Hay cualidades esenciales y cualidades emergentes. Por ejemplo la carga eléctrica, o la masa, son cualidades esenciales (incluso si su valor es cero), pero la dureza, o la ductilidad son cualidades emergentes pues dependen de ciertas configuraciones atómicas o moleculares. Esto lo aclara servidor para que se le entienda cuando dice que el tiempo es una cualidad emergente, ajena a la física subatómica. A algunos podría parecerles raro, como la idea (un suponer) de llegar a observar un día al fotón en reposo. Pero pregúntenle al fotón a dónde va tan rápido y les responderá sorprendido que los acelerados son ustedes que además de precipitarse sobre él sin previo aviso se permiten el lujo de responsabilizarlo de cualquiera sabe qué disparatados efectos cuánticos.

Todo esto viene a cuento de que últimamente ha estado pensando servidor en lo mal planteadas que están las grandes preguntas, cuyo horizonte resulta siempre demasiado estrecho. Y en cómo los científicos se entretienen en asuntos que los alejan por igual de la filosofía y de la práctica. Pensaba en las cualidades emergentes mientras oía llover y ha llegado a la poco original deducción (en realidad “inferencia”) de que la vida y la muerte lo son. Ustedes podrían pensar que esto es algo autoevidente, como la escasa salud mental de los participantes de Fama Revolution, pero las cosas de la ciencia dejan de estar claras cuando se mezclan con la filosofía o la religión y conceptos como vida y muerte implican a todas estas disciplinas además de a las aún desconocidas. Un solo experimento mental puede dar al traste con paradigmas largamente aceptados. Recuerden si no como Schrödinger se cepilló de un plumazo los viejos principios de contradicción e identidad.

– Fue su gato.
– No, Pangur, fue él. El gato sólo hacía de conejillo de indias.
– Nunca he visto a un conejillo de indias, ¿puedes ser más preciso?
– Metió a su gato en una trampa mortífera para demostrar la posibilidad de estados intermedios o, mejor dicho, indeterminados.
– Así acabó el pobre: alcoholizado y abstemio, además de totalmente decoherente. ¿Y por qué no metió a su novia?
– Es lo que sugirieron sus detractores.

Pangur, aunque no lo sabe, tiene razón. Hay cierta arrogancia en ese empeño científico por ceñirse a lo suyo, por usar siempre gatos de científico o conejillos de laboratorio para probar sus tesis. Un ejemplo: los agujeros negros.

A estas alturas no hay quien no sepa lo que es un agujero negro. A estas alturas es incluso probable que el más inculto de los seres humanos (incluso un aspirante a concursar en Fama Revolution) se dejase matar antes de negar una “evidencia” que, paradójicamente, ningún científico ha demostrado nunca realmente. No importa: la ciencia es ahora nuestra creencia, la ciencia es ahora nuestro paradigma. Por eso en lugar de ver hadas en los bosques vemos ovnis en los cielos, y agujeros negros en los infinitos de nuestras divagaciones.

Y sin embargo, curiosamente, aún nadie se ha preguntado por cuestiones fundamentales llegados a este punto. Sabemos lo que le ocurriría a un astronauta (que vale como decir un gato o un conejillo) que intentase acercarse a un agujero negro: su información, hasta entonces felizmente organizada en tres dimensiones se reduciría a las dos que la membrana del horizonte de sucesos permite y ahí se quedaría para siempre como un mosquito en un naipe de taberna. Ahí el tiempo se detendría para él (para siempre) a pesar de que el observador externo lo viese morir triturado por las poderosísimas ondas gravitatorias y eternamente caer y caer en una infinita vorágine de vómito interestelar. No les ha dicho servidor nada que no supiesen.

Pero ¿qué ocurriría si el mismo astronauta tuviese una hipoteca a veinte años? Para él el plazo de pago no habría cumplido, de hecho nunca cumpliría, de modo que el banco jamás podría reclamarle nada (¿alcanzaría un requerimiento de pago a un astronauta moroso en las cercanías de un agujero negro?). Es lo que pasa cuando mezclas cualidades de categorías no afines: aparecen los verdaderos problemas, los problemas reales. La pregunta puede complicarse más: ¿Qué pasaría si un cristiano se aproximase a un agujero negro?, ¿podría su alma inmortal abandonar la insalvable influencia de una masa infinita y elevarse (¿elevarse?) hacia Dios sin un mal fotón que echarse a la boca? Porque si los celiacos no pueden comulgar ¿por qué los astronautas víctimas de un agujero negro pueden ir al cielo? ¿Eh?

– Los celiacos pueden comulgar desde 1995
– Bajo la única forma del vino, lo cual les traumatiza. Es como si te invitan a una fiesta y no te dejan picar almendras con el cubata.
– Eso sí.
– Pero déjame seguir, gato del demonio.

Me preguntaba: ¿No quedaría atrapada como cualquier otra cosa -en la obcecada incomprensión de la piedra ciega y negra y muy, muy misteriosa y, ¿por qué no?, ausente que alimenta al agujero- el alma inmortal del pío astronauta? ¿Y si el Papa le envía su bendición?, ¿alcanzaría ésta al astronauta en las cercanías de un agujero negro o seguiría de largo ajena a tan mundanos efectos gravitatorios? ¿Debemos enviar al agujero negro sólo a astronautas ateos, gatos o conejillos sin obligaciones económicas vinculantes?

¿Y si el que cae en el agujero negro es un judío? Hay quien dice que en el entorno de semejante singularidad el tiempo podría llegar a invertirse y devolverle a un estado anterior a su Berit Milá.

¿Y si el que cae bajo su irresistible influencia es un musulmán? ¿Hallará el musulmán a sus setenta y dos vírgenes (una de las cuales, en opinión de ciertos teóricos, podría ser la novia de Schrödinger) compactadas como granitos de azúcar en su nanomicromillonésimo milimetrito cuadrado de gloria bidimensional? ¿Se puede disfrutar a distancias tan cortas? Ni lo demasiado grande ni lo demasiado pequeño generan cualidades emergentes, nada demasiado grande o demasiado pequeño puede ser cuadrado, saber a jamón o deber dinero. La salvación o las deudas son cualidades emergentes de lo emergente pequeño.

También el amor es una cualidad emergente, como la vida y la muerte, y sin embargo esencial. Emergente y esencial a un tiempo, qué raro. Qué paradoja esta de un universo a todas luces excesivo y definitivamente no pensado para los mamíferos (que, sin embargo, ya sean gatos o conejillos o astronautas se empeñan en exprimirlo hasta la locura).

– Tengo sueño.
– Pues duerme.
– Y hambre.
– Hay fotones en almíbar en la nevera. ¿Quieres unos poquitos?
– ¿Sopa cuántica? Vale, no.

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