El arte es necesario porque la Historia miente. Ni siquiera en el caso de que los historiadores encontrasen el medio de librarse de la presión política que rodea su trabajo y propusieran crónicas impecablemente objetivas, dejaría de mentir, ya que la verdad no está en la precisión con la que medimos nuestra dependencia de un hecho, sino en como ese hecho evoluciona en nosotros, en qué lo convertimos, en qué nos convierte. Por eso las artes del lenguaje, del sonido, de la imagen, con independencia del “realismo” de su aproximación configuran una parte esencial del presente al sumarse, desde lo privado, a un único relato general, público, en cuya trama se entrecruzan inseparablemente la poesía y el periodismo, la historia y la novela, el teatro y la pintura, la escultura y la música… Es en la generación de ese relato en lo que ocupamos el noventa por ciento de nuestro tiempo. El nueve por ciento es trabajo, el uno por ciento restante es lo ajeno que nos gobierna.

Por eso está estos días servidor muy pendiente de cierto espectáculo, La geometría y el temblor, titulado así por sus organizadores, con las únicas dos palabras que quizás sean capaces de resumir la tensión de todo arte. Tendrá lugar en el Centro de poesía José Hierro (Auditorio), en la calle José Hierro, número 7, en Getafe (Madrid) el próximo jueves 22 de marzo, a las 20 horas. La geometría y el temblor es una propuesta multidisciplinar formada por dos obras poético-musicales que (saxofones, electrónica y voz) se dan cita en un espacio escénico imaginado para ellas. En la primera obra (Entre el murmullo y el vuelo, sobre textos de Ordet, de Pilar Martín Gila), un caudal de sonidos agitan la palabra de un universo que se debate entre lo real y lo irreal; en la segunda (Lo que empieza a ser contorno, cuya parte “literaria” es un fragmento de La habitación amarilla, el último poema de un servidor finalmente editado por Bartleby hace muy pocos días), perspectivas y voces consiguen del tiempo una tregua. Entre ambas, a modo de interludio, Tracto, una videocreación al servicio del tránsito se ocupará de conectar dos partes de un mismo organismo. Este es el programa:

OBRA POÉTICOMUSICAL I.- Entre el murmullo y el vuelo
sobre el poemario Ordet de Pilar Martín Gila. Saxofón soprano, electrónica y actriz. Compositor: Sergio Blardony
INTERLUDIO.- VIDEOCREACIÓN: Tracto, de Marta Azparren.
OBRA POÉTICOMUSICAL II.- Lo que empieza a ser contorno, sobre el poema La habitación amarilla (Bartleby Editores) de Juan Carlos Suñén. Saxofón bajo, electrónica, improvisación electroacústica y actriz. Compositora: Edith Alonso.
INTÉRPRETES y Puesta en escena.- Andrés Gomis: saxofones. Antony Maubert: electrónica e improvisación electroacústica. Prado Pinilla: actriz. Dirección escénica: Marta Azparren. Diseño iluminación: Sergio G. Domínguez.

Sospecha servidor que este tipo de formatos, no excesivamente caros, pueden desescombrar su hueco en los escenarios ahora que las grandes inversiones se han retirado de la cultura. Formatos que, además, encontrarán a buen seguro una segunda vida en su difusión por la Internet. Músicos, poetas, actores y otros especialistas pueden darse la mano en un nuevo modelo creativo de bajo presupuesto y alta motivación a la manera de Bola de Nieve. Después de todo, los tiempos están cambiando y nos hemos visto lidiando en peores redondeles. En casa usamos ahora un aceite de olivos portugueses y producción y distribución familiares que supera con creces a las mejores calidades de las grandes firmas (“lo vendo todo”, le ha asegurado a un servidor su representante por estas tierras). Emergen ciertas formas de negocio que antes parecían condenadas a caer bajo la omnipresencia de los tiburones. Y lo que pasa en el comercio pasa en el arte. No va a ser la industria armamentística la única que obtenga beneficios (un 24% más en los últimos cinco años) a la sombra de esta intransición (transición intransitiva) que padecemos, también deberán aparecer alternativas populares a las que, con algo de suerte y si es que le queda el necesario buen criterio, el gobierno decida dejar en paz. A lo mejor, así, descubriendo juntos la vida del trabajo (que no el trabajo, de cuyos perversos dueños sabemos cada vez más) nos vamos defendiendo solos desde el otro lado del espejo, ¿quién sabe? De momento ha llovido un poco, cuatro gotas que se agradecen mucho.

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