Cuando se ve obligado a dejar Magaz de Abajo y enrolarse en el Alsa rumbo a la capital del reino, servidor acostumbra a completar a pie la distancia desde su final de trayecto en la calle Méndez Álvaro a la plaza de Cibeles, donde en el llamado CentroCentro esmérase, con relativo éxito, en que la calidad de algún poeta brille sobre la fatuidad de un servidor. Eso hace, o hacía.

Prefiere caminar contra el grotesco ingenio que Madrid es incapaz de ocultar a sus naturales que morir en el metro o pagar la violencia de desplazarse en taxi, y también agradece peligrosamente acercarse a la profunda tristeza y soledad que escenifican sin advertirlo los seres humanos con que se cruza, pues, como a San Agustín, a servidor compararse le gratifica más que conocerse.

Fue en el último viaje, de regreso, cuando le sucedió a servidor una cosa muy rara en la estación de autobuses mientras, rutinariamente, se dirigía atravesando el pasillo de acceso a los andenes hacia esa puerta del fondo, casi invisible pero siempre abierta –no como las de embarque– que le permite esconderse a fumar.

— Jesús, Jesús, ayúdame.

Servidor no se llama Jesús, pero movido por la curiosidad hacia aquel tono cobrizo y plañidero, se detuvo, giró la cabeza y, superando el primer impuso de escapar de la mirada exánime de unos ojos desconsoladamente negros, terminó de darse la vuelta y se quitó el abrigo. La mujer, menuda, joven, bien formada, sin marcas de violencia y totalmente desnuda, bajó los brazos y se dejó envolver en el silencio. Se desmayó en el interior del abrigo de un servidor como debió de hacerlo el verdadero Odiseo sobre la última puntada del sudario de la verdadera Penélope. Durante un segundo, esa mujer, un servidor y un abrigo retaron a la semántica y compusieron el más pequeño y mayor acontecimiento del mundo.

Servidor, aún sin saber muy bien dónde empezaba o terminaba lo que fuera que de él se percibía solicitó a un grupo de incrédulos que, salidos de la nada, contemplaban la escena con cara de estar asistiendo a una especie de representación, que pidiesen ayuda. Servidor recuerda perfectamente no haber reclamado la presencia de las fuerzas del orden, pero enseguida llegaron las fuerzas del orden. Aunque no es este un relato que trate sobre las fuerzas del orden.

Ignora servidor porqué son las fuerzas del orden las que aparecen en estos casos, y si reciben algún tipo de instrucción o estímulo que justifique que servidor pudiera sentirse cómodo aflojando su abrazo y dejándoles a la mujer como quien deja una antigua muñeca de madera a un perro bien adiestrado.

— Tenga su abrigo y denos sus datos.
— ¿Mis datos?

Las fuerzas de orden público no querían los datos de un servidor para enviarle noticias sobre el final de esta historia, sino para arrebatársela a los mirones haciendo desaparecer fuera de foco a la desesperación desnuda. Y también por si acaso: no fuera a a ser que un día, otro día, ¿quién sabe?, a servidor se le viniese encima en alguna encrucijada de su incumbencia, otra mujer agotada. Así ese día, a lo mejor, ¿quién sabe?, podrían acusarle de reincidente.

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