Nada más salir de casa el viento se llevó el sombrero de un servidor al otro lado de la misteriosa niebla berciana, espesa como la muerte. Servidor corrió tras él, pero fue detenido con autoridad incontestable por su gato y criado Pangur que, interponiéndose entre un servidor y su frustración, le hizo ver que su objetivo podría alcanzar el grado de metáfora a un precio superior al de un sombrero nuevo. ¿Y si te pierdes?, ¿vas acaso a perderte por un sombrero?

— ¿Morirías en la neblina, y descubierto…?
— Y con esta resaca…

Hay quien cree que, con la muerte, sus penas se acabarán; bien porque se postula merecedor del paraíso, bien porque al no estar loco confía en disolverse irreflexivamente en la fina materia anónima y oscura de la que no somos sino condensación azarosa, hijuela como grumo de un puré bien batido. Otros, entre los que servidor se cuenta ciertos días raros, temen hallarse allende el susto con alguna sorprendente revelación que les haga parecer tontos a ojos de una legión de bienaventurados “de vuelta”. Dicha revelación, naturalmente, se supone ajustada, breve, ingeniosa y fácil de recordar.

— “42”, responde Pangur a quien servidor apenas puede ver.
— Sí; pero pensaba en algo un poco más elaborado, algo más en la línea de los titulares de prensa.
— “La solución es reírse”.
— Mejor.

Una verdad tan simple, una revelación tan prístina, convertiría en blasfemo a todo aquel que osase utilizarla en vano. Por ejemplo, ningún humorista podría decir “la solución es reírse de mí”: eso sería blasfemar. También un escritor que dijera que “la solución a la peste que asola Europa es reírse” (presuntamente leyendo su novela, aunque eso no importa) estaría blasfemando. Sería como hablar del “cordero de Segovia de Dios”.

Y están, por fin, los que piensan que en el tránsito la recompensa será distinta para cada mortal, personalizada, lo cual es muy conveniente. Es una de esas tesis que no ofende a nadie hasta que te queman en la hoguera mientras intentas concentrarte en Venus naciendo de las aguas (o en cualquier otra mujer desnuda si careces de estudios, o incluso vestida si eres muy pobre). O podría ser la postrera sabiduría una de tipo irónico, propia de dioses convencidos de que “la solución es reírse”. A Gerard Depardieu, entonces, en su lecho de muerte allá en su dacha lejana, se le aparecerá Ornella Muti para decirle:

— Gerard, debiste de apretarte el cinturón mientras estuviste a tiempo.

Pero si a los años les ocurriese eso (que especulasen sobre el futuro) este pasado 2012 se habrá ido convencido de que no habrá banco bueno, ni político infeliz, ni contable independiente; sin embargo se ha ido ignorando clamorosamente que el mundo se ha acabado y felicitándose por ello sin advertir que su sucesor ha nacido ya muerto. Allá él, piensa un servidor mientras la sombra de un ñu albino atraviesa la niebla entre su gato y él. Otros que no se han dado cuenta de que el mundo se ha acabado son los cinéfilos…

— Dirás los “científicos”.
— Eso, los científicos, que envalentonados por el aparente fracaso de los esotéricos, se han puesto a hacer sus propias profecías, a las que llaman previsiones: el software predirá los atascos de tráfico antes de que ocurran (lo cual es absurdo); los coches eléctricos serán mucho más rápidos (si existen); la rueda desaparecerá teóricamente; el café será descafeinado de cosecha (y sabrá a carne de ballena); el tabaco seguirá produciendo cáncer incluso después de haberse inventado el tabaco desnicotinizado y desalquitranado con sabor a carne de ballena; llegaremos hasta Alpha Centauri (con el tiempo); siempre habrá un imbécil que mate a su caballo porque no ganó su última carrera; los cazadores seguirán maltratando a sus perros y Twiter será el oráculo.
— ¿Alfa Centauri, has dicho?
— Sí Pangur, eso he dicho. ¿Por?
— Yo tengo un primo en Alfa Centauri.
— Y ¿cómo lo sabes?
— Suñén, cuando el mundo se acaba, esas cosas se saben.
— ¿Y yo?, ¿tengo yo un primo en Alfa Centauri?
— Te lo cuento mientras despeja.

Le cuenta su gato a un servidor que en Alfa Centauri descubrieron mil años antes que nosotros que tomar el chocolate en una taza que no fuese de color naranja reducía el placer de la ingesta exacerbando otros deseos menos sociales y que, muy pronto, aparecieron academias de gastronomía cromática (y hasta de escritura cromática y escatología y climatología cromáticas) generando una gran mayoría de sociópatas cromáticos que finalmente se hicieron con el poder a través del método universal. Por lo visto al primo de un servidor le pillaron yendo por libre y le hicieron el vacío cromático (que en Alfa Centauri es una cosa literal, más parecida a envasarte en papel de estraza que a ignorar tu color).

— Pero ¿tú estás seguro de que el mundo se ha acabado?
— ¿Cuando te he engañado yo?, pregunta Pangur.
— Ya. Pero no deja de ser curioso, contradictorio incluso, que el mundo se haya acabado y los cabrones de siempre no sólo no se hayan muerto sino que se están gastando el dinero que les dimos para salir de la crisis en provocar otra.
— Es pura inercia, no maldad, ¿te preocupa mucho?
— Es una de las cosas que me preocupan, como los militares, el frágil equilibrio entre la libertad y la vida… o esta niebla…
— A lo mejor no es niebla, a lo mejor es la Galaxia.

Servidor sospecha que su gato y lacayo (del que no va ahora más que su enorme sonrisa suspendida en el aire) le engaña, que lo único que quiere es jugar, así que le deja hacer. No hay nada peor que un hombre que ignora que la solución pasa por la risa del gato. Salvo quizá ese que corre a través de la niebla de su propia resaca detrás un sombrero, teniendo tantos, dejándose llevar por la ansiedad ajena en su propio sueño.

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Una opinión sobre “La inercia”

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