazo es raro y difícil en cada uno de nosotros, desde el momento en que lo hemos captado. ¿Por qué difícil? Es que hay que rechazar no sólo lo peor, sino una apariencia razonable, una solución que se diría feliz .

“Realista”, añade servidor (a condición de que se respeten las comillas).

Es que a lo mejor, finalmente, resulta que la sociedad no se rige por eso que los científicos llaman el principio de la mediocridad, principio que desea que los sucesos observados sean sucesos genéricos y no excepcionales. Y resistirse a entrar en una de las vías habitualmente exploradas, significa, entonces, estar dispuesto a afrontar el riesgo que implica obligarnos (a nosotros mismos, pero también a nuestros políticos) a aceptar otro enfoque, reexaminar la situación, y no empezar la casa por el tejado de la uniformidad, sino por los cimientos de la soberanía.

— Son demasiados años sacralizando la palabra “patria”.

Europa, Europa. Europa –se nos olvida siempre- es la lectura constante, crítica, apasionada y no literal, imaginativa, atentamente imaginativa, del deseo de ver de un pobre ciego. Legítima, natural y rara vez tangible, a menudo autodestructiva y, sin embargo, inevitable…

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