Empieza por levantarse regular, servidor, aunque diligente: un zumito, una mejor ducha y a la calle. Después el día se va agriando deprisa, la mañana se difumina y la comida se queda prácticamente entera en los platos cuadrados. ¿Por qué hacen platos cuadrados? Rápidamente, servidor va pasando de pocho a malo, y de malo a chungo. Hasta que no hay más remedio que volver a casa, antes de lo previsto, dejando algo a medias. La cosa va en serio.

Entre las nieblas de una gripe (que es enfermedad existencialista) y los latigazos de una gastroenteritis aguda (que lo es vitalista) servidor comienza a sospechar que va a ser lo segundo (si no una intoxicación). Toma un Almax y cena una taza de caldo y algo de jamón de york: pasa la noche entre la cama y la (otra) taza, con fiebre alta. No puede dormir, ni leer (y mucho menos La muerte de Iván Illich, de Tolstói, que revisaba para una clase que tendrá que esperar). El colchón duele. La almohada duele.

Al día siguiente la fiebre ha remitido algo, no así el dolor, Y el cuerpo sigue sin querer asimilar nada, el cuerpo está a la defensiva. El doctor receta Sueroral Hiposódico, Prinperan y Fortasec, y le aconseja al cuerpo de un servidor qué comer o no comer y le recomienda paciencia y abstracción a un servidor, que no ha entendido nunca esa diferencia entre lo físico y lo mental, a pesar de que la ha procurado toda la noche y lo que va de mañana. Su cara debe delatar algo porque el doctor, que parecía haber sentado ya su cátedra, añade:

— Si le duele mucho tómese un Paracetamol.
— Me duele mucho.
— Si quiere le ingreso.

Lo dice con firmeza algo chulesca, como si servidor hubiese dudado de su honor o algo así, pero a la vez con el desprecio de quien, si por él fuera, le expediría ahora mismo al cuerpo de un servidor un certificado que le permitiese saltar en paracaídas.

— En casa estoy mejor atendido, creo, pero gracias de todos modos. Para otra cosa habrá tiempo. — Que no quiero, vamos.

La expresión “sedación excesiva” acaba de aparecer escrita sobre la cabeza del desconfiado médico con tipografía luminosa, de paso fijo, e intermitente. En tono de alarma, ordena.

— Tome sólo lo que le he dicho.

A continuación de lo cual, por suerte, se ha ido a salvar a algún otro desgraciado, o a comer (y esto se lo desea secretamente servidor) en platos cuadrados.

Servidor guarda una caja entera de Adolonta (que en su día le recetó un caritativo cirujano maxilofacial), un potentísimo analgésico contra dolores de intensidad moderada a severa. Un remedio que los médicos se resisten muy seriamente a recetar, pero que servidor va a sustituir por el Paracetamol sin encomendarse a dios ni al diablo. Gracias a eso pasa el día razonablemente bien, duerme como un niño, se despierta con ganas de enredar. No esta curado, servidor, aún no; pero se ha ahorrado un sufrimiento cuya administración parece propiedad exclusiva de los sabios doctores, obsesionados por minimizar su intervención directa contra él, como si eso, el dolor, no fuese asunto suyo o fuese más privado que la diarrea o las nauseas.

No tiene la sensación de haber arriesgado su vida (ha seguido cuidadosamente la posología, verificado las contraindicaciones, etc..) un servidor y, en comparación, está tan bien que casi se siente útil. Va a comer un poco de merluza hervida con arroz blanco. Y hasta se piensa fumar un cigarrillo antes de que sea delito porque ayuda a pensar y mitiga las penas, y porque ya tiene fuerzas para toser.

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