Resulta que los científicos británicos, preocupados quizás por el futuro de una de sus más productivas industrias, han inventado una máquina que, aplicando a la composición musical la teoría de la evolución, consigue hacer un éxito de ventas en menos tiempo del que necesitó Georgie Dann para escribir eso de

Carnaval, carnaval,
carnaval te quiero.
La la la la la la la.
Bailaremos sin parar.

Parece ser (así lo explicaban ayer mismo en las páginas de Proceedings of the National Academy of Sciences) que se habían propuesto averiguar como fuese si el devenir del arte respondía a los mismos principios que se aplican a la biología. Y sí: les das una melodía y la darwinizan.

A servidor le molesta un poco que no le hayan consultado antes de ponerse a fabricar nada, porque se habrían ahorrado un dinero, pero comprende que también los científicos del Imperial College de Londres tendrán que justificar el sueldo y que, a lo mejor, en la revista de marras tampoco les hubieran aceptado un artículo que se limitase a explicar que si una cosa no le gusta nada al público tiene el futuro muy negro porque lo dice Suñén. Lo de la máquina impresiona más, obviamente, y un servidor carece del talento expositivo de don Armand Leroi, vocalista del sapientísimo grupo, y nunca podría haber dicho con tanto desparpajo eso de que “cada vez que alguien se descarga una canción en lugar de otra está haciendo una elección”.

Lo que se pregunta servidor es si la maquinita en cuestión no podría miniaturizarse e insertarse en el cerebro de nuestros políticos, que llevan una manita de años en la pelea y no acaban todavía de entender que con la murga esa de recortar y ahorrar y recortar y ahorrar ni se vende una uva ni hay forma de que evolucione nadie. Ya lo dice, desde hace muchísimos años, la conocida canción:

La cucaracha, la cucaracha,
ya no puede caminar,
porque no tiene, porque le faltan
las dos patitas de atrás.

Una canción que a veces se alarga, otras mengua, pero que nunca cambia, que no ha evolucionado a lo largo del tiempo, como es lógico ya que si la cucaracha se pusiese a caminar de repente los mariachis iban a empezar a adgalzar a marchas forzadas.

— ¿La cucaracha somos nosotros y el gobierno los mariachis?, ¿no?
— Muy bien Pangur, muy agudo.
— ¿Y los británicos?
— Los británicos pasan de esta canción, si acaso la traducirán cambiando el último versos por “marihuana que fumar”, pero de meterla en su maquinita nada.

Así que nosotros somos el últimos verso, que es una gran responsabilidad y que requiere de un énfasis bien meditado pues es ese que se puede cargar un buen poema o hacer bueno uno malo cambiando su sentido fulminantemente, pero el autor parece ser otra máquina, apátidra ésta y menos amiga de la producción que de la especulación, cuya versión de La cucaracha sería algo así:

La küchenschabe, la küchenschabe,
no se puede financiar,
porque no logra, porque no sabe
camelarse al alemán.

Ayer mismo pensaba servidor en pedirle su lema a la familia de funambulistas Wallenda (“la vida está sobre el alambre, todo lo demás sólo es esperar”) y dárselo a Rajoy porque tiene mucha más enjundia adopatarlo como guía de conducta si eres político que funámbulo, y porque Rajoy es mejor equilibrista que Nick (que es el Walenda ese que acaba de atravesar las cataratas del Niágara caminando sobre un alambre) de aquí a Alemania (ida y vuelta) y porque está esperando…

— ¿A qué?
— Pues a que Georgie Dann saque su canción del verano; entonces pedirá el rescate (pero no este pequeñito, no, el gordo) y

La la la la la la la
Bailaremos sin parar.
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