Ha estado servidor podando, estos días atrás, y en consecuencia pensando en nada. Pensar en nada no es lo mismo que no pensar, sino comparable lo uno a eso que llaman los gurús de la India “meditación trascendental” y síntoma lo otro de irreversible deceso. Servidor pensaba en nada mientras cortaba, transportaba y amontonaba ramas de diversas especies y grosores hasta formar un medero de considerable tamaño. “Es curioso que el producto de un trabajo realizado pensando en nada conforme finalmente una madeja tan grande y enmarañada”, podía haber pensado servidor; pero en vez de eso continuó pensando en nada. Miró a su alrededor: los carboneros iban y venían de sus nidos en el ciruelo rojo que hace años decidimos dejar salvaje y que, ahora, es condominio de tan discretas y laboriosas criaturas; el perro Fiel dormía a pierna suelta en el porche y Raquel, que se había sacado una silla al sequero para terminar de leer “Contra toda esperanza”, las memorias de Nadiezhda Mandelstam, que son un documento asombrosamente humano, bien planteado y mejor escrito, había cerrado el libro sobre el índice de su mano derecha y ofrecía el rostro al sol adormecido. Tras darse una vuelta por el tejadillo del porche y asomarse sobre el canalón a mirar un rato al perro, Pangur dio media vuelta, saltó entre los balaustres del balcón y se ovilló a los pies de Raquel, sobre el periódico. Ninguno de ellos reparó en servidor, que entró en su casa, se sirvió un café y bajó a la bodeguita; todo, claro está, pensando en nada.

El problema es que no hizo servidor más que sentarse delante del televisor apagado y cerrar los ojos cuando un hilillo blanco y pulverulento apareció por una esquina de su imaginación serpenteando muy sospechosamente. Consiguió librarse de él con una voluntariosa sacudida, pero enseguida aparecieron otros desde distintos frentes de modo que si intentaba servidor deshacerse de uno, otro acudía a su auxilio, como cuando en el patio del colegio los rufianes de la pandilla le roban, por ejemplo, la gorra al más pacífico y juegan a pasársela entre ellos, sorteando en corro los cada vez más torpes y risibles intentos de su atribulada víctima por recuperar la humilde prenda. Obviamente la intención de aquellas hebras farináceas no era otra que la de devenir en sólidas imágenes, asociarse y formar intuiciones complejas capaces de resolverse en frases inteligibles. ¡Y eso ya era pensar en algo!

Servidor, alarmado, abrió enseguida los párpados he intentó fijar la vista en alguna cosa lo bastante anodina como para poder sobre ella proyectar una imagen creíble y duradera de la nada. Y se topó con los grandes ojos color violeta de su gato Pangur.

— Ya andas haciendo el tonto, dijo.
— …
— ¿Por qué me miras así?, ¿no estarás intentando pensar en nada? Porque, si es eso, lo haces mal.
— Explícate, cedí.

Según Pangur, la única manera de pensar efectivamente en nada es haciendo algo mecánico. Por probar, servidor se puso a lavar los platos de la comida, que seguían en el fregadero. Uno tras otro los frotó con un estropajo impregnado de detergente, los aclaró con agua fría, los dejó escurrir unos segundos y los fue colocando ordenadamente en el secaplatos. Luego hizo lo propio con los cubiertos, salvo que éstos los colocó sobre un paño absorbente de color amarillo. Cuando acabó volvió a ponerlo todo en el fregadero y repitió el proceso. No sabría decirles, servidor, cuantas veces frotó, aclaró y escurrió los mismos platos, vasos y cubiertos, pero cuando Raquel apareció tras él y preguntó:

— ¿En qué piensas?

Servidor respondió con toda naturalidad:

— En nada.

Raquel empujó suavemente a servidor con la cadera y se puso a su lado con un trapo en la mano. Cada vez que servidor sacudía un plato recién aclarado por enésima vez, ella se lo quitaba, lo secaba y se lo daba al gato Pangur que, visiblemente nervioso, se lo daba al gato Yogur que lo guardaba en la alacena rompiendo definitivamente el bucle.

— ¿Por qué el Curiosity busca vida en Marte haciendo agujeros en las piedras en vez de dar grandes voces, que es lo que siempre se ha hecho para saber si hay alguien ahí?, preguntó de pronto Pangur
— No se les habrá ocurrido, susurró servidor entregando a Raquel el último plato y definitivamente una parte de su cerebro a la deshicencia de las farináceas; aunque reservándose otra para seguir ejercitando la nulidad.

A pesar del boicoteo felino, el experimento resultó mucho más productivo de lo que servidor, al que nunca se le ha dado del todo bien hacer el indio, esperaba, pues de pronto se vio invadido de brillantes ideas como recién lavadas y de lo más intrigantes y singulares de entre las que ninguna tenía cosa alguna que ver con corruptelas políticas, plutocracias consensuadas, banqueros ladrones, demonios indignados o ciudadanos desechables. Así pasó la tarde servidor repartiendo caletre entre la esfera áurea de las construcciones poéticas nadaístas y la vigilancia de la inexistencia.

Cenamos en la bodeguita y, tras charlar de esto y de aquello y servirnos un orujito (y otro y otro) pusimos la televisión (no la TVE1, que no hemos vuelto a sintonizar desde lo de las uvas) y salió allí un don Mariano Rajoy muy raro. Ignora servidor lo que vería su señora, pero él vio claramente una figura vestida de rojo y tendida sobre un gran lienzo bermellón que descansaba boca abajo, sin pensar en nada, mientras una queda voz en off recitaba el poema de Victor Segalen titulado “Elogio y poder de la ausencia”: No pretendo estar ahí, ni surgir de improviso, ni aparecer en traje y carne, ni gobernar por el peso visible de mi persona. / Ni responder con mi voz a mis censores; con una mirada implacable a los rebeldes; con un gesto que suspendería sus cabezas de mis uñas, a los ministros indignos. / Reino por el asombroso poder de la ausencia…

No van ustedes a creer a un servidor, pero, por un momento, experimentó la apertura comprensiva de ser uno con su espejismo y llegó incluso a atisbar las virutas de la privilegiada mente gubernamental. Antes de que Raquel lo sacase de su embarazoso ensimismamiento y le sugiriese la posibilidad de ir a la cama, aún pudo servidor escuchar la última estrofa: Semejante a los genios, que a causa de su invisibilidad no pueden ser recusados, ningún arma ni veneno sabrá llegar a donde podría alcanzarme.

Una sola duda le queda a un servidor: si la peligrosa epifanía que le puso al borde de una veneración contra natura debe achacarla al abuso del pensamiento sustancial nulo o al cansancio acumulado por la semana de poda. En cualquier caso obedeció a Raquel, se fue a dormir, y (aunque ha soñado con grandes marañas de tijeras y otros rústicos y pesados artilugios filosos) se ha levantado esta mañana sintiéndose mucho mejor, si bien ha añadido la meditación trascendental a su particular lista de cosas potencialmente nocivas, junto a la sal, la religión o el planking. Gracias por su interés.

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Una opinión sobre “Haciendo el indio”

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