Después de comer anduvimos Raquel recogiendo y servidor acabando algunas chapuzas caseras que había ido dejando “para más tarde”. Ahora no tomo un chupito de J.B., que es lo que el texto me pide, sino uno de Lagavulin, que es lo que me mejor me sienta, mientras escribo estas páginas y el verano se acaba delante de mis narices. No me salen malas cuentas: he leído mucho, he trabajado algo en el jardín y con los bonsáis (la carmona parece resentida de su trasplante, pero es dura y espero que se reponga pronto) y he descansado un poco. Lo que no he hecho es avanzar con mi libro de poemas.

– Bueno, algo sí, me justifica Raquel, que viene de la piscina, sonriente y fresca (ha vuelto el sol). – Mañana tienes que bañarte con Lucas. ¿Qué haces?
– Escribo
– No te metas con nadie.
– ¿yo?

También hemos visto mucho cine enlatado. Estos días, sin ir más lejos, cayeron en la bodeguita tan ricamente un par de magníficas (magníficas) películas que no recuerdo haber oído que pasaran por las salas españoles: Sangre por sangre, de Taylor Hackford (1993) y Fresh, de Boaz Yakin (1994). Ambas se ocupan de los hombres duros de las pandillas de los barrios bajos, de la supervivencia en sociedades que nos quedan lejos, creemos, de realidades de las que el sistema todavía nos defiende, y en las que la conquista del respeto, de la identidad, exige un esfuerzo de violencia considerable. Creo que esa misteriosa asignatura a la que quieren llamar “Educación para la ciudadanía” debería llamarse “Realidad” y consistir básicamente en un coloquio en torno a una película, una noticia o un libro. Incluso creo que, para no restarle tiempo a otros aprendizajes, podría muy bien incorporar la Filosofía, que es una asignatura en la que se pierde muchísimo tiempo informando a los chavales de conceptos e ideas fuera de contexto. No se puede saber todo. Saberlo todo augura muy mal futuro.

Películas como Los Montes, con la que el cineasta leonés José María Martín Sarmiento se diplomó en Cinematografía en el IDHEC de París, a comienzos de los ochenta, o El wolfram, también de Martín Sarmiento, sólo un poco posterior, que narra la curiosa y no pocas veces cruel peripecia de la extracción en El Bierzo de este mineral en los años de la segunda guerra mundial (una historia que luego sería novelada por Raúl Guerra Garrido en su obra El año del wolfram), daría para una clase que no dejaría de exponer asuntos de general incumbencia.

Aquí mismo, en Magaz de Abajo, en una curva de la carretera que lleva hasta Cacabelos, y que es Camino de Santiago, pasada la cooperativa, a la izquierda, hay enterradas unas 20 personas asesinadas durante la Guerra Civil. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica asegura que serán exhumados este año. Tampoco la posguerra, entre el campo y la mina, que favoreció la fulgurante ascensión de unos y precipitó la caída de otros, fue fácil por estos pagos. Aún así, la gente no tiene aquí más defecto mirar en exceso por encima de las vallas. Un mal muy español, por otra parte. Pero aunque interesado en los ajenos, el berciano no airea sus asuntos más allá de lo preciso; es, en esencia superviviente, noble y con un sentido de la justicia que le debe más a lo sufrido que a lo ganado. Tres dolores trae desde los tiempos del “botillus bergidunense” que le han quitado la mansedumbre: la tierra, los expoliadores (ahora más “en política” que nunca) y una lejanía casi literaria que, a veces, da que pensar si no será esta comarca una especie de Castroforte do Baralla, aquella quinta provincia gallega de la que hablase Torrente Ballester en La saga/fuga de J.B., mantenida en estricto secreto por el Gobierno Central, o la precaria y fuerte invención espaciotemporal de aquel otro J.B., tan respetado por la misma Rosa Regás con la que ahora se pelea, en plan pandillero, nuestro aún reciente Ministro de Cultura a raíz del robo de unos los mapas de Ptolomeo de la Biblioteca Nacional.

– Ay, Suñén, Suñén.
– ¿Qué?
– Que ni Castroforte ni Región: Jardín berciano. Y que me habías prometido…
– ¡Si no me he metido con nadie!
– Vale. Vámonos a buscar a Lucas, anda.

Viene ahora, en el “Supra”, que es lo más rápido que tenemos hasta que el AVE llegue a Ponferrada (o hablen las calabazas, que es otra promesa con la que andamos ilusionados), a apurar el verano pasando este último fin de semana en el jardín berciano.

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