A servidor, con el noble propósito de darle de cenar y distraerle un rato, le llamaron el otro día unos amigos que viven en Cacabelos, convencidos de que no sobreviviría ni unas horas sin Raquel (a la sazón en Foz, cumpliendo con su tradicional semana de retiro espiritual, como cada año). Servidor dejó de ir a locales públicos cuando prohibieron fumar en ellos, así que a la pregunta de si prefería salir o sobras respondió que sobras porque sus amigos también son fumadores y porque ella, Hannah, tiene fama de buena cocinera. Se habló de muchas cosas: de la corrupción, naturalmente, pero también de poesía, de jardines, de Werty y su notable parecido con Fétido Addams, de Egipto, de libros raros o de la irritante afición de los chefs mediáticos a ponerle pimentón al gazpacho. Servidor debe hacer constar, en justicia, que encontró las sobras exquisitas. Tras el café y unas copitas de ron, él (Günther) lo dejó en Magaz de Abajo y antes de que bajara del coche le hizo solemnemente entrega, de parte de su señora, de un táper con macarrones que debía de haber llevado escondido debajo del asiento.

— Parrra manniannan, dijo.

Servidor fue recibido con discordante alborozo por el perro Fiel (dividido entre la alegría por volver a verle, la curiosidad por el contenido del táper y las ganas de perseguir al automóvil de Günter hasta el final de la finca, opción esta última por la que terminó decidiéndose) y con su habitual indiferencia por los gatos que, de hecho, estaban en la bodeguita viendo el fútbol.

— ¿Cómo vamos?
— Si los matamos, empatamos, respondió Pangur sin dignarse siquiera mirar a un servidor que subió a la cocina y dejó el táper con los macarrones de Hannah en la nevera, junto al táper con los macarrones de Raquel.

Al día siguiente, por la prensa, supo servidor que España había sido humillada en un torneo de muy relativa importancia, pero que eso no se lo merecían unos ciudadanos que con tanta deportividad y entereza sufren el abuso diario, constante, contante y sonante de sus élites extractivas, así que se fue al pueblo a ver si encontraba con quién hablar mal, aprovechando la bochornosa derrota, del fútbol y de los vampiros tomando un whisky, pero no tuvo suerte. Se limitó a leer la prensa en el bar, inquietantemente vacío (y atendido por una joven desconocida que le pareció brasileña). A la salida se encontró con la hija del tío Jesús, que le paró en plena calle y le hizo entrar en su tienda de ultramarinos de la que servidor sólo pudo salir tras aceptar no sólo que si la monarquía liberal de Alfonso XIII tuvo su Desastre de Annual bien podía esta tener su Maracaná, sino además dos barras de pan, media docena de huevos y un táper con macarrones. Ya en el portón de casa se encontró con la vecina, que andaba cortando las malas yerbas de su lado del camino.

— ¿Qué llevas ahí?
— Macarrones. Es que Raquel está fuera…
— ¿Te gustan los macarrones? Pues yo los hago buenísimos, no es por nada. Mira, mañana te traigo un táper y comparas.
— Muchas gracias, pero…
— Quita, quita. Si no es nada.

El resto del tiempo lo ha pasado servidor desbrozando el maire, quemando rastrojos, regando, atendiendo a los animales y leyendo libros de la editorial Amargord. Hasta hoy, que se ha atrevido a acercarse a Cacabelos para comprar helado. En la puerta del comercio una fotografía de Iniesta troquelada a tamaño natural (o no) anunciaba una de esas marcas de cucuruchos industriales para turistas.

— Están hasta en la sopa, le dice servidor a la dependienta. — Un día porque meten un gol, otro día porque se lesionan… o porque te los encuentras en un anuncio. ¿Por qué hacen anuncios los futbolistas? ¿Para qué están los actores? Ahora que Werty…
— Quién dice usted?
— El ministro de Educación.
— ¿El que se parece a Fétido Adams?
— Ese. Ahora que se ha propuesto que los actores se mueran de hambre (como corresponde a quienes, en este petit franquismo, no pueden ser considerados sino gente de mal vivir, vagos y levantiscos) debería ser obligatorio que los anuncios los hicieran ellos (los menos famosos, claro) y no los futbolistas.
— Pues a mi Iniesta me cae de puta madre, dicho sea sin menoscabo de su florido verbo de usted.
— Bueno, pues Messi. ¿Tan poco le cunde el sueldo a Messi que tiene que anunciar lo que sea que anuncie?
— Pan, como Punset.
— Pues pan como Punset. Y encima le pillan regateando impuestos. Menudo ejemplo. ¿Qué le debo?
— Seis.

Servidor iba a meter el cubo de helado en la bolsa cuando una absurda sospecha cruzó su mente, obligándole a entrabrir la tapa y verificar su contenido.

— ¿Me dijo de café, no?
— Sí, sí. Gracias. Cóbrese.

De nuevo en casa, Pangur, que sería capaz de defender al rey si hiciera anuncios, como defiende al marqués del Bosque, pretende convencer a un servidor de que “no se pueden poner puertas al campo”. En una cosa está en lo cierto: nos hemos acostumbrado a aceptar, para todo, una serie de argumentos, por lo visto, incontestables. Los creativos publicitarios no contratan a Iniesta porque sea un experto en sorbetes (lo que podría ser, tampoco hará falta haber estudiado en la Carpigiani Gelato University para serlo) ni la gente compra el producto porque crea que el futbolista lo consume, la gente simplemente asocia. Resumiendo: que Iniesta le cede una parte de su prestigio (y popularidad) al cucurucho dichoso a cambio de una (entendemos) considerablemente elevada cantidad de dinero.

— Exacto, Suñén: es un asunto meramente económico.

¿Por qué añadirán siempre ese “meramente”, por otra parte falso? No es “meramente” económico, contiene una parte engañosa, o al menos induce al autoengaño (lo haría aunque la marca en cuestión estuviera entre las diez mejores, que no es el caso) y desde luego no es nada aleccionador. Es como cuando los políticos, para defenderse del descabellado porcentaje de auténticos vampiros que anidan en sus pajareras dicen aquello de que “en todas partes cuecen habas”. A servidor le saca de sus casillas y, en consecuencia, le dan ataques de caspa.

Otro futbolista y árbitro de la elegancia a tiempo parcial, Xavi Alonso, que se libró del revolcón brasileño por padecer una pubalgia (la pubalgia es a la tendinitis lo que la tendencia a la uniformidad), parece ser el culpable inmediato del cierre de una librería madrileña que a servidor le gustaba porque tenía buen género y una barra al fondo: La buena vida, se llamaba. Resulta que el figurín (y figura) es propietario del local, y que se ha negado a revisar las condiciones de un alquiler que el librero -naturalmente- no puede permitirse. Pues vale. ¿Por qué íbamos a esperar otra cosa de alguien que debe su buena vida a dar patadas? Después de todo…

— Es un asunto meramente económico.

Servidor va a recalentarse unos macarrones y a abrir una botellita de godello que tiene a enfriar junto a su helado artesanal (de café) y se va a comer, y luego va a meter un ratito los pies en la piscina, pero en cuanto acabe piensa escribir a su editor para que de ahora en adelante sus libros se le vendan a los futbolistas a quinientos mil euros la pieza. Donde las dan las toman.

— ¿Y tú por qué me miras así?
— Menos mal que Raquel vuelve hoy.

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