Una vez corregidas segundas pruebas, y con mi último libro en capilla, he dejado de fumar. El efecto ha sido inmediato: el mundo para un servidor ya no tiene nada que ofrecer y un servidor puede declararse vencido y sin falsos complejos confesar su agradecimiento al sabio sistema que le hizo, tras una vida de disipación y rebeldía, ver la luz verdadera. Por cierto: servidor reta a cualquier poeta, laureado o ninguneado (no tienen por qué ser distintos), ignorado o celebrado, incipiente o versado a que escriba la palabra “sistema” en un poema. Es más, servidor está prácticamente seguro de que la palabra “sistema” no se ha escrito jamás en un poema y el día en que la palabra “sistema” se escriba en un poema será el día de la definitiva e irreversible muerte del sistema.

– Suñén.
– ¿Qué?
– ¿De qué hablabas?

Servidor ha dejado de fumar. En realidad ha sido un experimento. Ha escrito bajo los efectos de la mariguana, del ácido lisérgico, del alcohol… (todo fracasos) pero nunca había escrito, servidor, bajo los efectos de no fumar. “No fumar” constituye una droga de tal envergadura que en pocos años veremos a la policía persiguiendo a los no fumadores como a los verdaderos causantes del deterioro moral y educativo de la escasa realidad que nos quede. ¿De dónde viene este olor a narcisos…?

– ¡Suñén!
– He dejado de fumar y he intentado escribir bajo la influencia correspondiente. Sólo me salen haikus. Ya lo he dicho.
– No jodas.
– Como lo oyes.

Por ejemplo, le gustaría transmitir a un servidor su conciencia del hecho incuestionable de que le importa nada la liga de fútbol y mucho la verificación diaria de una confianza pactada y duradera con aquellos que cuidan de la misma parcela del universo que un servidor. Se imagina la escena, sitúa personajes, valora conflictos y escribe:

Soy viejo.
La mujer de mis sueños
es cada vez más hermosa.

– ¿Y nada más?
– Nada más.

Servidor ha intentado incluso escribir en el bar, como cuando era joven, a ver si así conseguía desarrollos más generosos.

– Pues a mí esta medida contra los fumadores me parece lo mejor que ha hecho Zapatero, dijo un recién llegado tras abrirse paso hasta su mesa entre la enorme multitud de gente que, fuera, copa en mano, fumaban sus cigarrillos charlando animadísimamente sobre la vacuidad de toda ilusión.
– Yo he aprovechado para dejarlo, respondió su compañera con cara de caballo esperando un terrón de azúcar y sin comprender el verdadero alcance de su decisión.

Está científicamente demostrado que si uno deja de fumar de pronto tiene grandes posibilidades de morir de cáncer. El mecanismo es simple: las células, liberadas del yugo de su inhibidor, comienzan a alegrarse y a a distraerse en crecimiento indiscriminado y el resto ya lo saben. Se calcula que un millón de personan morirán por esa causa en los próximos dos años, contribuyendo así al descenso del paro y a la recuperación de las pensiones. Heroicas víctimas de los efectos secundarios de no fumar. Efectos a los que mucho se teme servidor que haya que sumar este de los haikus.

– Pues no sé.

Es importante tener en cuenta que quien ha dicho “no sé” es un gato. No un gato cualquiera, vale, pero un gato. Un gato que a cambio de no ser un ser humano pero ser capaz de ser tu amigo sin que ello suponga compromiso alguno exhibe ante tus narices un comportamiento envidiable de perfecto gentleman incluso cuando lo pillas leyendo a Ruiz Zafón. Un gato incapaz de analizar la frase precedente, pero perfectamente capaz de responderla con la misma rapidez y naturalidad con la que cazaría un mosquito en pleno vuelo.

– ¿No eres algo pedante?, mi querido amigo.

A eso le responde servidor que si lo es, pedante, él es una rémora. Pero entonces baja la cabecita y estira las patas delanteras, se deja caer confiadamente y duerme como si nada de lo que sucede pudiese tocarle un pelo. Él dormita y servidor no fuma. Servidor, por un instante, piensa si otro de los efectos del “no fumar” podría ser volverse novelista. Lo descarta. Suena un doble cuarteto, de Spohr. El frío estira las sombras. Ahora podría ser él el que no fuma y servidor quien dormita.

La confianza
no es un narciso ni un gato,
sino acuidad del sistema.
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