A servidor le consta que en estas fechas a los seres humanos les entra una perversa e infundada nostalgia del alborozo infantil que sus animales de compañía, siempre atentos a aprovechar el estado de ánimo ambiental para estrechar relaciones, fomentan.

Y sin embargo por un motivo o por otro en casa nadie está contento. Raquel se queja de que con el problema de la crisis, los recortes y la inestabilidad geopolítica no ha podido disfrutar del milenio y se le está pasando sin darse cuenta, y no deja de decir (con toda la razón) que antiguamente todo era más fácil, llovía más y nos las apañábamos con menos; el perro Fiel se pregunta por qué acarrear leña se ha convertido en la ocupación prioritaria de un servidor, siendo, sin embargo, una época espléndida para ocultar manzanas en la niebla y jugar a encontrarlas sobre la hierba helada; y al gato Pangur le irrita vernos pendientes de algún triunfo extremadamente pequeño o extremadamente improbable, hablando de política y maldiciendo al mundo.

— Sois unos pesados.
— Nos preocupa el futuro de la comunidad, Pangur.
— Pues convocad elecciones; pero ya, porque si la comunidad no es feliz, la privacidad se resiente.

Eso Pangur lo dice arrojando a una esquina del cuarto el libro que había comenzado a leer esta misma mañana: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Él prefiere las novelas de Dan Brown y la poesía de Benedetti, lecturas, dice, “con sustancia”, pero su rechazo debe tener más que ver con su opinión sobre las gaviotas que con su deplorable criterio literario. No le gustan las gaviotas.

— Ya se han celebrado elecciones, Pangur. Generales. Ayer.
— Ah! ¿sí? Déjame adivinar: tras renunciar a lo imposible habéis perdido.

El problema con los gatos es muy parecido al problema con los niños: tienen razón por motivos equivocados.

— No tanto, no tanto. Y hemos evitado lo peor.
— Ya, claro.
— Y tú ¿a quién habrías votado, Pangur?
— Al rey.
— No se puede.
— Pues a ti.
— Yo no soy político.
— Por eso, bueno, y porque conoces mis gustos; pero sobre todo porque no eres político.
— ¿Y un político, según tú, qué es?
— Alguien que sólo ve instrumentos o enemigos.

A veces servidor se pregunta si Pangur es verdaderamente un gato o alguien que leyó a Nietzsche y se convirtió en felino como Nijinsky en caballo.

— Vale, pero ¿a quién…?
— Vale, al PP no.
— Por las gaviotas, claro.
— Me gustaría verte comer delante de una gaviota, listillo. ¡Ni las mientes!

Es bastante difícil que Pangur haya comido nunca delante de una gaviota. Servidor se lo imagina huyendo (con el pez en la boca, eso sí) mientras el pájaro le persigue al grito de “España es una gran nación”. Le gusta mucho a la gente de derechas decir eso de que España es una gran nación. Lo dicen con un sentimiento de legítima propiedad que excluye no sólo lo extranjero sino a una considerable parte de los españoles. No es como cuando servidor dice que “el Bierzo es una gran comarca” o que “usted es un gran tipo”.

— ¿Qué haces? — Pregunta Raquel.
— Divago.
— Sobre el mundo.
— Sobre el mundo.
— ¡Mierda de mundo!
— Sí.
— ¿Y por qué no me ayudas a poner los adornos?, ¿o cortas un poco más de leña, que andamos así, así?

Servidor se inclina por cortar leña ya que es de naturaleza depresiva y, por consiguiente, estos días huye con facilidad hacia cualquier ocupación que le distraiga de las turbias obligaciones estrictamente navideñas cuyo rastro, por cierto, permanecerá en la bodega hasta casi entrada la primavera. Acompañado por el perro Fiel, que no deja de tentarle arrojando manzanas a sus pies y saltando de lado a lado frente a la carretilla, servidor va pasando revista a la naturaleza semidormida y a su capacidad para generar una belleza segura dentro de algunos meses si uno se compromete un poco con su propia imaginación. Aquí, allí, habría que plantar esto o lo otro. Tal árbol crecerá espigado porque se podó aguas arriba, tal otro se volverá frondoso pues se hará aguas abajo. Hay que limpiar el camino de los rosales y enganchar los brotes de la hiedra entre las calvas del maire. Y a ratos lanza manzanas a su perro, que las persigue sobre la hierba helada. Y piensa que merece la pena defender lo imposible, mantener a los gatos alejados de las gaviotas (¿por qué es tan difícil salvar los seres humanos de los seres humanos?) y la casa caliente.

Por la tarde servidor lee Lo extraño, la raiz, de Menchu Gutiérrez, uno de los dos libros recibidos la semana pasada.

Lejos de la casa, tú eres la mitad del perro que corre
y yo la otra mitad.
De diciembre a mayo
una lluvia de estrellas ilumina el sótano…

El otro libro (Juan Benet. Guerra y literatura, de Nora Catelli) lo está leyendo Raquel. Bocarriba, tumbado junto a ella, Pangur alarga perezosamente una pata intentando alcanzar ese último reflejo de sol sobre la mota de polvo que sólo él puede ver. Suena Pelléas et Mélisande, de Debussy.

… En el interior de la casa somos lo que fuimos,
infusiones de la mirada en las ventanas.

No quiere ni pensarlo, servidor, pero si fuese un niño (y levantase la niebla) nevaría ahora, y los copos brillarían en la creciente oscuridad de fuera.

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