Una vez que el gobierno se ha decidido a actuar como si esta crisis no fuese una maniobra de la oposición y una vez que la oposición ha actuado de nuevo como si lo suyo fuese una cuestión de fe antes que de trabajo, cabe preguntarse qué será, en estas circunstancias, de la cultura y de de sus pocos viajes (a la conciencia, al mundo). Cabría presumir que unos, muy pocos, se esconderán como empresarios en la fragilidad de la industria siguiendo con desenvoltura casi servil argucias que les han rendido ya otras veces. Sin embargo el dinero (agazapado tras la crisis como el buitre extinguido tras algún hidrometeoro de verano en Júpiter) no se lo va a permitir pues, si bien es cierto que devora con gula y con fruición lo que le ofrecen, no tolerará en su caro pero estrictamente contabilizado y justificado plato la raspa del pescado del surrealismo por muy bañada en oro que se la presenten.

¿Entonces?

Me gustaría decir que he pensado en el asunto, pero no lo he hecho. Pensé que las medidas contra la crisis se debían haber tomado antes y haber consistido en gastar dinero (preferiblemente encautado a sus predadores antes que a sus víctimas), no ahorrarlo ni regalarlo ni encarecerlo ni empanarlo, pero me dio igual. Hoy pienso que el PP se equivoca cuando pretende imponer techos de gasto afines a la necesidad presente a gobiernos que a veces, deben pensar en obras a largo plazo que no pagará una sino varias generaciones de españoles (autopistas, Aves, hospitales, escuelas públicas, servicios…). Pero tampoco lo pienso demasiado, porque pensar no ayuda. Así que con respecto a la suerte de la cultura en este lance no he pensado nada. Siento decepcionarles.

– Tú te estás entrenando para el futuro.
– El futuro es no pensar, mi querido gato.
– Por eso leo a Ruiz Zafón desde hace años…

¿Les he contado que al final nos hemos quedado con uno de los seis gatitos que adoptó Pangur? Es blanco por los cuatro costados y ligeramente entreverado de canela, se llama Yogur.

– ¡Yogur, ahijado de Pangur! Suena bien.

Descontando el ataque de importancia que le ha provocado andar todo el día con un pelotilla blanco y pequeño a su alrededor (porque Yogur lo adora) al que finge no hacer el menor caso, a Pangur la paternidad no parece haberle sorprendido demasiado. Está más cariñoso (a su manera) y, como Conan el Bárbaro, duerme todo lo que puede entre aventura y aventura. En cuanto a Yogur: está convencido de ser el más pequeño de dos fierísimos leones raptados por los marcianos y no sabe si ser feliz o morir de un ataque cardiaco. Le durará poco.

– Te lo aseguro. Yo me encargo de eso. ¿Pero tú no estabas hablando del gobierno, como siempre?

Esto último lo ha dicho Pangur demasiado alto, sorprendiéndose de la ausencia de viento que desde hace unos días ponía el bajo continuo a nuestros quehaceres. Sin darnos cuenta, la brisa ha cerrado el pico y la luz ha empezado a enfocar con precisión una naturaleza que se despereza tendida, sonriente, voluptuosa en su decisión de morir joven y con las botas puestas. Unas botas lujosas, creo percibir.

– El gobierno está cada vez más lejos, amigo Pangur, así que seamos todo lo libres que podamos serlo legítimamente, antes de que no podamos serlo en absoluto. ¿Una faria?
– ¿Valenciana?
– Tú dirás…
– Pues no gracias, me voy un rato a jugar al campo.

También notan la crisis por estos pagos y, de momento, se echan en falta liebres (que se proponen traer de no sé dónde) y un constructor de Ponferrada que, por lo visto, no están interesados en reponer. No sé si es el primer constructor que se da a la fuga, ni si se habrá llevado él las liebres (que raro no sería), pero supongo que no; aunque tampoco creo que las liebres se hayan ido por propia voluntad.

¿Y yo por qué me voy yo de Madrid a vivir en una casa enorme, exigente, viva y achacosa? Es algo que parece interesarle muchísimo a algunos y enervar un poco a otros. Incluso los hay, terceros, que intentan disuadirme como si me quisieran mucho. Me voy por honestidad, seguramente, y por saturación también.

– Y porque aquí hay de todo, interrumpe Pangur. – Y barato: mira que pajarito me he agenciado sin más que alargar la zarpa. ¿Me lo desplumas?
– Quítate de mi vista, félido desaprensivo. ¡Y que no te vea Raquel, que te va a dar un tirón de orejas que te vas a poder ganar la vida haciendo el liebre!

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